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La novela es compacta como el acero
POR: NEFTALÍ CORIA
Todo lo que estaba en la historia, seguía en el mismo sitio. La novela era inamovible. Nada se podía cambiar, porque ya era un destino, pero ante mi necesidad de salir por unas horas de la escritura y la invención, no encontré la forma de hacerlo. Yo nada más quería salir de ahí, para tomar un descanso, como siempre fue mi costumbre.
Entendí que la novela es compacta como el acero. Hay en ella un destino sólido, como las condenas. Comprendí que en la escritura en acción plena, es imposible interrumpir hasta el más mínimo trazo. Y en ella, son firmes las identidades que se inventan y cuando ya viven la vida que les toca, no hay manera de borrarlas. Y aunque yo guardaba el semblante y el gusto de ser aún el mismo escritor que allá, en la lejana realidad, tenía su patrimonio. Estaba en mí la sensación de que allá, en donde también escribía poesía y sabía la magia del teatro, algo me esperaba, porque fue ahí, donde nació mi verdadera vocación y lo que hasta ese momento, consideraba mi verdadero mundo. Mi trabajo, por ahora, estaba circunscrito a escribir una novela más y volver a donde antes tenía mi vida y los personajes sólo eran herramientas para mi oficio.
Solo quería descansar de ser el que en la historia inventé ser (el cirujano). Caí en las garras de la desesperación. Quise dormir, pero no pude. Quería salir de lo que se escribía en vivo, pero la historia avanzaba sin que pudiera detenerla como no se detiene una maldición que cae al corazón. En ese momento me llamó Paura y aunque no fui cortante, le dije que no me sentía bien y le llamaría más tarde; su llamada era una señal más que la historia no se detiene.
Entendió mi abulia y me dijo:
–Está bien mi amor, hasta mañana, quédate tranquilo. Si necesitas algo, me llamas. Te quiero.
A pesar que la compañía de Paura me daba muchas fuerzas para vivir, volví a desear que todo desapareciera, quería estar solo y dejar aquella madeja de sucesos, porque creí tener derecho a cansarme de la invención, como otras veces recuerdo que me pasó, y siempre dejé reposar la historia para ver una película, caminar, hablar por teléfono, conversar con alguien, pero sobre todo, quería volver a la vida mía, a la ciudad en la que había escrito y vivido mis libros, mis lecturas, mi soledad, mi casa, Vanessa, los amigos del café, los compañeros del bar ¡Mi vida…! En cambio, esta novela en la que me escribo y tuvo como motivo central, salvar a un personaje de volver aquí, a la ficción (Arlette), a esta ciudad ficticia que descubro al momento de inventarla. Quería ser yo, el que he sido en mis años de vida, en mi edad perentoria, antes de esta obra que me impide el reposo.
Dormí tal vez una hora y cuando desperté, había pasado aquella inquietud y de manera sorprendente, aquel deseo de volver se disipó y llegó lo que en un principio solo presentí.
Comenzó a suceder lo temible (lo que afortunadamente solo fue una etapa, porque me di cuenta, que aquello no era más que una mediocre resignación. Y en esos días, de manera imperceptible y lenta –en cuanto la historia avanzaba con sus nudos y los abotonamientos de la trama–, se fueron disipando los deseos de volver a mi anterior vida de escritor. Primero: dejaron de importarme los momentos de inquietud y cansancio para salir de la historia, porque ya no hice ningún esfuerzo. Después, de manera paulatina y sin darme cuenta, ya no tenía deseos de salir de la historia; me emocionaba vivir entre el hospital y la vida bohemia con mis amigos de aquella pequeña farándula de aventurados casuales e inexpertos delincuentes. Además no podía, porque la novela no se había terminado y en mi disciplina, nunca he dejado nada inconcluso. Y poco a poco tal vez me fui olvidando de aquella vida lejana, en la que me parecía no haber perdido nada, o al menos lo que había perdido ya no me importaba.
El tiempo en esta vida tampoco se detiene y el único que era mío, era este, en el que soy un cirujano solitario que ha encontrado el amor en Paura y la amistad en estos amigos, que poco a poco se fueron convirtiendo en parte central de mi vida. Y vivir la felicidad, me convirtió en un hombre que estaba satisfecho con su destino, hasta perder de vista el verdadero valor que yo tenía: ser quien inventa la historia.
No podía hacer nada para modificar el paso del tiempo de la ficción, ni irme a ningún lado que no fuera el espacio de la historia que escribo. Por momentos, me importaba más mi vida que pertenecía a la novela, que los trazos y el cuidado que debía tener de la historia. Me unía a los que no les importa quién dicta lo que sucede, pero repentinamente, me asaltaban las alteraciones y los nervios del novelista cuando escribe.
Algunas veces vi aquí mi vida tan real, que creí no ser yo quien la escribe. Y aunque lo dudé, yo soy el que traza las líneas de la vida y no solo las de la mía, sino las de todos, porque yo fui quien los trajo a los renglones de la novela ¿O acaso ellos me trajeron con la trampa perfecta? Todo esto es lo único que tengo por vida y poco antes como lo he dicho, me debatí sin hallar solución para buscar un segmento que fuera para mi imaginación un simple y urgente descanso.
Debo confesar que en esos momentos, mientras nos reuníamos para el plan maestro con mis amigos en el café Aladino, aún tenía esperanzas de terminar la novela y después del punto final, transgredir la historia y volver a mi vida verdadera, quizás como un actor que después de representar un personaje, se desmaquilla y en el camerino encuentra el puente para salir de la ficción completamente y seguir con su vida. Así lo imaginé: terminar y volver a mi vida, donde tuve mis mejores ilusiones literarias.

