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La novela estaba viviendo
Por: Neftalí Coria
Pasé a la barra y descubrí que en el segundo cajón, que estaba semi-abierto, había una pistola escuadra calibre 38-Super y que debía ser de Otto, el encargado del bar, pero que estuviera semi-abierto aquel cajón, debía tener una razón (lo anoté).
Fui al escenario y revisé cada instrumento de los ejecutantes; todo estaba en su sitio de interpretación, salvo que Paola, la pianista, tenía una herida reciente en el dorso de la mano izquierda. Lo demás eran posiciones interpretando una pieza de Duke Ellington (anoté la herida).
Bajé del escenario y vi en las paredes reproducciones de Toulusse-Lautrec y carteles sobre bastidores de conciertos de jazzistas famosos y anuncios de marcas de Güisquis y carteles de festivales de Jazz. Un espejo con iluminación en torno, como los espejos de los camerinos de un teatro, estaba en una de las paredes y algunas herramientas viejas como martillos, pinzas, entre otras herramientas que servían de extraños adornos.
Las mesas metálicas muy firmes con una pequeña lámpara en el centro, como las de un bar que vi en Nueva Orleans. Las sillas acojinadas color rojo y los parroquianos –entre hombres y mujeres que podría nombrar “clientes”–. Tal vez no necesitarán descripción específica y sumaban entre cuarenta y cincuenta personas que permanecían en posiciones conversadoras, divertidas la mayoría de ellos y otros en la seriedad absoluta escuchando la música. Algunos en la barra conversando o callados en su ostensible soledad.
Finalmente desde donde estaba vi la barra hermosa de madera muy gruesa con un alero en la parte superior donde estaban numerosas copas empotradas bocabajo que reflejaban las luces de lugar.
Volví a mi mesa que compartía con Paura, por quien allí, me inundaba esa efervescencia que solo sucede, cuando una mujer puede estremecerme.
Comenzaría la novela. Y ya en mi mesa frente a Paura, con el cuaderno que acomodé con las puertas abiertas y la pluma humedeciéndose, sentí de nuevo un peso sobre mi cabeza y llegó un estridente zumbido a mis orejas que anunciaban los primeros hilos de la historia, como las trompetas cortesanas que anuncian la llegada de la reina. Y vino el relámpago, con el efecto de un corto circuito entre el cuaderno y la pluma. Sentí la descarga en la mano que me hizo soltar la pluma que dejó salir las primeras gotas de tinta (¿O sangre negra?) que cayeron a la primera página del cuaderno que palpitaba en una nueva calidez.
…Y todo comenzó a moverse, como comienzan los relojes su marcha en el primer segundo. Se oyó el estruendo de la acción en el bar. Todo se animó, todo cobró el movimiento de un bar en la situación que lo había planeado mi imaginación… ¡La novela estaba viviendo!
Con una sonrisa deliciosa, Paura me dijo que le apetecía más vino y le dio un trago a su copa, vaciándola. En efecto, la banda tocaba una pieza de de Duke Ellington. Los clientes bebían, hablaban, reían como sucede en un bar un viernes por la noche. Afuera había personas en lista de espera. Las meseras de falda corta y su breve camiseta de tirantes delgados, servían copas y platillos en las mesas; en la barra el encargado y los dos baristas atendían con rapidez y atrás de la barra (en la cocina), los gorros blancos se movían de un lado a otro entre el vapor, los ruidos y las voces que son comunes en las cocinas. Levanté la mano y vino Anabel. Le pedí una botella de vino blanco del que bebía Paura. Anabel me sonrió de manera cómplice. Pronto vino con la botella de vino en una hielera y dos copas nuevas. Brindamos y bebimos aquel vino frío con Paura. Terminaba la pieza. Aplaudió todo el público con mucha energía, y es que la banda tocaba muy bien. Tomé a Paura de la mano y la miré como si la mirara por vez primera. Ella se extrañó.
–¿Por qué me miras así? –me dijo con extrañeza.
–Te miro… –le respondí.
Se levantó y vino a mí para besarme. Fue un beso hermoso, el primero. Volvió a su lugar y me miró desde una sonrisa dulce, de las que solo en el amor pueden suceder. Estaba creciendo un mundo entre ella y yo. Nacíamos al amor, mientras la noche seguía andando con aquella forma que tiene la vida en un bar en el que todo es efímero, y por eso, irrepetible, azaroso. Estábamos en medio de esa misteriosa embriaguez que extravía, nos desprende de la tierra y nos acerca de frente a una divinidad maldita.
Con Paura habíamos tenido una cita ese mismo día en un cafecito cercano al bar y después de conversar y hablarme de su gusto por escuchar música en vivo, propuse el bar en el que estábamos. Era la tercera vez que nos veíamos. Poco sabía de ella, salvo que trabajaba en una ferretería y vivía en un departamento en el centro con una amiga. Sabía también que vino de un pueblo cercano a estudiar, pero corrió con mala suerte para ingresar a la escuela de medicina.
Vino la siguiente pieza, ahora interpretaban a Chic Corea con una magnífica ejecución. El cuarteto estaba perfectamente sincronizado. Paola la pianista, lograba acercarse a la interpretación del músico brasileño en su ejecución del piano eléctrico, como pocas veces vi interpretar a Chic Corea.
Fue en ese momento que llegó al bar, de un modo escurridizo, el hombree de camisa blanca, chamarra de piel negra y gorra francesa. Se quedó de pie en un extremo de la barra. Pidió una cerveza. Y desde ese momento, no perdía de vista a Paola que tocaba el piano sin darse cuenta de la fijeza con la que la miraba el hombre. El hombre llegó al bar con un solo fin: matar a Paola.
