Las ciudades, las casas y el miedo
Por:Neftalí Coria
A la memoria de Patricia Laurent Kullick
Alguna vez, invitado al primer encuentro de escritores en Monterrey, allá por los noventas, que tal vez ya no persista, en el que recuerdo que el tema era “La Literatura y la ciudad”. Y en la invitación, se anotaba que había que participar con una ponencia al respecto del tema estipulado. Debía escribir sobre tan delicado y complejo asunto.
No puedo negar que me dio cierto temor, porque vendrían escritores de distintos países. Y cuando revisé los nombres de los participantes, mayor fue el espanto. Entre los nombres, vi, solo por mencionar a dos que me impactaron: Marie Redonnet de Francia y autora de “Forever Valley”, una deslumbrante novela que había leído meses antes y Jorge Enrique Adoum de Ecuador, autor nada menos que de la novela “Entre Marx y una mujer desnuda” y de “Ecuador amargo”, poemas que me conmovieron por su música perfecta y por su enorme fuerza y sabiduría. Y claro que ahí la lista no acababa, y de esa estatura había un gran número de escritores. Claro que me daría mucho gusto conocerlos en persona, pero mi temor aumentó. Y no iba rechazar la oportunidad de asistir, aunque había que pagar el precio que me pareció muy alto: escribir mi ponencia y exponerla ante el público en el que se contaban escritores de gran experiencia, de obras grandes y reconocimiento internacional, lo que por otro lado, vaticinaba un delicioso banquete de ponencias, lecturas, conferencias y convivio. Y eso me emocionó, porque me pareció muy atractivo y no me lo iba a perder. Había que pagar el boleto y así lo hice.
Hubo ponencias brillantes y escritores de muchos países del mundo que deslumbraron con sus ideas sobre las ciudades y sobre la literatura. Nunca olvido que en varias ponencias, se mencionaban “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino, un libro insuperable en su poderosa imaginación e impecable escritura fantástica.
Hace algunos meses, en alguna conversación en la mesa de café, recordé aquel encuentro y sobre todo, esa aventura de escribir sobre la literatura y la ciudad. Y el motivo que regresara el recuerdo, se debió a que alguien preguntó sobre la razón por la que las ciudades se formaron desde sus orígenes y por qué las ciudades eran eso: ciudades, comunidades, reunión de habitantes, cercanía. La razón, la suponía yo en aquella vieja ponencia de aquel Encuentro, que debió ser en el 96, que las ciudades, además de tener otros motivos de haberse compuesto, tenían como motivo de ser, el miedo a la noche y a las bestias que por la noche cobran mayor misterio y en consecuencia la protección entre iguales.
El alegato era ese, que el origen de las ciudades y de las comunidades para formar ciudades en su conglomerado humano, eran esas percepciones del mundo desconocido que provocan naturalmente el miedo a la muerte. Y aduje que las reuniones originarias, se debían también a los ruidos desconocidos, a los acometimientos de la naturaleza y como lo he dicho, el miedo a las misteriosas bestias de la noche y de ahí a protegerse con lo que sería la casa. “Tener casa”, esa estructura que no deja pasar lo desconocido y hay un techo y un piso que protege del cielo y el infierno a los que dentro duermen.
Los muros protegen, el techo nos cubre de los males que pueden caernos a la cabeza desde el infinito del cielo. Y el temor a la muerte, a las enfermedades y a las bestias, está en nuestra vida como una compañía inherente.
En el fondo, es el deseo de protección de la intemperie, de lo desconocido, lo que nos hizo reunirnos. Elias Canetti lo dice en su “Masa y poder”, cuando afirma que lo que más teme el hombre, es a ser tocado por lo desconocido. Muchas veces no se nombrar la idea del miedo a lo desconocido, porque también el miedo es desprestigio al valor que se ostenta contra el mundo.
Si caminamos de noche por la calle sola, vamos al menos con incertidumbre de encontrar peligro. Y no es hasta que abrimos la puerta de la casa, que viene una sensación de seguridad y de que nada de aquello que en la calle oscura y solitaria temimos que nos pasara, aunque oh, paradoja, pudiera atacarnos en nuestra propia casa, uno de los que en reunión formamos el barrio, la colonia, la ciudad entera, y eso sucede innegablemente. Es el miedo interior de las ciudades, aunque también por miedo, los habitantes que se agruparon por aquella vieja idea de protección entre iguales, asesinan, usurpan, arrebatan, mienten y engañan como otro modo de protección para no quedarse solos y desprotegidos.
Y es con el miedo también con el que a una comunidad se le controla, porque también el miedo se diseña, se planea y se lleva como arma sutil contra los que temen perder su casa, sus arreos y hasta la vida. Se ha rediseñado el miedo, tanto en los laboratorios del poder, como en los sótanos del hampa, porque ambas bandas, siempre ambicionan ser obedecidos y llevar a los desprotegidos contra las cuerdas hasta exprimirlos por completo y sin compasión.
“No es el agua lo que mata al ahogado, sino el miedo”, escribió en un poema el grandísimo poeta sueco Ivan Malinovski, que estuvo a punto de echar abajo los muros del Teatro Morelos en 1981 con su voz como un metal preciso y poderoso.
Sigo creyendo que por miedo, buscamos la cercanía de los demás y sigo creyendo que las ciudades con sus casas, por el miedo a la muerte, se fundaron.
