José Juan Marín


El frío de diciembre es una invitación a hacer comunidad y a compartir con desprendimiento el calor del espíritu y del cuerpo, pues es un mes lunar en el que el Solsticio de Invierno inaugura un cambio de estación y prepara lo que ha de nacer a un tiempo nuevo.

Si hubiera que definir a diciembre por sus patrones culturales, sus cultos, sus rituales y su folclor, habría que decir lo siguiente: que el mes más lunar del año es la casa de la tradición.

Si una mirada al pasado despierta en nosotros la nostalgia de una querencia o un apego y la melancolía de un tiempo ido, ello significa que algo de ese pasado permanece vivo en nosotros y su ánima seguirá unida a nuestra piel hasta el último suspiro.

Antiguamente, la Navidad era una fiesta pagana; sin embargo, la conmemoración religiosa se originó en el año 354 de nuestra era, cuando el obispo de Roma instituyó el día 25 de diciembre como recordativo del nacimiento de Cristo.

La tradición del árbol de Navidad proviene de las costumbres paganas, pero tiene su origen oficialmente cristiano en la ciudad de Strassburg, Alemania, en 1688.

Las pastorelas, promovidas e impulsadas por la orden de los agustinos, son el género literario en el que se refieren las confrontaciones del bien y el mal.

El villancico nació en Italia a principios del siglo XIII; estas canciones de Navidad se hicieron populares en todo el país y luego fueron conocidas en Francia, España, Alemania e Inglaterra.

Se atribuye a Martín Lutero la costumbre de iluminar el propio aposento con las luces de Navidad.

Las tarjetas de Navidad tienen un origen curioso y accidentado.

Al margen de lo que representa la fuerza de la costumbre o la de una tradición en nuestras vidas, lo cierto es que somos ´ seres de costumbres´ y mucho de lo que hagamos hoy, de forma inconsciente, se dirige a homenajear, a reivindicar o a resucitar un pasado.

Tal vez diciembre es el mes del año que más recuerda lo precario de nuestra condición; quizás es, también, el mes en que nos sentimos más solos que de costumbre; por otra parte, tal vez es el mes que más nos recuerda nuestro desprendimiento del Absoluto.

Sea de ello lo que fuere, diciembre también nos recuerda que la ración de espacio y tiempo que habitamos es lo que hace que hagamos la diferencia en el universo, pues sin el ser que somos y sin la escala de ser que representamos, el mundo estaría terrible e irremediablemente incompleto.

El mejor momento para preguntar qué somos y qué hacemos en el mundo, es aquel en el que nos asomamos con esperanza a contemplar la maravillosa criatura que somos.

Y este, Julio, amigas y amigos radioescuchas, sería mi comentario.

Muchas gracias.

José Juan Marín

2 de diciembre de 2024

El frío de diciembre es una invitación a hacer comunidad y a compartir con desprendimiento el calor del espíritu y del cuerpo, pues es un mes lunar en el que el Solsticio de Invierno inaugura un cambio de estación y prepara lo que ha de nacer a un tiempo nuevo.

Si hubiera que definir a diciembre por sus patrones culturales, sus cultos, sus rituales y su folclor, habría que decir lo siguiente: que el mes más lunar del año es la casa de la tradición.

Si una mirada al pasado despierta en nosotros la nostalgia de una querencia o un apego y la melancolía de un tiempo ido, ello significa que algo de ese pasado permanece vivo en nosotros y su ánima seguirá unida a nuestra piel hasta el último suspiro.

Antiguamente, la Navidad era una fiesta pagana; sin embargo, la conmemoración religiosa se originó en el año 354 de nuestra era, cuando el obispo de Roma instituyó el día 25 de diciembre como recordativo del nacimiento de Cristo.

La tradición del árbol de Navidad proviene de las costumbres paganas, pero tiene su origen oficialmente cristiano en la ciudad de Strassburg, Alemania, en 1688.

Las pastorelas, promovidas e impulsadas por la orden de los agustinos, son el género literario en el que se refieren las confrontaciones del bien y el mal.

El villancico nació en Italia a principios del siglo XIII; estas canciones de Navidad se hicieron populares en todo el país y luego fueron conocidas en Francia, España, Alemania e Inglaterra.

Se atribuye a Martín Lutero la costumbre de iluminar el propio aposento con las luces de Navidad.

Las tarjetas de Navidad tienen un origen curioso y accidentado.

Al margen de lo que representa la fuerza de la costumbre o la de una tradición en nuestras vidas, lo cierto es que somos ´ seres de costumbres´ y mucho de lo que hagamos hoy, de forma inconsciente, se dirige a homenajear, a reivindicar o a resucitar un pasado.

Tal vez diciembre es el mes del año que más recuerda lo precario de nuestra condición; quizás es, también, el mes en que nos sentimos más solos que de costumbre; por otra parte, tal vez es el mes que más nos recuerda nuestro desprendimiento del Absoluto.

Sea de ello lo que fuere, diciembre también nos recuerda que la ración de espacio y tiempo que habitamos es lo que hace que hagamos la diferencia en el universo, pues sin el ser que somos y sin la escala de ser que representamos, el mundo estaría terrible e irremediablemente incompleto.

El mejor momento para preguntar qué somos y qué hacemos en el mundo, es aquel en el que nos asomamos con esperanza a contemplar la maravillosa criatura que somos.

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