Por: Neftalí Coria

 

Miraba a la rata. Me volví a preguntar por qué el nombre de Luna; otra señal que tenía distintivos que el hombre se identificaba con mis muy personales mitologías. En ese momento no identifiqué con precisión si aquel Ficticio lo hacía consiente mandándome señales para que yo las identificara. Era natural que las podía ver como una imitación o de menos una provocación para que me enterara que había signos claros que viven en mi obra, lo que mucho más tarde entendí.

No busco la consagración –le dije–, escribo y eso es todo.

–Pero ha venido a verme y me alegra –fingió la risa.

Era una risa socarrona de esas que salen sin motivo alguno. Era la risa del fanfarrón, la risa del que la pone para cubrir su mentira, su vacío, su triste historia en la que no hay nada.

En ese momento más se nubló el motivo por el que había venido a ver aquel hombre, que ahora me parecía un charlatán de feria, fuera real o Ficticio. No me iba a ir y me quedaría hasta oír lo que aquel hombre quería proponerme. Muchas otras veces, he estado frente a personas que me han prometido y lo que prometen, o no es cierto, o es una cosa mucho menor a la promesa, y la sensación de saberlo, gracias a mi olfato detectivesco, tenía clara la incredulidad y así tuve la sensación que aquel Ficticio, era de esos merolicos prometedores a los que no les cuesta nada mentir, ni burlarse de cualquiera con el mayor cinismo.

Estaba ante un mentiroso que llevaría su mentira hasta cualquier extremo que no ponga en duda su verdad sin reparo alguno. Luego comenzó a decirme por qué le gustaba aquel lugar. Y lo entendí, porque podía pasar desapercibido, o estar visible y era el poder que un mentiroso puede usar a su favor y conveniencia. Pero ante mí, no podía escabullirse y quise seguir su juego, como quien se arroja a las aguas de un río furioso, sabiendo de la turbulencia.

–Dígame ¿Por qué quiere trabajar en mi novela?

–No es fácil explicar, y le advierto que para usted tampoco será cosa sencilla, abrir esas puertas de la historia que nadie más que usted puede abrir.

–Así es y no creo que la novela lo necesite.

–Yo tengo otra visión y creo que en nombre de la justicia, se necesita quién la lleve a cabo en esa historia…

–Una novela no se escribe para buscar la justicia –le dije claramente–, una novela se escribe porque es parte de la vida de aquel que la escribe y no tiene fines de ninguna especie, aunque hablo de las novelas verdaderas.

–Toda novela puede intervenirse por muy publicada que esté –expuso poniéndose de pie con la rata en el hombro y como si fuera especialista prosiguió–, incluso por mucho que se haya vendido. Toda novela es superable a la imaginación de sus lectores, sin importar su especie, y si usted, como lo ha demostrado, tiene espíritu experimental, podrá arriesgarse a dejarme entrar a su novela y yo con gusto la intervengo. Habemos muchos desocupados y debemos buscar lugar a donde subir a nuestro reino, a esos condominios donde podemos vivir para ser ciertos y verdaderos.

Me inquietaba la seguridad con la que hablaba. Era un hombre que tenía clara la vida en la novela, y sabía quién era y bien sabía como salvarse de seguir vagando en el limbo en el que los Ficticios van como papeles al aire.

Y no olvidó la historia que quería relatar.

–En realidad no es un historia para que escriba una novela, sino la información y la orientación para que escriba un capítulo necesario en su vida.

Cruzó la calle en silencio y llegó al jardín. Lo seguí. Guardó la rata en el bolsillo del saco y me ofreció otro cigarro. Fumamos.

–No le entiendo… ¿Un capítulo necesario en mi vida?

Mientras caminábamos hablaba con esa propiedad de los académicos que creen y están seguros que lo que enseñan, es una verdad irrefutable, lo que en mí, más acrecentaba la incredulidad de aquel sabiondo que se extendía en su cátedra y me enseñaba las mejores estrategias y caminos para escribir un historia de amor, que según él me faltaba escribir, pero en su argumento, decía tener para mí, la preciada llave del tesoro para encontrar “la gran historia de amor que mi obra necesitaba”.

–Y se la voy a dar en este momento –del bolsillo donde vive la rata, sacó una tarjeta media carta en blanco y me la dio –Tómela y hasta que esté solo, pásele el fuego… La historia que le quería narrar, mejor la sinteticé en esta tarjeta que le doy con mucho gusto. Ya usted pesará su valor.

Me despedí de aquel hombre y caminé rumbo al centro. La noche era tierna y enfilé al bar donde mis amigos se perturban y alegran. Me inquietaba de nuevo aquella tarjeta. Y cerca de Las monjas subí las gradas que dan a la iglesia y pasé el fuego por la superficie inferior de la tarjeta. Leí:

“Paura logró sobrevivir de una de tus novelas, a la que le cambiaste el rumbo y personajes y cambió la historia, en la que ella no figuró y saltó al abismo de esta realidad y ahora va por la prostitución esperando a nadie. Búscala. Aquí mismo te digo dónde.”

Me quedé helado. De inmediato recordé aquella mujer y seguí por Madero caminando. Anotaba el nombre del sitio donde podría encontrarla. Fui al bar y pensé en decirle a alguno de mis amigos que me acompañara al lugar que ahí se anotaba. Pero no, no sería prudente involucrar a alguno de mis amigos en buscar a alguien que “no existe”, como seguramente se pensaría. Paré en el bar de siempre, bebí tres cervezas, conversé y poco después, me marché.

Fui por el coche. Fui a dejar a Vanessa a mi casa. Cambié de camisa y bajé del armario una chamarra. Enfilé hacia donde me quedaba claro se indicaba. Hacía un poco de frío, en el coche sonaba un bolero que siempre me ha entristecido. Y seguí adelante como si de verdad hubiera encontrado el camino al tesoro enterrado.

Deja un comentario