Por: Neftalí Coria
Era cierto que había dejado a un personaje fuera de la novela El palacio de su nombre, y ahora lo recordaba con precisión, pero lo extraño es que me lo estaba diciendo aquel hombre que conocía mis personajes, además, si él lo estaba afirmando, por qué dudarlo. Él conocía mi obra y era cierto, porque los Ficticios pueden leer manuscritos inéditos, aunque eso es complicado de explicar. Ellos oyen y ven lo que se escribe y además pueden entrar a las historias de los autores que se les antoje. Basta que estén en un radio de quinientos metros de donde se escribe una novela.
Llegué al bar y me senté en el fondo. Miraba las mujeres de una en una. Me iba a resultar imposible reconocer a Paura. En aquel momento no podía recordar como estaba descrita. La novela de la que había saltado, se transformó en otra historia que sucedía en estos mismos bares y en la misma negrura del mundo al que yo estaba volviendo. Me inquietaba lo que debía decirle, me avergonzaba haberla olvidado, me sentía culpable. Pero ya estaba ahí, y si aquel hombre no mentía, la iba a enfrentar.
Paura era hermosa y poco a poco la estaba recordando, pero en la novela, la cambié por una mujer de rasgos orientales y Paura es delgada, rubia suave de pelo corto, aunque no imaginaba sus cambios.
Y es que las novelas en escritura, pueden desviar el rumbo y convertirse en otra historia, abandonar personajes que no tuvieron por qué estar ahí o sobran, y en consecuencia, olvidarlos, dejarlos atrás. Y de ellos depende si mueren y desaparecen, o saltan a la realidad. Pero tampoco quien escribe se da cuenta a qué calvarios se han condenado los personajes que se quedan fuera de la historia, ni a qué infiernos lleva a los que se quedan dentro.
Las novelas que dan un giro y fracturan la espina dorsal de la historia, y en ellas aparecen otros personajes necesarios que viven otra identidad, es natural que piensen distinto a los que la hubieron empezado y evidentemente, pueden salir de allí, porque nada tienen qué hacer en una historia que ya no les pertenece. Se enfrentan a decisiones de vida o muerte, frente a un escenario incompleto y para ellos, en ruinas. Ese debió ser el caso de Paura. A Paura la suplantó –y no me pregunten las razones–, Anilú, la reina de la caracterización, la reina del disfraz del alma.
De Paura recuerdo su ternura y aquella lozanía de su piel; sus ojos cafés, su grácil sonrisa y dos hoyitos en las mejillas al sonreír. Su voz grave, su corazón frágil. Y nunca vio otro mundo que aquel, en el que estábamos a punto de encontrarnos. Tenía la sensación que hoy sería una mujer triste, que al terminar la jornada, caminaría por las calles de la madrugada con amantes transitorios, como las caminan los que alguna vez nos perdimos en los laberínticos humus de la noche y el alba. Y es que también debo anotar, que un autor, hereda o trasmite la vida que vive a los personajes que en el momento escriba, por eso a Paura la imaginaba así, porque cuando debí escribirla, ese era mi pulso vital, mi sentimiento hacia el amor y el mundo. Noches de alcohol, de extravío, de amor traicionado, de palabras nacidas de un corazón fracturado y arrepentido de haber amado.
Paura no debía creer en el amor y estaba seguro que no sabía amar, que el amor no estaba en su vida, ni antes ni ahora; porque hay condenas de las que no se puede escapar y se convierten en modos de vivir para siempre; la de Paura era esa, como las mujeres que –sabiéndolo– yo siempre he buscado y parece que lo olvido.
En ese momento y después de haber mirado con cuidado en todos los rincones del bar desde mi mesa, y de haber bebido cuatro güisquis, la vi allá, cerca de la barra. Bebía un trago con un cliente. Sonreía. Estuve seguro que era ella. Pregunté a un mesero por su nombre. Me dijo que se llamaba Lolita. No había duda, ahí estaba y en ese momento tuve la sensación de estar a unos metros de salvarla, de volver a ella; era una especie de alegría reencontrar a un personaje que se había olvidado con la marcha del tiempo y también –al verla– supe que esa mujer era mía.
Pedí un güisqui más y sonreía como imbécil sin dejar de mirar aquella mujer, que por un momento había olvidado que era un ser ficticio. La percibía con una sensación de propiedad, de cercanía, de filialidad… un lazo irrompible. Y me sucedió con uno de mis personajes teatrales, al que un día vi representada en una ciudad del norte. Durante la función me exaltaba verla vivir como yo le había dicho, mirar de cerca aquella mujer que tal vez había asesinado a su marido y lloraba y reía en la intimidad frente al cadáver de su hombre (Xaviera), me conmovía.
Esa sensación tenía mientras sin parpadear, miraba a Paura y temeroso que fuera a escapar una vez más… Tenía la seguridad que lo que allá, con el cliente estaba hablando, eran palabras mías y mentía. Debía hablarle y en la embriaguez –como suele pasar–, pensaba en no dejarla ir sin acercarme a ella, porque en la embriaguez todo es posible.
No pasó mucho tiempo para que el bar comenzara a dar aviso que cerraría. Yo estaba ebrio y con la extraña emoción de ver a la mujer que dejaría de ser un misterio que había crecido como enredadera en mí.
Esperé hasta que encendieron las luces y las últimas tres mesas pagaban y les ofrecían vasos de plástico para llevar las bebidas. Paura se despidió del hombre con el que bebía. Desapareció y llamé al mesero. Pedí la cuenta, pagué y le pedí un trago más para llevar. Rápido fue por el güisqui y lo trajo en un vaso de plástico. Y al tiempo que le extendí un billete, le pregunté si me ayudaba para abordar a Lolita.
–Ella vive cerca, a unas cuadras de aquí –me dijo–, por eso sale por la puerta trasera. A lo mejor ya se fue, voy a ver.
Y fue corriendo. Temía que se hubiera ido. Volvió pronto el joven y me dijo que todavía no se iba, pero que la esperara en la calle, atrás del bar.
Por supuesto que iría a esperarla.
