(13)

Los Ficticios vuelan

Neftali Coria

 

La escritura estaba acertando tal como lo esperaba. Me levanté a preparar un café en la cafetera italiana. Le puse el agua, el café y la subí a la parrilla de la estufa. Contemplé la llama durante un largo momento. El fuego me parecía de un azul hermoso y desde la cocina, alcanzaba a ver a Paura en la cama estirada moviendo los brazos como si fueran alas. Su liberación ya comenzaba.

Pensé en los hermosos ojos de Paura (la de la escritura). Imaginaba la ventana, sus lágrimas que la segunda vez que la vi, rodaban por las mejillas. Eran los ojos de Paura el motivo central de las siguientes líneas que escribí para llevar su espíritu al cuaderno.

La escritura continuó así:

 

Me miró con aquellos hermosos ojos suplicantes. Algo quería decirme, pero no salía la voz. Le dije que se tranquilizara y alcancé a escuchar que dijo:

–Quiero salir de aquí, ayúdeme…

Creí entenderlo todo. Sin duda estaba secuestrada, como suelen tener a las mujeres los delincuentes en las casas como aquella. Era imposible hacer lo que me estaba pidiendo en aquel momento, pero aquella mirada suplicante me conmovía tanto, que tomé la decisión de sacarla de allí, de hacer lo que fuera necesario para darle la libertad, porque era lo que estaba pidiendo. Desde ese momento, decidí ayudar a salir de aquel lugar a la mujer más hermosa que mi corazón percibía.

Me dijo el nombre del bar en el que estaría esa noche. Estaba decidido. Esa noche estaría ahí, le dije (no sé si me escuchó). Me marché con la inquietud que dejan los sucesos donde el corazón es la víctima…

 

Allí detuve la escritura de lo que ambicionaba fuera la novela de Paura. Ella estaba instalada en mi casa y después de comer, debía ira a dar el paseo vespertino. Nos fuimos al centro con Vanessa. Paura estaría en casa; tal vez vería una película o leería (muchos de los Ficticios –por naturaleza– son lectores).

Dejamos el coche en el centro y caminé hasta el jardín de Villalongín y allí nos tiramos sobre el césped a mirar el cielo y a divagar como lo hacemos varios días a la semana. La tarde era amable. Miramos las figuras volantes de los Ficticios que vuelan. Y allá en las alturas volaban. ¿Por qué Vuelan? No lo sé, pero vuelan, los ficticios vuelan. Y ahí estábamos ya con Vanessa, bocarriba mirando su vuelo como muchas de las veces. Siempre los vemos con Vanessa a eso de las cinco de la tarde en el jardín de Villalongín y aquel día era el primero que alguien nos esperaba en casa: Paura.

Al ver a los Ficticios volar, nos dan esperanzas de un día surcar el cielo con ellos y de solo verlos, alientan nuestro corazón volátil y el deseo de soñar el vuelo.

Esta vez eran cinco los que volaban; tres vestidos de verde y dos de amarillo. Su vuelo como siempre era ligero y nunca se han alejado del radio donde los podemos ver. Hacen piruetas y figuras en alta velocidad. Hemos sabido que mientras vuelan cantan en coro, pero hasta donde estábamos Vanessa y yo no alcanzábamos a escuchar.

Mientras Vanessa caminaba estirando el cuello para verlos, dice que no puede entender, cómo es que haya seres que sin alas vuelan. Y es que desde hace tiempo supe que ella los percibe y los identifica, lo que me hace dudar si Vanessa es real o pertenece a esa especie de los desterrados de la arquitectura literaria. Es claro que Vanessa vive como musa en varios textos poéticos, pero sigo viéndola como mi igual. ¿O es que habrá personajes mixtos? Vaya, que después de todo lo que he visto en este oficio, no estaría demás que hubiera seres de doble especie. Aquí todo puede suceder.

Vanessa no se cansaba de dar vueltas y parecía reír. De algo se estaba acordando; así ha sido siempre Vanessa: memoriosa.

–Algo de aves tienen en su estructura humana –dice Vanessa.

Yo cierro los ojos y trato de relajar el cuerpo ahí acostado en el jardín. Es razonable lo que Vanessa sugiere y le doy la razón. Sí, tiene razón Vanessa, porque los Ficticios están hechos con los huesos de la ficción y aquellos que tienen tal anatomía, les da un rango distinto en cualquier polo de la realidad que habiten y volar noles está negado.

Vanessa se me acercó y clavó las uñas en mi brazo. Me pidió que la llevara a la fuente. Quería nadar. La llevé y volví a recostarme a ojos cerrados. Los voladores seguían en el cielo. Dormí un rato. Tal vez pasaron cuarenta y cinco minutos y fui a ver a Vanessa. No quiso salir del agua y la tarde comenzaba a pardear. Me quedé sentado a la orilla de la fuente. Debíamos caminar hasta el centro porque allá estaba el coche.

Volví al césped del jardín. Abrí el cuaderno y comencé a dibujar el esqueleto de la tarde y tras el dibujo, vi una historia que abrió las puertas en la página nueve. Me asomé a la página y me recibió el frío como en todas las historias tristes. Era la habitación para un poema.

Vanessa salió de la fuente. Vino hacia mí y como es costumbre; con la toalla que llevo en la mochila, la sequé, la arropé y como siempre, la abracé. Se quedó quieta. Era la hora de marcharnos, pero la página pedía su anotación. Escribí un verso. Le saqué el brillo suficiente para que viviera y se extendió en la página como un pequeño animal manso. Lo miramos con Vanessa y pronto se quedó dormido.

Guardamos las cosas. Vanessa ya estaba seca y nos preparamos para marcharnos. Cerré el cuaderno con llave. Le di un beso a Vanessa y la metí a la mochila. Nos fuimos del jardín.

Como última visión nos llevamos a los Ficticios que imitaban a los pájaros en el aire de Villalongín y enfilamos por Madero.

En ese momento, pasaron majestuosos los cinco Ficticios por el cielo. Los vimos volar rumbo al centro, como los aviones militares en el desfile del treinta de septiembre.

Deja un comentario