José Juan Marín


Las mujeres han vivido años y épocas de sumisión, de machismo, de discriminación laboral y de injusticia social. Tal vez por eso no parecen estar dispuestas a que se les siga “ninguneando”.

Sin embargo, no es eso lo único que han padecido en carne propia las mujeres mexicanas.

Las mujeres también han padecido desigualdad económica, desigualdad de oportunidades, falta de incentivos profesionales, acoso, violencia doméstica y violencia social, lo cual ha hecho de ellas uno de los sectores vulnerables.

Si solamente nos guiáramos por los feminicidios y las cifras de violencia hacia las mujeres, nos daríamos cuenta que su rabia y su indignación tienen razón de ser y son justas.

Es posible que la que estamos viviendo, sea la época más violenta que ha vivido la mujer mexicana.

Debieran hacer más, las autoridades de todos los niveles de gobierno para resolver este desajuste social, para resolver la alta incidencia de feminicidios.

Poner oídos sordos frente a sus reclamos, descalificar la lucha de las mujeres, encerrarse en una grave “insensibilidad institucional”, no es el camino.

No escuchar y no dar salida a los problemas puede enconarlos más, haciendo del espacio social un referente de desconsuelo y un crucigrama sin solución, no es el camino.

Lo que puede funcionar, para inhibir el lenguaje incómodo o violento de las marchas, es forjar espacios de racionalidad, crear foros para el diálogo y el debate, hacer de la vida social un ágora de quejas y soluciones, porque ninguna sociedad puede tolerar sin agrietarse el crecimiento indefinido de su problemática.

Este es el camino correcto. Y la historia y la ciencia política enseñan que no hay mejor camino que el camino correcto.

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