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¿Puedo contarle un sueño?
Por: Neftalí Coria
Antes que saliera de la sorpresa, dijo Lord Anton que ella era de “la comunidad”, una exiliada de una historia para niños que había fracasado o de una novela escrita por una escritora exitosa. No recordaba. De nombre Arlette, de estatura mediana, de cuerpo firme y de sonrisa cándida. Yo la había visto antes, pero en ese momento no lo recordé, hasta que ella misma –cuando me trajo la segunda cerveza–, me dijo que antes estuvo en el café donde suelo ir a trabajar. No fue difícil recordarla, porque un día se detuvo ante mi mesa de manera sorpresiva y me dijo:
–¿Puedo contarle un sueño?
Me sorprendió y comprensivamente, con pena le dije que sí. Su relato fu rápido. En su sueño había aparecido yo. En el sueño, caminaba por una calle y repentinamente no pudo seguir caminando. Fue en ese momento en el que yo aparecía como su salvador, al ayudarle a llegar a donde iba. La recordé con ternura.
–Debió pensar que estaba loca, pero de verdad, usted había estado en mi sueño.
–Lo recuerdo bien. Somos viejos amigos…–le dije como una broma.
–Si claro –me dijo y siguió su trabajo.
El de la gabardina le recordó a Lord Anton y casi a manera de regaño, que Arlette no venía de ninguna historia para niños.
–Ella vino de una novela –aclaró Agripina–, aunque nunca ha dicho cómo sucedió su llegada aquí.
–Una novela de la que nunca se ha sabido nada –puntualizó Anabel.
¿Qué comunidad era aquella? ¿A qué mundo me estaba acercando? ¿Por qué yo era el elegido por aquellos seres que cada día me parecían más cercanos? ¿Y que significaba la cercanía? Mi convivencia ya era más abundante con su especie que con personas de mi realidad. Ahora creía en ellos y comenzaba a tener aprecio por estos seres que no dejaban de ser misteriosos, y que al parecer tenían un plan en el que yo era parte central.
¿Qué más me iban a proponer? Había un trato respetuoso y directo que estaba en sus intereses de salvación, aunque ninguno de ellos me había mostrado urgencia de volver al mundo de las palabras y la ficción, de la que estaba hecha su sangre.
Evité el permanente temor que da la presencia de quien no se conoce del todo y de quien se puede esperar cualquier cosa. Por un momento –y precisamente cuando habían llegado Lord Anton, Agripina y el de la gabardina– me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, como cuando la víctima ve venir al asesino. Y la sensación de imaginar que algo tramaban en mi contra, que habían planeado una emboscada, que me secuestrarían hasta que escribiera sus novelas, se disipó hasta la tercera cerveza. O tal vez, logré tener la valentía de enfrentar cualquier circunstancia.
Ellos se reunían entre sí y por lo que había entendido, con otros Ficticios a los que hasta ahora no conocía. Suficiente trabajo para mí, significaban sus deseos de abandonar la realidad y volver a su verdadera vida y naturaleza. Cierto que Agripina y el de la gabardina, no me habían pedido nada, por el contrario, el de la rata en el bolsillo, me había dado información valiosa y Agripina, ni siquiera había insinuado nada. Sin embargo Lord Anton y Anabel, esperaban que escribiera una novela que serviría como el túnel final para escapar de la realidad, que al parecer ya no soportaban.
Las preguntas que me hice –al final quedaron sin responderse–, pero pude saber que las respuestas llegarían solas. No vi rastro de complot o de alguna celada que imaginé poco antes.
Después que los ojos de los que rodeábamos aquella mesa, mostraban los claros signos de la ebriedad y había más risas, Lord Anton, pidió la cuenta a la nueva Ficticia, comenzamos a preparar la partida. Nos veríamos de nuevo, estaba dicho.
Pagamos. Nos despedimos en la puerta del bar con algo muy parecido a la alegría de haber compartido aquel momento. Ellos me buscarían para la siguiente reunión, aunque por lo que pude entender –al menos Lord Anton y Anabel– necesitaban una resolución más clara para que yo escribiera su novela de fuga a la ficción. No sería difícil darles su boleto de viaje y mi voluntad en aquel momento, era la de ayudarles a volver al mundo suyo. Los había visto con más claridad y ya podría comenzar sus historias.
Me despedí de Agripina, de Lord Anton y del que ahora llamaré Roger, el de la gabardina (así le llamaron los demás). Los vi levantar el vuelo desde la puerta del bar, hasta que se perdieron en el cielo oscuro. Yo enfilé rumbo a mi auto. Caminé despacio y encendí un cigarro. Mi ebriedad era mesurada y la noche estaba templada con un delgado filo de luz por luna. Pensaba en Paura, sus mentiras y omisiones. Me entristecía poco a poco.
Cuando llegué al auto, vi recargada en la portezuela del piloto, a la mesera Arlette.
–Quiero hablar con usted –me dijo antes que nada.
–Sí, dígame.
–¿Puedo subir al auto?
–Sí, claro –le dije con extrañeza.
Subimos al auto y me pidió un cigarro. Se lo encendí, bajé los cristales y se acomodó. Habló algo sobre el café donde nos habíamos conocido. En el bar ganaba más, las propinas eran mejores y otras vaguedades más sirvieron de introducción. Conocía mis libros para niños y dos de mis novelas. Imaginé lo que me pediría y buscaba la manera de evadirla. Le pregunté:
–¿Y de qué novela llegaste aquí?
–Mi caso es distinto y mi historia es larga –respondió.
¿Qué distinta podría ser la historia de aquella muchacha? Tuve reticencia por escucharla, pero ella tenía algo que se acercaba a la urgencia por contarme y tal vez pedirme un nuevo rescate.
–¿Y qué de distinto tiene tu historia? –le pregunté con desgano–, como los demás llegaste de la ficción y como los demás querrás volver ¿O no?
–No maestro, se equivoca. Al contrario de mis amigos, yo ya no quiero volver a la ficción. Yo quiero quedarme aquí. Y solo usted puede ayudarme.
