¿Un Quijote cibernético?

 

Por: Neftalí Coria


Cuando cae la tarde y hago pausa de mi nueva lectura de El Quijote y pongo el separador al final del capítulo de la censura del cura, el Maese Nicolás el barbero, la sobrina y el ama de llaves, de los libros que leyó nuestro héroe, y que fueron –a decir de ellos– la causa de la enfermedad caballeresca que llevó al Hidalgo Quijana a las lides de armarse caballero y salir al mundo para su reparación, pienso en lo que un Quijote pudiera hacer hoy día con un país como el nuestro. Vaya la grande labor que enfrentaría. Imposible soportar a un hombre miserable en su vestido y con armas de juguete para acabar con los truhanes y los enemigos de la felicidad, aunque tenga la razón.

Imposible imaginar un Quijote cibernético que fuera por la red “a buscar aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes ejercitaban, deshaciendo todo género de agravios y poniéndose en ocasiones y peligros donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama”. Un caballero cibernético, deshaciendo entuertos en feizbuc, X, Instagram, un caballero que buscara la aventura como caballero andante luchando por la justicia y la libertad, defendiendo a los débiles con la fuerza de la fantasía y su investidura de mode.

Sueño quijotesco, ni más ni menos. Un personaje que no cabe ni ha tenido lugar en la historia de la realidad, y si así fuera, repetiría la historia del personaje de Cervantes, que incluye la derrota y la muerte.

No hay lugar para los hombres que buscan la justicia, ni hay lugar para el que busca que la mentira se destierre. Pienso en el personaje que cada vez que leo tan precisa obra, me da pena y tristeza ante un hombre sabio que provoca la burla, la sorna y quizás la conmiseración de sus sueños por deshacer entuertos y apagar el fuego de la maldad entre los hombres.

Y me pregunto ¿Para qué leer de nuevo este libro que quizás ya me ha enfermado? ¿Por qué creer en su magnífica filosofía, si poco para la realidad me sirve? O si acaso me ha sido útil para pensar en sentido contrario de la realidad de los que me rodean. Nada cambia la vida de un pueblo donde pocos, de verdad muy pocos dedican su vida a pensar y a observar el rumbo del mundo que se desuella a sí mismo. Nada puede cambiar a un pueblo, si esos que piensan y observan, son tratados como al propio Quijote en sus aventuras, si los responsables del pueblo (léase gobierno) no los escuchan, por el contrario, los patean y los “matan de hambre», como escribió José Emilio Pacheco refiriéndose a César Vallejo.

Poco lugar hay, para la imaginación y la ficción donde más bien, tienen otros caminos que desembocan al comercio y a la estafa, al engaño amable de la publicidad que siempre miente a la luz de la vendimia de ilusiones y toneladas de cosas y cosas que serán basura.

Pero en el gusto por la lectura –que ya es por demás mencionarlo–, no me abandonó nunca, y en el silencio y soledad, oigo la prosa de Cervantes y por ningún motivo suspendo la lectura, porque hay una música que me arrebata y me ablanda el corazón y en ese breve instante, vuelvo a creer en El Quijote y me inclino ante ese hombre pobre, que sabe como acabar con la justicia, como si fuera un juego de niños, y sabe la verdad de la vida, aunque lo muelan a palos y lo engañen, se burlen y lo destruyan hasta la muerte. Y es que la novela se lee con tal ductilidad, que no puedo resistir a su belleza, que al final es lo que he buscado cada día. No me entretengo en los que dicen que no entienden el castellano, porque nada los justifica. Ese castellano hermoso, es más nuestro de lo que se imaginan todavía y para siempre.

La novela es irrefutable por la arista que se le vea, es una obra de arte perfecta, que además, ha influido en la vida real y en las propias leyes de la patria de Cervantes.

Y es así, la esperanza muere fácil y revive fácil, el sueño de habitar un lugar mejor, se esfuma de un golpe y vuelve por momentos de manera intermitente y volvemos a darle sentido a lo que cada quien hace contra y por los demás. El ladrón no mantendrá las uñas en paz, el asesino no dejará de jalar el gatillo, el líder no dejará de prometer ni de mentir, el traidor no dejará nunca sus ases falsos que guarda en la manga, ni el violador olvidará la carne que sueña profanar. Entre el bien y el mal hemos vivido, ya nos lo enseñó Stevenson con asombrosa puntualidad en “El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde”.

Poco puedo saber qué se gana leyendo El Quijote, ni puedo aventurarme a dar una razón por la que he leído con terquedad esta obra hasta su estudio para llevarla al magisterio y discusión con alumnos de doctorado que hacían tesis sobre Miguel de Cervantes Saavedra.

Este será mi última lectura que haré de la novela y tal vez cuando ya no vuelva a ella, me haga nuevas preguntas y bocetaré nuevas respuestas. De lo que sí estoy seguro, es que para mi trabajo de escritura, que ya casi llega a mi retiro, la prosa de Cervantes –incluyendo sus otras obras– me dio el oido que me hizo escribir las mejores líneas de mi obra. Y quizá con eso me baste y no me arrepienta de haber vivido cada lectura de tan alta envergadura.

Gracias a esta novela ilusoria, a la fantasía sublime de la que está tejida y de la terrible verdad con la que debería sacudir los muros de nuestro tiempo. Gracias a don Miguel, gracias. Lo agradece mi vida entera.

 

 

 

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