Por: Neftalí Coria


Días agitados se han vivido este mes de marzo que entra con su aire agitado. La colectividad ejerciendo el derecho a la manifestación, la plaza pública como sitio de reunión política; el sindicalismo rancio haciéndose pasar por luchadores por la justicia, las mujeres hablando fuerte sobre sus causas, el ejercicio de la libertad, tan activo levantando la voz, aunque también es importante puntualizar que la justicia no aparece completa. Las diferencias entre los que creen en las ideas supracapitalistas, los que miran con un odio histórico a los pobres y los que nada pueden hacer porque la pobreza acabe. La clase media perdida en pobres ideas a las que siempre estuvo acostumbrada.

Y en el fondo, veo el odio a la diferencia que brota por todos los caños de las ideologías –que poco llegan a serlo–, en este presente donde pululan las pantallas y el rampante narcisismo que le hace creer a cada uno, que son indispensables y únicos.

Aunque no todo está perdido. También veo nuevas y buenas conductas de la colectividad, pese al aceleramiento del individualismo del que hay sólidas evidencias. Cierto que es una contradicción de esas conductas de solidaridad que se ven frente al individualismo que ha crecido y ha restado al desarrollo humano, tan comercializado ahora por gurús y charlatanes ¿Pero qué no está comercializado?

Y contra eso se debe ver el fondo de las cosas que nos ponen en los aparadores de las ideas que nos venden los que comercian también con las creencias. Y digo que no todo está perdido, porque siempre habrá quienes vean claro, cualquiera que sea su idea del mundo, de la sociedad, su odio, sus filias y sus fobias. Quizás si acaso la claridad les asiste, puedan comprender quiénes somos y dónde estamos parados y puedan ver los desgajamientos terribles de la sociedad corrompida por una tradición de costumbres de corrupción que hasta hoy parecen invencibles. Y esa costumbre está presente entre nosotros, desde hace mucho, de manera naturalizada y generalizada desde la familia, la calle, las múltiples áreas laborales, el sistema de justicia, la burocracia, etc., etc.

Elías Canetti en su sabio “Masa y poder”, dice que lo que más evita el ser humano, es ser tocado por lo desconocido, pero me pregunto si todo lo desconocido es lo que no sabemos, por qué no dejarse tocar por lo que no conocemos y es claro, que una de las condiciones para aprender es conocer lo desconocido. Y si evitamos ser tocados por lo que no conocemos, estamos ciñendo nuestro mundo solo a lo que conocemos, aunque lo que conocimos, un día estaba en esa faz de lo desconocido ¿Por qué entonces no dejarnos tocar por lo que no sabemos qué cosa es? Aprenderemos sin duda y lo haremos a un lado o nos quedaremos con el nuevo aprendizaje y pienso en un libro que nos pasa rozando, es un pájaro que nos toca el pelo un día de otoño y podemos decir: “pinche pájaro, me despeinó”, o podemos decir: “era un ángel” y nunca nos importó que nos despeinara.

El conocimiento del mundo está en las dos respuestas, pero la segunda respuesta es mucho más rica y con ella, vendrá una esperanza. A mí me tocaron los libros y me siguen tocando, porque cada que leo uno, me da esperanzas y me acompaña como ningún otro objeto, por misterioso y desconocido que sea.

La ignorancia del mundo, nos hace creer que nuestro mundo termina cerca, y “más allá del horizonte” no hay más que vacío y eso no es falso. Del otro lado también hay otros que piensan que tampoco hay nada, y no, estamos nosotros y no somos nada. Allá por los años ochenta, volaba de Dallas a Alburquerque y mi compañero de asiento –un trailero hawaiano–, me preguntó de dónde era. Respondí “de México”. Sorprendido me dijo “Ah, el terremoto”. Claro acababa de suceder la tragedia del 85, pero en la conversación, vi que no sabía ni qué idioma se hablaba en tan –para él– lejano país. Un trabajador del volante, ciudadano norteamericano, que aquel vuelo estaba en su itinerario, porque en su destino de Nuevo México, subiría al tráiler hasta Los Ángeles, pero no sabía absolutamente nada de mi país, sin embargo, mencionó la pobreza.

No sabía nada del país vecino, lo que me sorprendió, pero ese es el perfecto ejemplo de la vida estrecha de un ciudadano que circunscribía su vida a su trabajo, que llevaba poco más de dos meses en la ruta, llevando cargamentos por todo el país, antes de regresar a casa. ¿Y acaso no hay trabajadores en nuestro país de todas las áreas, que desconocen por ejemplo cuántas lenguas se hablan y están vivas en México? Nada extraño me pareció aquel hombre que mucho tenía de una máquina de recorrer carreteras.

Poco qué hacer y nada qué esperar, porque no veremos algo distinto pronto. La corrupción humana no va a detenerse. Y el mal y el bien son necesarios en las costumbres de la ambición, y habrá malos y buenos como a lo largo de la historia, ambos creyendo que tienen la verdad y la razón.

Y como alguna vez Carlos Santibañes el poeta querido que nos dejó hace algunos años, cuando en una lectura de poesía le preguntaron por qué no escribía poesía “comprometida”, respondió: “a mí no me encargaron el mundo, pero si usted tiene ese pendiente, escríbala usted.” Y yo agrego lo que Juano Villafañe dijo: «La poesía no cambia el mundo, pero se parece mucho al mundo transformado”.

Y quizás asomándose a ese espejo que es la poesía, nos transformemos. Una esperanza lejana.

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