(15)
Un vampiro de tiempo completo
Por: Neftalí Coria
A decir de Lord Anton, nunca entendió la razón de haber nacido en una mala novela con un conflicto que a él no le importaba. Tal vez aquella novelista, no vio su valor y dejó de tomarlo en cuenta. Él era un Ficticio que no correspondía a la historia ni a la autora de la novela. Inclemente, la escritora lo hubiera destruido si Lord Anton se queda un día más en aquellas páginas; porque hay novelistas que no pueden con un personaje que les supera. Y Lord Anton era un Ficticio mayor. Era un personaje que no merecía ser un secundario, ahí estaba la injusticia, porque él tenía el perfil para protagonizar una historia. Y como él, hay personajes que permanecen como secundarios, cuando el novelista no es capaz de aprovechar su composición, para ocuparlos como capitanes de la embarcación.
Era grande la inquietud que me provocaba aquel panorama que componían los Ficticios en torno mío. Me asombraba ver cuántas ganas de amar tenían aquellos seres que eran capaces de morir en una historia. Aquel deseo de ser amados y amar con una desesperación inocultable. Anabel me había propuesto su muerte, dentro del sentimiento que ella creía era el amor. Lord Anton, prometía pagarme con su vida si acaso vivía el altísimo amor que tanto deseaba. Y Paura, aunque quería ser feliz, necesitaba de la ficción, segura que en el amor encontraría la felicidad y en ella la realización de la que yo era parte central. ¿Quién puede asegurar que en el amor está la felicidad? ¿Y quién puede afirmar que el amor vale tanto, como pagar su precio con la muerte? ¿Y cuándo se ha visto que en el amor se viva la felicidad como la que soñaba Paura?
Los tres añoraban el amor y lo daban todo por vivirlo. Yo estaba dispuesto a darles la esperanza con las armas que me dio la efímera imaginación. ¿Qué debía hacer? Sobre todo con Paura con quien ya había comenzado su historia con una turbulenta trama, que debía llevarla a la consagración, en la que yo era el segundo pilar que sostenía su destino.
Había que pensar si en una sola novela podrían vivir los tres su legitimo sueño y su libre deseo de ser personajes que representaran el amor humano, que en el mundo real también es sumamente añorado, aunque también los Reales puedan leerlo y vivirlo como lectores de novelas de amor. Pero llevarlos a una sola novela, me parecía un desperdicio, porque los tres, me parecían personajes con la complexión suficiente para protagonizar una novela cada uno y por separado. Y si de aprovechar los atractivos que aquellos tres personajes se trataba, no había que dejar fuera un cuarto Ficticio, que me parecía dueño de un misterio novelístico extraordinario: el hombre de la rata en el bolsillo del saco. Aquel Ficticio que comprendía la realidad y la ficción con una claridad que pocas veces pude ver en los demás. Él no hablaba del amor, pero sí de esas estrategias en las que se define la escritura y las diferencias entre esas realidades, que en apariencia son opuestas, y él sabía enlazar y diferenciar con la facilidad que solo un novelista puede hacerlo.
Yo no podía asegurarles que en la muerte, el amor, en la felicidad o en la sordidez de la vida, estaría su realización, pero también entendí que eran personajes arrojados, valientes para vivir una aventura en la que estaban seguros de vivir el más alto placer con solo entregarse.
De regreso de mi viaje, en el avión, en un cuaderno nuevo que compré cerca de donde estuvieron las Torres gemelas, abrí sus puertas y en la primera página, comencé a escribir lo que podía ser la apertura de candados para Lord Anton. Y sin mediar previa meditación, comencé a escribir:
El conde Anton era un vampiro de tiempo completo. No había momento en su vida para otro oficio, ni día en que tuviera otra pasión que la sangre. Todos en el vecindario, desconocíamos de qué vivía y dónde trabajaba. Lo primero que supe de él –porque yo fui el primero en saber–, fue que comía pájaros y que le gustaban, no solo la sangre de los pájaros, sino las plumas, el pico y las uñas, todo molido en licuadora y mezclado con manzana, una poca de leche y azúcar.
Era conocido por el barrio, por caminar con el lorito Lino que maldecía con más de tres frases que pronunciaba con frecuencia.
–¡Buenos días, hijos de la miseria! –gritaba el lorito desde una jaula que colgaba en el techo de tablas del pasillo cada mañana, lo que cotidianamente, significaba para el vampiro Anton, la voz que lo despertaba.
Atendiendo a la voz del loro, Lord Anton se levantaba de la cama-ataúd, acojinada y con almohadas y edredón negro térmico. Todavía en pijama, abría la jaula para que el lorito fuera al patio a defecar y a comer los primeros alimentos del día que por la noche le dejaba preparados.
Lord Anton dormía de noche durante los meses de abril a octubre. Su mundo de ojos abiertos, era el día. En ese tiempo, vivía con la claridad de cada uno de los días. El resto del año (otoño-invierno) dormía de día. Y si de verdad comía pájaros se pueden preguntar ¿Por qué al lorito Lino, no se lo había comido? Muy sencillo. Tenía una razón poderosa: tenía miedo que las palabras del loro, siguieran sonando como eco, allá en el interior de su cuerpo. Temía que la voz de Lino vibrara en los momentos de silencio en los que acechaba a sus víctimas. Le daban miedo porque tenía la creencia que aquello –tal y como son los pecados y el precio a pagar–, sería una voz que lo perseguiría por siempre y sonaría en lugares inusitados.
Hasta ahí dejé la nueva historia escrita en el avión.
Cuando volví del viaje (un encuentro internacional de escritores en Nueva York), había pasado el día de la cita con Anabel. Me envió un mensaje reclamando. Pospusimos la cita.
Ya en casa y con Paura a mi lado, quise descansar del viaje al menos un día y no escribir ni leer y estar dedicado a Paura. Sabía que su novela debía seguir adelante, pero me inquietaba la historia de Lord Anton que ya estaba latiendo en el cuaderno.
