José Juan Marín

Las mujeres que han ejercido la política y se han convertido en gobernantes, han dejado una huella imborrable en el corazón de su tiempo.

También hay hombres a los que recuerda la historia: a unos por lo que hicieron bien, a otros por lo que hicieron mal.

Mujeres en la política y en el gobierno que iluminaron su tiempo fueron Indira Gandhi, Golda Meir, Margareth Tatcher y Ángela Merkel. Sus pueblos las recuerdan por su sensibilidad y su visión, por el bien que hicieron y por las reformas racionales que emprendieron.

Hombres que iluminaron la política y el gobierno de su época fueron Napoleón, Benjamín Franklin, Abraham Lincoln, Franklin D. Rosevelt, Winston Churchill, Henry Kissinger, John Major, Francois Miterrand, Felipe González, Helmuth Koll, Lech Walesa e incluso el Papa Juan Pablo II.

Todos ellos sirvieron a sus pueblos y a su época de la mejor manera que pudieron: los norteamericanos le dieron cimientos y permanencia al “sueño americano”; Churchill defendió a Gran Bretaña como un león, frente a la irracionalidad de Hitler y el nazismo; Lech Walesa defendió la dignidad del catolicismo polaco frente al totalitarismo soviético; Miterrand y Felipe González le dieron alma y rumbo a la democracia occidental, para que no sucumbiera ante los autoritarismos.

Hoy hay varias mujeres a la cabeza de varios sistemas de gobierno en el mundo, y la aprobación de sus pueblos no es artificial ni fruto de la ignorancia, sino resultado de buenas y excelentes gestiones de gobierno.

Todos ellos, mujeres y hombres, no han hecho política barata sino política informada y de contenidos: por eso traen niveles de aprobación que no se comparan con el tercermundismo mental de nuestras sociedades.

Política con clase y honorabilidad, política de altura y de nivel, es lo que le hace falta al mundo de hoy para salir del marasmo y la incertidumbre.

Aquellos grandes liderazgos de ayer, liderazgos que hicieron época, se extrañan hoy y son lo que le hace falta a nuestros pueblos para ser verdaderamente grandes.

Lo que caracterizó a esos liderazgos de época, del siglo XIX al XXI, fue que le dieron un sentido de autoestima y elevación a sus pueblos.

Lo que los distinguió, fue que no se dedicaron a crear ni a multiplicar los problemas, sino a resolverlos con carácter y altura de miras.

Lo que tenemos que agradecer a los grandes líderes de otros tiempos, es que hicieron del gobierno el arquitecto de un tiempo nuevo, no un arquitecto de lágrimas y quejumbres.

A los grandes líderes hay que agradecerles que hayan sido limpios y dignos para merecer un pedestal en la historia.

A los políticos y gobernantes de hoy, valdría mucho la pena no olviden leer la obra » Las Meditaciones de Marco Aurelio «, ahí se reseña cuando el destino lo colocó al mando del Imperio Romano.

La filosofía que aprendió muy joven Marco Aurelio de un maestro, Rústico, lo ayudó a sobrellevar las angustias y pesares propias del cargo.

No era una filosofía teórica la de esa época, la de los estoicos, era un verdadero «arte de vivir».

Al joven emperador le tocaron pestes, inundaciones, guerras y logró gobernar bien el imperio, porque primero supo cuidar su «ciudadela interior».

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