Fotografía: Neftalí CoriaFotografía: Neftalí Coria

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No había de otra, Paolita, te hubiera matado…

Por: Neftalí Coria

Fue nuestra primera noche con Paura en mi casa y hubo una hermosa y húmeda conversación. Eran las aguas inaugurales del amor, como si nacieran de un manantial poderoso. Noche larga y compartida, como se comparte el generoso pan del cuerpo con quien ya se ama. Apagamos la turbulencia de lo sucedido en el bar. Paura quiso pasar la noche conmigo y los dos entendimos que comenzaba el amor que –al menos yo–, estaba buscando y más tarde, Paura confesaría, que ella, así como sucedió lo esperaba y eso me dio alegría. Los dos sabíamos que desnudos, solos y juntos, voluntariamente se puede decirlo todo.

–Comenzó nuestro amor frente a la muerte –dijo–, eso quiere decir mucho.

–Es simbólico –fue lo que se me ocurrió decir–, el amor es como la muerte.

–Hemos visto morir a un hombre –dijo Paura con gravedad.

Guardamos silencio y no nos atrevimos a mirarnos a los ojos.

En ese momento, nadie se explicaba el asesinato de Luis El jirafa. Pero el suceso en el bar, vendrá después, quizás en la página nueve del cuaderno.

La mañana del nuevo día. Paura se ha ido antes que yo despertara. Dejó un mensaje con su letra scrip perfecta en el refrigerador: “No quise despertarte. Llámame. Estoy feliz. Quiero verte más tarde… Besos.”

Estoy alegre y lo anoté en el cuaderno. Era la hora de irme al hospital. El tiempo justo para una ducha, huevos revueltos, café rápido y llegar a tiempo. Hoy tengo cuatro cirugías. La mañana es fría como sucede en los días de finales de noviembre. Rumbo al hospital, escuché una mención del asesinato en el noticiero de las ocho en la radio. “Hombre de la mafia, asesinado en conocido bar”, decía el noticiero. El sicario escapó, según la nota. Durante el camino, me marcó Roger para preguntarme si sabía algo de lo que pasó en la noche.

–Yo me fui del bar primero que tú –le dije.

–Van a cerrar el bar, es lo más seguro –me dijo preocupado.

–Es natural –le dije–, pero nos veremos hoy, tenemos asunto pendiente.

–En el café Aladino, si te parece –me propuso– a las ocho treinta, solo tú y yo.

Trataría que la reunión fuera breve, porque quería ver a Paura.

Me inquietaba saber lo que había pasado con el crimen de la noche anterior, pero ya lo sabremos, porque lo he de saber todo.

Tracé en el cuaderno la línea de la ruta que recorro todos los días de mi casa al hospital que está retirado; he anotado los doce semáforos que hay, y los dos puentes por los que debo cruzar.

Hasta ahora, nadie ha entendido por qué Otto, hizo lo que hizo, ni por qué Paola estaba pálida y se fue pronto, porque era lógico que se encontraría con Otto en el auto y lo demás lo anoto rápido: El hombre muerto, tenía un romance con Paola, pero al mismo tiempo que ella se entendía con Otto. Luis los descubrió y dado su carácter violento, tuvo un serio y violento enfrentamiento con Paola, como ya lo describiré. Ella estaba rechazando la relación, porque supo que Luis era un traficante. Y tal como sucedió, cuando Otto vio llegar a Luis al bar, ya estaba prevenido, porque sabía que había agredido a Paola fisicamente y la había amenazado de muerte por la supuesta traición, lo que explica el arma en el cajón semi-abierto, y enseguida, se develará la herida en el dorso de la mano de Paola: la noche del rompimiento, Paola se levantó de la mesa del bar donde que estaban con Luis y él no pudo detenerla. Forcejearon. Luis le dejó un moretón en el brazo, pero ella se subió a su auto y cuando el auto avanzaba, ella le dijo que no la volviera a buscar, que lo denunciaría.

–Te voy a matar hija de la chingada –le gritó aquel hombre, pero Paola no alcanzó a oír.

Poco más tarde, enfurecido, Luis el Jirafa, llegaría a casa de Paola y en cuanto ella abrió la puerta, él le dio un brutal empujón que la derribó. Sin dejarla hablar, le lanzó las violentas amenazas y en el suelo, antes que Paola se levantara, pisó su mano izquierda (se explica la herida en la mano). Ya de pie, le dio dos puñetazos, uno en el vientre y el segundo en la sien derecha. Paola volvió a caer al piso. El jirafa no dijo más y se fue tras un portazo que acabó de despertar a Jimena, la amiga de Paola. Jimena fue y abrazó a Paola que estaba herida en su dignidad. Lloraba con la mano ensangrentada.

Poco después, ella le mandó un mensaje: “Te voy a denunciar hijo de la chingada”, decía el watsapp. “Te voy a matar” fue la única respuesta que Paola recibió en su teléfono.

Por lo demás, era natural que nadie delatara a Otto con la policía, porque Otto había sido generoso con todo el personal y buen amigo con los que somos sus amigos.

Nadie vio bien a bien, cuando Otto disparó desde atrás de la barra, y los que vimos, nada diremos. Nadie mencionó a Otto; la versión con la que se quedó la policía, fue de un hombre que nadie conocía y de manera intempestiva, llegó al bar y desde la barra le disparó al Jirafa.

En los testimonios, coincidía la huída rápida del asesino, incluyendo la descripción que se alejaba de las características de Otto. Muchos de los clientes habían desalojado el lugar, y para cuando llegó la policía, el bar ya estaba vacío, salvo los curiosos a las afueras del bar. Adentro, tras el acordonamiento, solo estaban los empleados y los músicos. Después que identificaron al hombre muerto, la línea de investigación, viró hacia la delincuencia organizada, como un ajuste de cuentas o discrepancias por la plaza.

El encuentro entre Otto y Paola, estaba pendiente, aunque se debe adelantar que Paola, reclamó a Otto que hubiera asesinado al Jirafa, a lo que Otto adujo que llevaba el arma lista para disparar contra ella. Y ahí, era él a cambio de la vida de ella.

–No había de otra, Paolita –le dijo Otto–, te hubiera matado…

Paola calló. Estaba lastimada, pero también agradecía haber sido salvada por segundos. La relación de Paola y Otto, también crecía delante de la muerte, y eso me impresionó, pero ya no quise buscar significados.

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