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EL PLAN PARA LA BANDA
POR: NEFTALÍ CORIA
Cuando terminé mi turno, y después de las cirugías –esta vez sencillas–, salí del hospital y fui al café Aladino. Ya me esperaba Roger Campanelli. Pedí un expreso doble y cortado. Roger bebía una cerveza. Hablamos del suceso de la noche anterior y del pacto de no delatar a nuestro amigo Otto.
Organizamos el plan y formalizamos la agenda de las visitas al lugar y las estrategias de observación del sitio y las ubicaciones precisas de los empleados. Repartimos los días de rastreo para cada uno de los implicados en el plan que cada día avanzaba. Con las anotaciones precisas, nos despedimos con Roger y pactamos la siguiente reunión para el siguiente jueves en el mismo café, a las ocho de la noche.
Teníamos tres semanas desde que habíamos hecho el plan y maduraba con muy buen ritmo y certeza. Eran Roger, Anton, Agripina, Anabel y yo, los que habíamos tramado aquel golpe que nos animaba más en cuanto pasaban los días. Al día siguiente, volvería Agripina de su gira con el ensamble “Tango Mortis” que conformaban Agripina, Raulito Pardo el bandoneonista, Juliana Bracamontes, que toca con extraordinaria habilidad el contrabajo eléctrico, Jimena con el violín y la voz en los tangos, Filomeno Sánchez en la guitarra y Tacho López, que es la pareja de baile de Agripina.
Nos despedimos con Roger en la puerta del café. Fui por Paura. Cenamos en un restaurante del centro y volvimos a la casa. Había el deseo suficiente para seguir haciendo crecer el amor que ya llegaba al corazón y al cuerpo. La noche avanzaba sin prisa. Aquella era una dulce melodía en mi vida. Paura estaba convertida en una razón poderosa para vivir, aunque también sabía, que así como el corazón siempre me llevó a los estadios efímeros más hermosos que viví, también me había puesto trampas y espejismos en los que nunca se debe confiar. Pero no había más, era el presente en la historia; Paura era la indicada. Para ella, hermosa como una fruta madura, sensible y con la disposición de amarme, yo era su dócil cautivo.
Mirándola desnuda, me alegraba aquella perfección de haber encontrado a una mujer como la que había buscado desde hacía mucho. Y mientras ella dormía, entregada a estar en mi cama y a mi lado, el silencio de la noche –con una luna inmensa que alcanzaba a mirar por la ventana–, me llevó a pensar en que la historia debía hacer una pausa, aunque en ese momento, no sabía que la historia de la novela, en la que vivo, no se puede detener; es como la vida, avanza y avanza.
Abrí la tapa de la caja donde duerme la pluma. La desperté y la levanté de su aposento negro, que parecía ser el ataúd de un vampiro. Fuimos al cuaderno y abrí sus cuatro puertas. Entramos a la nueva página y ya desperezada la pluma, le quité la capucha y anoté en la parte superior la frase: “Días después…” Miré la blancura del papel durante un momento. La mirada se me perdió en la textura de la página en blanco. Creí estar en el lugar privilegiado; escribía, inventaba, tejía la complejidad de la trama, la ordenaba, y además vivía como una persona más entre los seres que estaba creando.
Paura había desaparecido. La cama estaba vacía. El hecho de que ella estaba en mi casa, obedeció al tiempo de la frase que escribí en lo blanco de la página del cuaderno y aunque quise retroceder los “días después”, no fue posible ¿En qué mundo estaba viviendo y de qué enseres novelísticos yo era dueño, o de qué modo era el autor de lo que sucedía? ¿Qué más puede pedir un novelista? Me dije con la pluma en la mano. Puedo verlo todo, dominar lo que en la historia va sucediendo, calibrar lo que los personajes irán encontrando de modo natural en la historia que la imaginación me da, con una perfecta ductilidad. Los personajes que estamos viviendo en lo que por novela escribo y vivo, tenemos una vida nueva, porque de tener la misma historia en la que fuimos creados –los que lo hicieron–, podrían repetir el escape, la huída, el salto al abismo de otra realidad en la que por el momento yo ya no estaría. Pero guardan sí, su carácter, aunque no su oficio. Son los mismos, pero en un desempeño y labor nueva. La única que sigue siendo bailarina de tango, es Agripina, pero en otro contexto muy distinto y superior al que vivió en la novela de la que escapó, aunque no debía olvidar que era mi responsabilidad. No hay pasado suyo que pueda poner en riesgo su nueva identidad. Todos viven, como por primera vez. El pasado de todos se ha borrado como se borran las cosas en la naturaleza del mundo.
Para ilustrar la nueva página, tracé la ruta de la casa al hospital –taché en mitad de una curva en la que estaba un auto volcado–, y luego la línea que señalaba el regreso a casa.
Pensé en darle tiempo a la intimidad del escritor y mirar la obra de manera panorámica y después, poco a poco ir particularizando momentos y pasajes que pudieran cojear. Me sumergí en la revisión de la novela y corregí levemente algunos sucesos pasados, por ejemplo, lo que Anabel hizo después del asesinato en el bar, porque no se mencionó que ella facilitó la huida de Otto sin que se notara. Y lo sorprendente, fue que si no estaba enterada de lo que sucedería, su habilidad para improvisar, fue infalible, porque fue muy rápida para actuar al momento de la huida de Otto.
Estaba cansado. Deseaba un descanso también de la escritura Solo hubo un momento de observar lo escrito y ver que poco tiempo había para lo que debe analizarse. Por alguna razón que en ese momento no entendí, fui a lo que en la historia debía seguir, como por un mecanismo automatizado, volví a lo que para mí, ya dejaba de ser ficción sin dejar de ser la novela en escritura.
En casa, de inmediato fui al mapa que estaba en la pared de mi estudio con los detalles del plan trazado con mis amigos y con el que habíamos formado la banda, y no precisamente de música.
