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Hijo de la invención
Por: Neftalí Coria
Pasaron tal vez tres días después de la segunda visita de Bernardo. Y llegaba la fecha elegida para el golpe al banco. El miedo apretó sus tenazas y me asaltaba la inexplicable tristeza.
Miré el pasado que ya se había vuelto borroso y me confundía, así que preferí volver al presente. Durante la mañana del día elegido, fui a sentarme a la mesa de la terraza y me quedé a pensar en lo que estaba sucediendo, y en ese momento llegó otra presencia que no existía en la evolución de mi escritura que seguía avanzando, lo que me pareció que de nuevo, algo o alguien desviaba la historia de la que creí ser el único creador. De pronto escuché un aleteo encima de mi cabeza y no era más que una golondrina que voló desde uno de los aleros que está sobre el balcón y donde seguro busca hacer nido. ¿Pero de dónde llegó ese pájaro, que no estaba ni en mi imaginación, ni en mi memoria? En su vuelo antes de marcharse, pasó muy cerca de mí como si me hubiera querido lastimar.
No puedo negar que aún hay en mí rastros de aquella vida que amaba y los siento tan poderosos, que por un momento, me dio por querer dejarlo todo y buscar salida para volver, eso estuvo claro en mi deseo y en ese momento, todavía estaba creyendo que al terminar la novela, sin obstáculo alguno, volvería a aquella latitud donde yo era un escritor y escribía con libertad.
Ahora también –en nombre del desconcierto– intento dejarlo todo. Dejar de escribir esta novela que posiblemente me llevará a la destrucción del mundo de los que lo habitamos, de caer en la desdicha sin más remedio que obedecer la desgracia. Pero sé que aquí seguimos todos, sin otra salida que ser quienes la ficción nos trajo a esta ciudad que construí y en la que vivimos sin poder desaparecer, ni salir de su vigoroso alambrado, pese a que hay momentos en los que sé que todo puede ser una gigantesca mentira, como antes de ser escritor, creí que eran las novelas.
Y no hay aquí rendija alguna por donde salir de lo que parece ser ya mi única historia, y que me ha imposibilitado a escapar de esta vida que parece completamente real y en la que dependo de un argumento en el que deseo encontrar una puerta de salida, pero tampoco puedo hacer trampa, dejando una puertita clandestina de escape, porque eso va en detrimento de la pieza novelística, y si eso lo he cuidado siempre, no puede ser esta la excepción (Eso sería un agujero en la novela, que bien puede convertirse en un cabo suelto o una bofetada a la veracidad).
Ahora me queda claro que la imaginación, ya no me sirve para volver a ninguna otra región humana donde vuelva a ser aquel que fui, con la identidad que vino de mi origen real y donde fue la raíz de todo este nuevo mundo, y no me quede más que convertirme en un hijo de la invención. Tampoco puedo imaginar un retroceso en la historia, porque yo sé que todas las historias, nunca retroceden. De todas las buenas historias que conocí hasta ahora, ninguna caminó hacia atrás.
He redoblado la intensidad de mis sueños, le he puesto fósforo a la vigilia, fuego a la concentración y he aumentado la búsqueda de imágenes y frases que me saquen de aquí, que me expulsen de este mundo del que por momentos quiero desaparecer, pero el destino que me ha quedado como un traje a la medida, fue el de ser un cirujano que cuenta los días, las horas y en ellas sueña con ser feliz, porque esta historia es la única en su vida real, aunque sabe en no se qué plano del pensamiento y su comprensión, que esto es una novela a la que le falta el título y el final, una novela que avanza y su escritura (ya no sé si solo mía), no me deja escapar antes de poner punto final y darle nombre.
Desde algún plano consciente, sé que esto es una historia tan real, que no permite usar ninguna estrategia narrativa donde yo, el autor, pueda quedar libre, más allá de sus límites que yo mismo le he impuesto. Y lo veo claro, porque cada vez que trazo una calle nueva, con la esperanza –en segundo plano– que me lleve a la ciudad donde todo empezó y donde he nacido como escritor, en ese momento, la pluma deja de manchar de tinta la página del cuaderno y sobreviene el silencio que desvía mi alma a esta ciudad donde amo a Paura y mis amigos sueñan con ser unos criminales y ladrones, y tal vez un brazo del azar, quiere convencerme que es mi único destino.
Algunas noches que escribo en la oscuridad y escarbo en lo negro de la ficción –porque solo en lo oscuro las puedo tocar–, compruebo que son tan compactas, que en la desesperación, cavo con uñas y dientes, hasta sangrarme los dedos y más de dos veces, me arranqué uñas del anular y el medio.
Mientras tomaba café en la terraza, vino Paura, propuso el desayuno y desayunamos ahí. Ella estaba radiante, hermosa como es y mirarla y besarla en los labios, me dio aliento para dejar a un lado la incertidumbre y apagar por un momento el miedo a la traición de la escritura.
–Vino una golondrina hace un momento –le dije con doble intención.
–Sí, la he visto dos veces –respondió con seguridad–, quiere hacer nido, pero es de buena suerte.
¿La había visto sin que yo lo supiera? Y yo no he visto novelista que no haya visto previamente, un objeto, animal o personaje en su escritura, ni sepa cuántas veces han hecho lo que hacen los personajes, o los pájaros en su historia. Otra señal de intromisión. La novela me estaba traicionando, no era otra cosa.
–Me alegro que podamos estar juntos en la mañana –dijo Paura y acarició mi mano–, benditos días de asueto.
Otra sorpresa. Yo no sabía por qué estaba en casa, ni había reparado en el día de asueto. Disimulé saberlo y solo sonreí. Paura me besó. Y así pasamos la mañana, yo con el desconcierto disimulado y fingiendo no estar perdido en los hechos y el tiempo que pasó sin percibirlo.
