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Siento como si el coche fuera otro

Por: Neftalí Coria

Y de pronto estoy en el café Aladino con Anabel Robles, en una cita en la que frente a ella, reparé que debí haberme citado a solas porque necesitaba hablar de sus anhelos amorosos que le tenían desesperada, pero tampoco estaba en los planes de la escritura. No recordaba haber hecho la cita.

–No puedo hacer mucho –le digo.

–Claro que puedes, Anton es tu amigo y puedes decirle algo, para que se entere.

Anabel pedía mi intervención para que el Cara de vampiro, tuviera el acercamiento que ella necesitaba. Yo no podía decirle que me bastaba escribirlo, aunque ya lo dudaba, pero al final me conmovió y tras su falta de valor para tomar la iniciativa, decidí hacerlo esperando que sucediera.

–Está bien, veré qué puedo hacer –le dije–, trataré, sin prometer nada.

Hablamos un rato más hasta que llegó Paura por mí; pedimos algo de cenar y después de la cena, fuimos a llevar a Anabel a su casa. Me sorprendió que el coche era otro y Paura parecía no tenerlo en cuenta.

–¿Y este coche? –le dije en voz baja a Paura.

–¿El coche…? ¿Qué tiene el coche…? Pues… nada ¿O le oyes algo raro?

–No…

Entendí que para ella debía ser el mismo auto, pero yo estaba desconcertado, porque era otro auto y no el que horas antes, estaba en la cochera, es decir mi coche. Paura lo manejaba con la naturalidad de conducir un auto que bien conocía desde tiempo atrás, porque para ella era el mismo auto. Para mí era otro y en Anabel no percibí que le provocara ninguna extrañeza, porque si hubiera visto un auto distinto, hubiera preguntado “¿Ya cambiaron coche?”, pero no, ella –igual que Paura–, viajaban en el auto, como en un viejo conocido.

Preferí entrar en su conversación. Otra novedad que me demostraba que la novela estaba siendo alterada. Que se hubiera cambiado de auto, y solo yo lo hubiera visto, y dos de los personajes no lo hayan percibido, significaba que la alteración estaba hecha para mí.

–Ojalá encuentres la forma –me dijo Anabel en la despedida.

Y bajó del coche con toda naturalidad. Yo esperaba que dijera algo del nuevo coche, pero no, no dijo nada.

Nos fuimos y luego de platicarle el asunto a Paura, ella pensó que Anabel debería invitar a Roger a salir.

–Pobre, –agregó–, aunque la entiendo.

Hice un comentario con la doble intención:

–Siento como si el coche fuera otro.

–¿Otro?

–Si, otro.

Y Paura se rió desmesurada.

–Con que no pienses que yo soy otra, todo está bien, mi amor, pero el coche y yo, somos los mismos desde hace mucho y te queremos.

Y se rió de aquello que le pareció un disparate.

Cuando llegamos a la casa, Paura quiso beber un poco de vino, escuchamos música, hicimos el amor y no supe cuando me dormí.

La mañana siguiente, desperté con el desánimo por seguir viviendo aquí en esta cárcel de la ficción extrema. Me levanté presa de un espanto inexplicable. Paura seguía dormida. No iría al hospital porque era el día del golpe. El malestar me llevó a salir de la casa y me eché a correr calle abajo hasta terminar en el suelo con una agitación en la que quise morir. Y ahí en el suelo, quería que me tragara la tierra. Luego me levanté llorando y volví a la casa. Paura, con un extrañamiento de ojos grandes, me preguntó:

–¿Qué tienes? Estás pálido.

Le di un beso y le dije que me quería morir, o sencillamente, quería irme lejos, muy lejos. Quería volver. Y ella respondió:

–¿Volver a Europa? Hagamos un viaje mi amor, a ti te gustó mucho viajar a esas ciudades –dijo con ingenuidad.

–Sí, un viaje… –dije como se le habla al vacío.

Ella nunca entendería, porque la vida para ella tiene raíces nuevas ahí donde nos amamos y su mundo, siempre ha sido y será la ficción, ese mismo suelo que he querido escarbar, ese suelo que empiezo a sentir tan extenso, como aquel otro mundo que recuerdo ya con muchos borrones y espacios vacíos.

Ya no quiero ser un personaje de mi propia invención, ni quiero escribir la novela para darle vida a esta tropa de cabrones que ya comienzan a desobedecer mi escritura. Para ellos soy uno más y nunca han sabido que soy quien les ha inventado la vida que llevan, y a veces quiero su gratitud que nunca recibiré, porque no sabrán –como es natural– que soy su autor. Hijos de puta, ingratos. No saben que doy la sangre por ellos, que escarbé en lo más fino de mi talento para instalarlos en esta historia…

Hoy es el día del golpe que planeamos, y pasarán los demás por mí, mientras yo sufro esta confusión que la pobre Paura no comprende, ni lo hará nunca. Sin decir nada, desayunamos y aunque Paura me mira con preocupación, trato de hacer lo posible porque recupere la confianza y la serenidad del amor que compartimos. Pongo música y todo mejora.

–Hoy es el día –le digo.

–Me espanta.

–No hay de qué preocuparse –le acaricio el cuello y la beso.

Estoy más claro y es que Paura me alivia. Su mirada me basta para encajarme con más seguridad en la historia que no se detiene y lo compruebo mirándola. Después del desayuno, Paura se iría a trabajar y se llevaría el auto.

Poco después que se fue, me vestí de negro, como estaba previsto. Guardé el pasamontañas en el bolsillo de la chamarra y me quedé en el sillón a esperar la llegada de la banda, como ya entre nosotros nos hacíamos llamar. De las armas se encargó Roger y todo estaba en su sitio. Se había unido al plan Raulito Pardo, el bandoneonista, porque para que el equipo pudiera cubrir todas las áreas, hacía falta un elemento y Raulito aceptó, pese a la negatividad tan conocida en él.

Ahora que están llegando en la camioneta de cristales polarizados de Agripina que lleva el logo de “Tango Mortis” y la imagen de la figura de una pareja bailando tango, ahora con una lona blanca estirada y neutralizando su identidad. Me pongo de pie, me persigno con la cruz y cierro la casa.

Dentro de la camioneta, todos están serios. Agripina al volante. Raulito en el asiento del copiloto. Los demás estamos atrás.

–Cómo estás –me dice Agripina

–Bien ¿Todos listos? –pregunto.

Afirman con cierta reserva. Me miran como si supieran algo nuevo.

–¿Qué pasa? –pregunté a todos.

–Paola… –pronuncia Roger con gravedad.

–¿Paola qué?

–¡Está muerta, cabrón, está muerta! –respondió Anton y soltó el llanto.

 

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