Por: Neftalí Coria
En la diversidad de producción de las mercancías para consumo humano, entre las que se cuenta toda la chatarra que el país entero devora, así como el país bebe cocacola y refrescos hasta la brutalidad, podemos ver la destrucción de la salud de los consumidores.
Hay desde hace mucho una publicidad que le ha dicho a los consumidores las más ramplonas mentiras sobre los productos a consumir –permitidas por los consumidores y autorizada desde los muchos años por el gobierno, y el modelo feroz de la política, que está del lado de las empresas que producen tales “armas” contra la salud–. Ya Harari lo señala diciendo que la cocacola ha matado más personas que las guerras del siglo XX. Y aún así, los ciudadanos los consumen con urgencia, manipulación, adicción y sometimiento: eso seguramente se podrá corroborar en los ensayos de Chomsky, Bauman, entre otros.
Y no es el caso recurrir ahora a ellos, porque en la sobrepoblación de cosas producidas en México o importadas, han alcanzado números inconmensurables, tanto en la producción y el consumo. También quiero referirme a lo que después de consumir, aquello que se come, se bebe, se viste, se calza, hay cosas que se pueden tipificar como suntuarias o de lujo y ornamento. Y aquí está el centro de lo que he venido pensando estos días que me repliego a escuchar a Bach y a preparar mi lectura de El Quijote.
He observado de cerca el ejercicio del amor que se dirige a las cosas, digamos, valiosas, y sobre las que se desborda el amor por ellas. Se aman las cosas, como se aman las personas, pero muchas veces se aman más que a las personas y ahí está el punto que me interesa en la observación. No es nuevo, ni lo estoy descubriendo, ya Borges dijo que las cosas que amamos, no saben que existimos. Y es tan cierto como que, aunque las cosas son hechas por nosotros los humanos, no nos perciben, son cosas, materia inerte, cosas pues, que nos dan emociones en el hecho de saberlas propiedad o sabernos poseedores de ellas en el uso, en la ornamentación o en esa satisfacción de tenerlas, en algunos casos hasta como fetiches.
Y es más cómodo y fácil amar una cosa que a una persona, porque la cosa no responde, ni contradice, ni sugiere, ni se opone a nada, mucho menos al amor que va hacia ninguna parte, porque la cosa nunca lo recibe y provoca que el poseedor se mienta así mismo y en secreto, llegue a pensar que aquella cosa lo ama, y es un ser amado más sobre la tierra. Mentira, las cosas no aman a nadie. Sirven, son útiles, bellas y pueden ser apreciadas, valiosas por su compleja manufactura, por su tradición y hasta por su fama, pero jamás serán lo mismo que un ser vivo.
Aquí hay que advertir y observar que todavía es de humanos el trato humano entre sí, entre los demás; un trato y relación humana.
¿A qué temer la convivencia entre iguales? Tal vez, porque precisamente el hecho de ser iguales, no se soporta. Los iguales, en este mundo capitalista y de competencia, no llegan a soportar precisamente eso: la igualdad. La ambición por ser poseedores de la verdad, de ser mejores que los otros, de tener el poder para destruir el mundo, hoy parece ser inherente al modelo de ciudadano que ha dado esta época de pantallas e ilusiones tras las vidrieras de la realidad.
Se aman las cosas como a las personas y algunas de ellas sobrevaloradas, se aman más que a las personas y quizá, porque ellas no responden y no contradicen al amor que se les profesa. Parece hermoso amar así, sin palabra en contra, sin gestos en contra, ni posibles lastimaduras, como las que en el amor humano se llegan a padecer. A los que aman las cosas, les parece que en ellas aman la belleza. Algo parecido a quien ama una obra de arte, aunque amar una obra de arte, tiene mucho de humano y hay variantes entre amar un reloj y una pieza de Monet o de Van Gogh. Aunque debo decir, que habrá aquellos que prefieran un reloj o un coche, a una obra de arte.
Algo parecido puede suceder con el deseo de comprar de manera compulsiva cosas, comprar objetos para nada, o para cerrar las heridas de la soledad y quizás porque la soledad abunda, es que el consumismo crece. Y debemos notar y dejar claro, que las personas no se pueden comprar, aunque se juegue a la prostitución, a los alquileres sexuales, a la trata de personas o se vuelva al esclavismo: los sentimientos que viven en un hombre ¡No se compran! La libertad de amar, de pensar –aunque se haga en silencio– existe y nada puede acabar con ella.
Es cierto, las cosas son compañía que la imaginación reinventa. Y las personas también somos compañía, pero una compañía que no ha costado, más que la comunicación de sentimientos entre iguales y hay sentimientos que actúan y llevan la compañía a nuevas formas de la convivencia que pueden tornarse más complejas y difíciles.
Mejor Las Cosas como amigos, como amantes, como propiedades, como vasijas para hablar solos, como objetos de consuelo, como suplentes de las personas, del matrimonio, de la convención perfecta, fetiche en la soledad para que no lo parezca. Y así el valor de la cosa amada, poco a poco valdrá más en el corazón de su amador.
Y lo triste es cuando el que ama, debe obedecer al acero, al aluminio o al vidrio del que está hecha aquella Cosa. Triste.
