Tranquilino González Gómez

 

Era una imagen

con el rostro del espacio envuelto

en la forma con que la vida se mira en el espejo.

 

Tal vez un sueño que se abandonó al olvido.

Una poesía que no tenía palabras

para hacer del silencio su nuevo rostro,

guardando la fe de los misterios poéticos

en el sin tiempo que transita

entre horas de relojes anómalos.

 

Pregunte al centro de mi Dios interno

si tenía la gracia para mirar las infimitas

formas en que el protocolo divino se comparte.

 

Comprendí que las ocupaciones

de los Arcángeles están atadas

al ritual de la luz,

y sin el libre albedrio

de la desventura de la materia,

que bajo la llama violeta

convierte al plomo en oro.  

 

Mientras los ángeles amarán al hombre

en sus variadas posibilidades,

hasta que la simultaneidad desnude su belleza

y despierte en esta tierra

que con sus encantos de mujer,

se vuelve madre como el fénix.

Rompí lo que ata

para darle gracias a la obscuridad que cuida mi luz.

 

Deje que la mirada se iniciara en el vacío

para tocar las paredes de la cantera sin rostro

que en su geometría no tiene ventanas,

para aprisionar al amor en el lenguaje

y que los encuentros sean como el asombro,

nada más con el placer de vivir.

 

No sé cuánto me deje el tiempo

transcurrir con la locura de ver en esta esfera,

que me permite sentir la poesía múltiple

que mira la belleza interna de su propio ser.        

 

Tal vez el silencio y este espacio

dejen que la nueva gracia de percibir el asombro

sea el nuevo protocolo de otros destinos.

 

 

 

 

 

 

 

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