Como en botica

Ole Pegaojitos

Estefania Riveros Figueroa

En 1894, la pintora danesa Caroline Emilie Mundt recreó una estampa de un personaje muy popular en el folclore anglo-celta: el Sandman (arenero, el hombre arena). En su óleo titulado “El Hombre Arena otorgándole dulces sueños al niño al cubrirlo con su sombrilla” se observa un niño de no más de cuatro años de edad, plácidamente dormido dentro de su cama, cubierto por sábanas iluminadas por el alba. Parante al lado de su cabecera, aparece un hombrecillo de sombrero verde que sostiene un quitasol colorido, muy parecido a las sombrillas chinas. Llama la atención este personaje pues tiene complexión robusta y rasgos híbridos entre adulto y niño, además sostiene una sombrilla de papel sobre el durmiente y, al mismo tiempo, empuña un paraguas negro para la lluvia.

Este cuadro me parece muy enigmático, no solamente por la criatura mitológica, si no porque trae dos sombrillas consigo: un quitasol y una para la lluvia. Más adelante ahondaré en esto. En la mitología celta, el Hombre Arena es un duendecillo que rocía una capa de arena mágica sobre los párpados de las personas para que puedan dormir. La prueba última de que esto es verdad, según cuenta la leyenda, es que en ocasiones cuando tenemos sueño, nos pican los ojos; ese escozor es el testimonio de que el Arenero, nos roció el somnífero. Al despertar, el último rastro de arena son las legañas que limpiamos al tallar nuestros ojos con fruición, en cuanto sentimos que la cama nos expulsa y queremos estirar nuestra columna.

Otro detalle indica que cuando no recordamos lo que soñamos, se debe a que la arena se deslizó por nuestros ojos y los limpió. Recordemos que la arena no solamente se utiliza para rellenar relojes, también permite limpiar superficies difíciles. Claro que requiere de una técnica especial, pero al ser partículas tan diminutas, aplicadas a presión, la arena es abrasiva.

Todos lo hemos sentido cuando derrapamos o nos resbalamos al intentar caminar sobre arena seca esparcida. Al menos personalmente, nunca olvidaré cómo me raspé las rodillas en Melaque contra una rampa de cemento. Fue como recibir una serie de cortadas minúsculas que levantan la piel como un enjambre de cuchillos afilados. Algo similar, la arena mágica que rocía cada noche el Arenero, limpia la mente y evita que recordemos los sueños.

En la cultura popular, el Arenero ha sido retomado por diferentes autores a lo largo del tiempo. En el cuento Der Sandmann de E.T.A. Hoffmann lo que parece un típico cuento para antes de dormir, se convierte en la obsesión del protagonista. Cuando niño, su nana le cuenta que el Arenero rocía arena mágica no para dormir a los niños, si no como castigo para los que no quieren dormirse. A fuerza de aventarles puños de arena, los niños pierden los ojos, mismos que el Arenero recoge para alimentar con ellos a sus hijos.

Otro cuento muy famoso donde se menciona un personaje similar al Hombre Arena es del danés Hans Cristhian Andersen. Su cuento “Ole Pegaojitos” (Ole Lukøje) me impresionó mucho cuando lo leí la primera vez. A diferencia del personaje de Hoffmann, Ole Pegaojitos es cuidadoso con los niños. Ole Pegaojitos camina discretamente, porque siempre lleva calcetines. Rocía una fina capa de arena mágica sobre los niños para que no lo perciban. Trepa despacito por su almohada y les sopla en el cuello, con lo que los niños empiezan a cabecear. En ese momento, inicia la magia total de Ole Pegaojitos, porque Ole lleva dos paraguas. Uno de los paraguas lleva dibujos multicolores (sí, como el del cuadro de Mundt). Ole sostiene el paraguas con dibujos para los niños buenos. Ese paraguas les hace soñar las historias más bellas, porque, ante todo, Ole es un excelente contador de historias; reparte miles de sueños entre todos los soñantes. Pero Ole también lleva otro paraguas consigo: el paraguas color negro profundo. Ese paraguas lo usa para cubrir el sueño de los niños traviesos y es tan pesado, que los niños que dan lata, caen rendidos, tanto que cuando despiertan, no recuerdan ningún sueño por más bonito que éste haya sido.

Como habrás intuido lector, Caroline Emilie Mundt pintó a Ole Pegaojitos. Esta pintora hizo muchas otras obras, algunas inquietantes. A veces pintaba rostros sin cara, simulaciones, pero se percibe que sabía dibujar muy bien, sus trazos permiten autocompletar las imágenes. Además, es asombroso el nivel de detalle que alcanzó en pintar los cabellos rubios, el uso del claroscuro y en la redondez de las cabezas que dibujaba. También retrató paisajes, pintura de salón y personajes desvalidos, asilos, manicomios infantiles y mujeres trabajadoras, pues Caroline estaba implicada en un incipiente feminismo político. Intrigada, yo no puedo dejar de admirar su enigmático cuadro de Ole Pegaojitos.

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