José Juan Marín
El arzobispo de la arquidiócesis de Morelia, Carlos Garfias, tuvo razón, cuando llamó a la grey católica y al pueblo en general a ser precavidos con el uso de la pirotecnia.
Las festividades religiosas y cívicas están bien, decimos nosotros, porque son un motivo para la convivencia familiar y una terapia social que sirve a nuestros pueblos para el disfrute y el relajamiento, ahora que todo está tan cargado de energías y emociones negativas.
Resulta interesante imaginar qué pasará en las fechas de celebración sin detonación de pirotecnia y cómo se habrá que adaptar a métodos más sustentables y responsables que sean verdaderos espectáculos.
Esto es pertinente por las siguientes razones:
Primero. En el uso de la pirotecnia hay acumulación y manejo de pólvora, lo cual constituye riesgos a la integridad y a la salud por el contacto con químicos inflamables y por la inhalación de humo, pues daña a “niños recién nacidos, ancianos, personas asmáticas, autistas y embarazadas”.
Segundo. La pirotecnia es altamente peligrosa y contaminante, porque afecta las facultades auditivas y visuales de las personas y tiene un impacto negativo en las mascotas cómo los perros, gatos y los demás animales de compañía, pues causa “episodios de pánico, angustia, taquicardias, dificultad para respirar, trastornos del sueño y temblores”.
Tercero. Según datos actualizados, 6 de cada 10 accidentes relacionados con la pirotecnia ocurren a niños de entre 6 y 15 años de edad, los cuales pueden ser motivo de sordera, ceguera, quemaduras en diversos grados, amputaciones e incluso la muerte.
Es importante comenzar a cuestionar nuestras costumbres y llegar a generar cambios que garanticen el acceso al derecho a una vida libre de violencias incluido el derecho a un medio ambiente y el respeto a los seres vivos.
