(48, último)
Blancura de papeles al aire, borrones, tachaduras
Por: Neftalí Coria
En esta página del cuaderno se acaba la esperanza que acaricié por salir de la novela que no deja de avanzar, fuera de mi escritura. Mientras la noche va menguando, las aves oscuras de allá afuera, ya parten a sus destinos inciertos del aire.
Mi deseo por salir de esta historia, quedó erradicado, porque me había provocado un desasosiego inmenso y estaba a punto de enfermar mi corazón. Me resigno, me dejo arrastrar por una historia que ya me desconoce y doblo las manos de la imaginación a la que en este capítulo de la historia, le desobedece, la dobla, la tuerce y la desvía.
Paura duerme y tiene un gesto de placidez que parece soñar peces que vuelan y pájaros trinando en la rama de un árbol. Amanece y ya no puedo dormir. Poco a poco, la luz cruda del alba, recorre las ventanas de la casa, araña los cristales y afuera hace más frío. Las flores tiemblan en las macetas y se oye el canto sutil del alba en una lengua que habla contra los muros de la casa.
Y poco después, la luz revienta como una caricia que veo llegar a la mirada, y la recibo con lo que en mi voz sucede. Me invade una felicidad nueva que llega para convencerme de vivir en esta ciudad que tendrá nombre, esta ciudad dueña de mi única historia, mi último invento, donde he de vivir como un sometido personaje. Un Ficticio más de una novela escrita en la locura de inventar la carne del tiempo. Y en ella soy un habitante de la realidad representada con casa propia. La misma realidad que mis manos pusieron a caminar en los rieles de un espacio y un tiempo determinados por mi invención que ha fracasado, que en un principio no me pertenecía, ni sabía que en este mundo viviría la felicidad o la desdicha. Y vivo sin saber lo que ha de suceder con mi vida en la que nada me obedece, ni puedo escribirla más.
Miro a Paura dormir con la paciencia que los ojos del amor puedan ver el rostro amado. Y para cuando despierte, voy a entregarle las palabras y la luz de mi corazón. Voy a entregarle lo que mis ojos vieron en la luz del alba y anudaré a su mirada hermosa y hambrienta, el amor, como un barco que zarpa seguro y con destino claro. Como el destino nuestro de seguir juntos la historia de nuestras miradas hacia el mismo camino (el único), seguros que no seremos nadie más que los que siguen en la misma habitación, sobre la cama sin soñar ningún pasado, porque no lo hay. Y porque vendrá la mañana, como en la vida simple que no se detiene, como la vida en una novela que nunca se detiene mientras se escribe, ni se detendrá cuando ojos indolentes, la lean sin el amor que merece una novela que se inventó para que otros vivan otras vidas o la misma vida suya, como yo la vivo ahora al lado de Paura en este cuaderno con tantas páginas en blanco y con esta pluma en la mano que ya no lleva el timón de la historia, pero sigue llena de tinta y palabras, dibujos, líneas curvas, manchas de tinta negra, pasajes hermosos, calles sin destino, ríos de agua que habla, pájaros que vuelan hacia ninguna parte, árboles caídos, alacranes, sierpes que zigzaguean en el pastizal de mis deseos, bestias pequeñas encarceladas en la tinta, blancura de papeles al aire, borrones, tachaduras y seres ficticios que permanecen presos en la neblina y se alimentan con la tinta de mi corazón y la sangre del llanto desesperado y la luz cruda de la mañana que ya comienza y va no sé a dónde.
Fin
