Dr. Alejandro Guzmán Mora

 

A lo largo de la historia de la arquitectura y la ingeniería, han surgido figuras destacadas por su espíritu innovador, cuyas creaciones se imponen no solo por su expresión formal, sino también por la inteligente integración y aprovechamiento de los materiales con los que fueron construidas, un ejemplo de ello es lo que sucedió en el año de 1975, Morelia hizo algo raro: levantó un edificio para ver estrellas… de día.

 

El Planetario “Lic. Felipe Rivera” nació con un propósito claro: educar con ciencia, no fue una obra de ocurrencia, disfrazada de modernidad, ni con el afán de poner placas conmemorativas. El proyecto arquitectónico a cargo de Jesús Magaña y el cálculo estructural a cargo de Mi maestro en el Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás de Hidalgo el ingeniero Gabriel Muñoz Bedolla (el gato). un binomio que convirtió matemática en espacio público y a Morelia en referente de divulgación.

 

Su forma un paraboloide hiperbólico, algo más que un domo, matemática y geometría pura, recordemos que la palabra matemática deriva de Mathema = “Lo que hay que saber” y un verbo bellísimo Mathein = “Saber pensar”, me permito concatenar y decir que la matemática es: Saber pensar sobre lo que hay que saber. estamos hablando de los procesos de pensamiento estructurados para resolver lo que nos interesa saber.

 

Curvar el concreto como si no pesara, ese fue el reto. Matemática y arquitectura, Ingeniería y arte en estado puro o podemos invertir el orden, matemática e ingeniería y arte y arquitectura. El diseño basado en el paraboloide no fue un capricho, venía de una ruta de búsqueda (1900–1950) de funcionalidad, estética, de máxima resistencia con mínimos recursos e innovación, recordemos que esta figura cubre más área que una superficie plana, el resultado de esa búsqueda las láminas delgadas de concreto (“thin shells”).

 

Un hito temprano fue la cubierta del Planetario de Jena (1922–23, Dyckerhoff & Widmann). Ante la falta de métodos analíticos confiables, el equipo de Eduardo Torroja desarrolló modelos físicos para estudiar cascarones (Frontón Recoletos, Mercado de Algeciras). En paralelo, Freyssinet (Orly, 1923) y Nervi (Orvieto, 1939–41) demostraron la economía y alcance espacial de estas cubiertas.

 

En México un hombre retoma esta escuela, Felix Candela que a los 25 años se tituló en la Escuela de Arquitectura de Madrid y meses después, recibió una beca para estudiar una tecnología que era punta de lanza en aquella época (1935) las estructuras laminares de concreto reforzado, mejor conocidas como cascarones.

 

Candela el edificador no el diseñador, su empresa Cubiertas Ala, fue la pionera de estas notables edificaciones llena de innovación en el cálculo por pasar de la ecuación general z= x2/a2- y2/b2 a la forma simplificada z=kxy.

 

Felix Candela, conoció Morelia y también la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, al disertar una ponencia en mi escuela hoy facultad de Ingeniería Civil, (el 14 de febrero de 1955). Español de nacimiento Mexicano por convicción, mostró que el concreto flotaba. Los paraboloides hiperbólicos aparecen en la ciudad de Morelia, se transforman en estadios, mercados, templos, y como muestra de magnificencia e ingeniería excelsa el planetario Felipe Rivera. Todo con la misma filosofía: más forma por la técnica que por el ornamento.

 

No puedo imaginar obras como del pabellón Philips de Xenakis y Le Corbusier, La Capilla del Ejército de Earnest Trevor Spashet, el Heydar Aliyev Center de Zaha Hadid, el museo de arte de Tel Aviv, o la casa Toro de Preston Scott Cohen, o las obras de Bjarke Ingels, Daniel Libeskind, Frank Owen Gehry, Norman Foster, Peter Eisenman, Santiago Calatrava, cierro esta lista con el nombre de un ingeniero que es artista, diseñador, cuyas creaciones trascienden su disciplina, en este siglo XXI, Cecil Blamod, mismo talento, otra era, es por ello que el planetario de Morelia es una obra que ha reinventado el concepto mismo del espacio, transformando el significado de la geometría, la forma y la estructura. Ese es el legado de los ingenieros Gabriel Muñoz y Juaquin Mejia.

 

Sin el fundamento matemático de los paraboloides, las estructuras de cascarón, y su fusión con el diseño, no podríamos ver estas grandes obras, recordemos a Vladimir Shukhov quien en el año 1896 diseña una torre de almacenamiento de agua basado en este principio, preservar la historia y su legado, pasado y su historia, hace posible ver obras como el arca verde del jardín botánico Meise en Bélgica (2024) catalogado como un diseño sustentable e innovador donde se fusiona la participación educativa y la curiosidad, este diseño es el mismo que el planetario, pero solo una hoja.

 

El nombre del planetario también tiene historia. Felipe Rivera orgullo de Zinapécuaro Michoacán, abogado, músico (violinista) y un gusto por la astronomía, le condujo al descubrimiento el en año de 1901 de la Nova Persei, hoy su casa en su natal Zinapécuaro es un museo.

 

La tecnología del proyector del planetario, es otra obra de arte de la ingeniería, un Carl Zeiss Mark IV, de manufactura alemana de posguerra, con 175 lentes capaz de reproducir el cielo de cualquier parte del mundo sobre su pantalla de 20 metros de diámetro, que desde su inauguración (1975) es capaz de proyectar los cielos en un límite de 25 mil años en el pasado y 12 mil en el futuro. Es capaz de mostrarnos el giro del cielo, la danza de planetas y satélites, sin telescopio. Todo esto sin noches, sin excusas, el espacio de la poesía cósmica. Hoy, esta joya tecnológica enfrenta la amenaza de perecer junto con su estructura que lo resguarda, está amenazado de ser desmantelado para dar paso a un proyecto que prioriza lo efímero sobre lo eterno.

 

Este proyecto que alberga historia en innovación de diversas ingenierías y enmarcado en un espectacular diseño, que evoca a un cometa y una estrella de 8 picos, nuestro planetario enfrenta una sentencia bajo la mano del poder político, que es disfrazada de progreso, pero lo inaudito es su posible sustitución un domo genérico, despojado de historia, contexto y carácter. Este no es un avance, sino una pérdida de memoria. Porque la verdadera modernidad no se construye eliminando el pasado, sino integrándose con inteligencia, respeto y visión de futuro.

 

Acaso alguien propondrá la sustitución de La Cripta de la Colonia Güell (1898-1914) diseñada por el arquitecto Antoni Gaudí, según algunos historiadores son las primeras bóvedas de la historia de la arquitectura con forma de paraboloide hiperbólico.

 

Actualizar sí. Contenidos nuevos, accesibilidad, equipos complementarios, mediación digital. Pero conservando la geometría original, los bordes, el legado de Magaña y Muñoz. Porque este edificio es más que concreto y lentes. Es un recordatorio incómodo: la ciudad ya supo hacer las cosas bien. Y no hay nada más incómodo que cuidar lo que ya hicimos bien.

 

Cuidémoslo. No por nostalgia. Sino porque, en una época que prefiere mirar pantallas, este lugar todavía nos enseña a mirar arriba. Por eso, defender este espacio no es resistirse al cambio, es exigir un desarrollo que respete la memoria, la identidad y la dignidad de la ciudad. Es decir que Morelia no necesita un domo genérico, sino un planetario con alma, historia y futuro.

Que el cielo no se pierda en el cambio. Que el Planetario de Morelia siga siendo, por muchos años más, un puente entre la Tierra y el cosmos.

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