Dr. Alejandro Guzmán Mora
El amor no envejece. No se agota ni se agria con el tiempo. Solo cambia de voz, de piel, de luz; pero en su núcleo profundo sigue siendo el mismo misterio antiguo que nos saca del silencio y nos hace humanos.
Desde los banquetes de Atenas, cuando el vino corría y las palabras ardían bajo las antorchas, Platón lo vio ascender como una escalera de fuego. Eros no era mero deseo carnal: era hambre de lo eterno. Subir, siempre subir: desde el cuerpo hermoso hasta la Idea de Belleza, desnuda, sin nombre, divina. El amor platónico no poseía; anhelaba. Quería trascender la carne efímera para rozar lo que nunca muere.
Aristóteles, más humilde y más terrestre, lo bajó a la vida cotidiana: dos cuerpos y un alma. Philía: la amistad virtuosa, el respeto mutuo, el amor que no consume, sino que hace crecer. Ya entonces, hace veinticinco siglos, el amor se debatía entre el cielo y la tierra, entre la aspiración mística y la ternura compartida.
A lo largo de los siglos adopta otros nombres y otros vestidos. Fue un agape
cristiano, dar sin pedir nada a cambio. Fue amor cortés medieval que
idealizaba sin tocar. Fue pasión romántica del siglo XIX, inventando almas gemelas en pleno auge de la máquina y la razón fría. Fue un grito colectivo en los años sesenta, cuando los jóvenes de Haight-Ashbury y Woodstock lo desataron como un río sin orillas: «Make love, not war». Un amor expansivo, utópico, casi cósmico, que creía poder disolver las guerras y las fronteras con solo abrir los brazos y entregarse por completo. La frase utópica máxima “seamos realistas pidamos lo imposible”
Hoy, en este diciembre de 2025, cuando el año se despide con luces parpadeantes y balances emocionales que duelen un poco, la juventud lo nombra con una cautela nueva y sabia. Ya no se regala entero de golpe. Se ofrece en gotas medidas, con pausas para respirar, con preguntas suaves en la noche: ¿Estás entero? No es un elevador vertiginoso ni fusión total; es cultivo lento. Raíces que se rozan sin asfixiarse. Amor que protege el propio jardín interior antes de invitar a otro a entrar. Amor que aprende de las heridas, que pone límites no por miedo, sino por respeto profundo.
Y sin embargo, bajo todas estas formas tan disímiles respira la misma hambre antigua.
Los filósofos griegos que soñaban con la Belleza eterna, los místicos medievales que buscaban a Dios en el otro, los hippies que querían salvar al mundo con flores en el cabello, los jóvenes de hoy que swipan (deslizar izq o derecha, aceptar o rechazar) con terapia en segundo plano… todos buscan lo mismo:
ser vistos, ser tocados,
sentir que el otro hace el mundo un poco menos frío.
El amor no cambia de naturaleza; solo cambia de lenguaje. Ayer era un grito colectivo que se derramaba sin medida. Hoy es un susurro intencional que se elige con cuidado. Mañana, quién sabe. Quizá una síntesis imposible, la pasión antigua con los límites modernos, un amor que sube y baja, que toca el cielo y cuida la tierra.
Pero en todas las épocas, bajo todos los idiomas, late la misma verdad sencilla y devastadora:
El amor es el motor que nos saca del vacío.
Es la fuerza que nos recuerda que existimos porque alguien nos mira y dice, sin palabras:
tú importas.
Ayer, hoy, mañana: “el amor no envejece”.
Solo aprende a respirar en el tiempo que le toca.
Y siempre, siempre, nos sigue llamando a ser más,
a amar mejor, a seguir vivos.
Porque al final,
más allá de la forma que adopte,
el amor sigue siendo lo único que justifica que estemos aquí,
heridos y enteros, intentándolo una vez más. Y otra.
Y otra.
Hasta que el tiempo se canse de contar.
