El Arte de Escuchar:

Un Homenaje a la Obediencia de los Hijo

Dr. Alejandro Guzmán Mora

“Quiero que sepan cuánto significa para mí que, siendo ya los hombres que son, aún me regalen su tiempo, su atención y sus oídos.”

 

I.   Lo que esconde la palabra “obediencia”

Hay palabras que cargamos mal durante años. “Obediencia” es una de ellas. La hemos asociado tanto a la disciplina, al castigo, al “porque yo lo digo”, que casi olvidamos lo que significa en su origen. En latín, ob-audire no era una orden ni una sujeción. Era simplemente, escuchar hacia alguien. Dirigir los sentidos. Detenerse.

Eso cambia bastante las cosas. Porque si obedecer es escuchar de verdad, entonces el hijo que obedece no es el que baja la cabeza: es el que levanta la vista y presta atención. Y eso, viniendo de alguien que tiene su propia vida, sus propios problemas y su propia familia, no es poca cosa.

Un hijo adulto que escucha a su padre no lo hace porque tenga que hacerlo. Ya pasó esa edad. Lo hace porque quiere. Y hay una diferencia enorme entre esas dos cosas, aunque desde afuera parecen iguales.

 

II.  El hijo que se queda cerca

Hay padres que crían hijos que se van. No físicamente, necesariamente, sino en el sentido que importa: crecen, forman sus familias, y los domingos se vuelven cada vez más escasos. No es malicia. Es que nadie les enseñó que la distancia emocional se instala despacio, casi sin hacer ruido.

Y luego están los otros. Los que siguen llamando. Los que preguntan tu opinión aunque ya tomaron la decisión. Los que se sientan contigo en un café y te cuentan lo que les pesa, no porque no tengan a quién más contarle, sino porque eligen contarte a ti. Esos hijos hacen algo que la sociedad moderna no sabe bien cómo valorar: le hacen espacio a alguien mayor en medio de una vida llena.

Vivimos en una época que confunde independencia con soledad elegida. Hacerse adulto, se dice, es no necesitar a nadie. Pero eso es una trampa. Las personas que conocí con las raíces más sólidas no cortaron vínculos al crecer: los renegociaron. Pasaron de obedecer por regla a escuchar por respeto. Y eso es madurez de verdad.

III.  La pregunta que todo padre carga

Hay un momento que conozco bien. Tu hijo llega, tiene prisa, tiene cosas, tiene una vida entera tirando de él desde todos lados. Y aun así se sienta. Te pregunta cómo estás. Y espera la respuesta.

Ese momento no lo enseña nadie. No sale en ningún manual de crianza. O creció en una casa donde eso pasaba, o no. Y si pasó, es porque alguien, en algún momento, se lo mostró. Con el ejemplo, con la constancia, con la presencia. No con discursos.

Pienso que todos los padres cargamos en algún rincón una pregunta que rara vez decimos en voz alta: ¿lo hice bien? No en el sentido de los logros o los errores puntuales, sino en el único sentido que al final de verdad importa: ¿les di algo bueno?

¿les dejé algo que vale? Cuando un hijo adulto te escucha, realmente te escucha, esa pregunta se aquieta un poco. No desaparece. Pero se aquieta.

Para cerrar y para agradecer

Este texto no es un tratado sobre la familia ni una lección de etimología. Es, más bien, un reconocimiento público a algo que no siempre se nombra: los hijos que se quedan cerca, aunque ya no tengan obligación de hacerlo.

 

La obediencia que vale no es la que se impone. Es la que aparece sola, un martes cualquiera, en forma de llamada telefónica sin motivo especial. En ese “te quiero, papá” dicho sin que nadie lo pida. Ese hijo que pregunta tu opinión, aunque ya decidió, porque le importa lo que piensas aunque no vaya a cambiar nada.

Eso es ob-audire. Escuchar hacia el otro con el corazón abierto. Y si tus hijos lo hacen contigo, ya tienes la respuesta que buscabas.

 

 

Escrito con gratitud, de padre a hijos

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