Por: Neftalí Coria

 

Una de las preguntas que invariablemente se suele hacer, ante la decisión de elegir oficio en la vida (aquí también incluyo a las profesiones), suele ser aquella que nos refiere la utilidad, y si aquel trabajo nos dará brillo, como los resplandores que fueron vistos en los sueños.

Y ya, de pie en el último escalón de la decisión se pregunta: ¿Y para qué? Y de ahí se desprenden una retahíla de nuevas preguntas como ¿Me moriré de hambre?, ¿Valdrá la pena en esta época? Y las más diversas y caprichosas preguntas surgen de esos momentos definitorios. Pero además hay otra que no quiero dejar pasar, y es esa que surge de muy adentro: “¿Sirvo yo para eso?” (esta pregunta es fundamental en la autocrítica, aunque muchos la omiten y se van por la extrema y febril atracción al oficio). También es cierto que hay aquellos que no se preguntaron nada, porque los padres, porque el interés de la fortuna, porque vieron minas de oro y por ese camino se fueron sin que ni la vocación, ni el amor, ni la pasión fueran sus guías ni centrales ni periféricas.

Y ese momento parteaguas, siempre sucede en la juventud, cuando los sueños son tumultuosos y cuando el mundo parece pequeño. Es cierto que para todo se requiere talento, habilidad, vocación, que derivan en la entrega a lo que se hará en el mundo y en donde seremos útiles. Y ya hemos visto las equivocaciones, los aciertos y las medianías en el ejercicio del oficio elegido.

En el arte –que es lo que he visto con más frecuencia–, es donde quizás el talento es indispensable, aunque la pasión y el amor estén presentes. Se han visto casos de aquellos que poseen un talento muy alto, pero no se dedicaron al arte porque “había que tener algo más de qué vivir” y ya luego, ahí cuando haya tiempo, cuando la ocasión, en fin, cuando haya espacio y tiempo. Eso nos habla de lo que a todas luces se sabe del arte y lo que de este oficio se piensa: “Eso no da para vivir”, “Del arte no se vive”, entre otras sentencias.

Pero hay los casos en que ni talento, ni pasión, ni vocación, ni amor al arte llevan en la sangre, pero ahí van… se lanzan a pintar, a escribir, a bailar, a actuar, porque quieren brillar y si acaso un día el talento llega, que los encuentre instalados en los plumajes de la fama. Lo veo mucho en las nuevas generaciones que no miran la historia del arte, ni leen, pero “crean arte” y no hay quien los detenga. La información, la preparación, la lectura, el estudio, les vale madre; mejor ignorar para no darse cuenta de las capacidades propias (porque el estudio y la comprensión también son espejos donde hay que verse). Y en consecuencia, habrá aquellos que se dedicaron al arte toda la vida y el reconocimiento les llega por antigüedad y necedad –de los que dan los gobiernos sin culpa–, con una obra raquítica y destinada al olvido, pero bien premiada.

Pocos son –y no solo en el arte– los que se dedican con los mejores puntajes a su oficio y en sus obras se nota, que por otro lado en este mercado en lo que se ha convertido el mundo, la calidad de un trabajo, la belleza de una obra, poco importan para que sean reconocidas. Eso ha sido la historia: reconocer a los muertos, a los ausentes y a los extranjeros. Nadie va a negar que a nuestro país, que siempre fueron bienvenidos los artistas extranjeros, aunque también debemos preguntarnos por qué vinieron aquí. Y es simple la respuesta, claro, porque en su país “tan desarrollado” no tuvieron las medallas que aquí les cuelgan, pese a la estatura tan baja que puedan tener. Y ese es un punto que debe ponerse sobre la mesa de discusión: ¿Quiénes sobresalen en México? Es una nueva pregunta que se vino de bajada. Hoy que muchos viven para ser vistos, para que los reconozcan, para la fama (tan sobrevalorada), para brillar, en fin, para ser grandes, no importa qué precio hay que pagar, eso se paga, pero nadie quiere vivir en la grisura, en el anonimato y así, se busca sobresalir saliendo con alguna pobre habilidad y una descuidada preparación, a codazos y empujones, pero hay que sobresalir con el oficio elegido porque en esa elección se apostó el futuro triunfo. Y otro fantasma que se debe enfrentar: las modas, los temas (detesto esta palabra), lo que está en los candeleros públicos, en las redes, en la crítica o en discusión y como ejemplo, abundan los libros sobre el narco, la diversidad sexual, mujeres y política.

Hace algunos meses hablé con un empresario de una editorial importante para proponerle una de mis novelas e inmediatamente me preguntó sobre “el tema” (y yo que detesto esa palabra).

–Tema psicológico con fondo feminista y narcopoliciaco –le dije.

–Excelente –me respondió –Perfecto, quiero conocerla ya.

Tuve que aclararle que era broma y cuando le dije de qué se trataba, con un claro desánimo y simulando como si no hubiera pasado nada, me dijo:

–De todos modos, mándamela.

Eso es la actualidad y sumemos las palancas, las cúpulas, y demás estructuras de intereses entre grupos que logran posesionar y vender libros mediocres haciéndolos pasar por obras maestras.

Si vende, la calidad no importa, hay que publicar lo que trata de la tragedia de moda y los editores piden modificaciones para un mayor ponch. Y ya no hay quién esté de acuerdo con que debe sobresalir lo mejor, lo de gran calidad. La ley de si todos lo hacen, está bien, hay que hacerlo ¡No! No hay que hacerlo. Y en el caso del oficio elegido también deben surgir estas preguntas incontestables sobre la corrupción y los brillos falsos.

Siempre he imaginado a un James Joyce desconocido llevando su novela “Ulises” bajo el brazo y entrar al edilicio de Planeta para ofrecer el manuscrito.

–Déjemela y vuelva en tres meses –le diría el joven, egresado universitario de corbata que le dará el manuscrito a una secretaria perfumada, para que lo guarde en la fila de novelas de las que hay que revisar el tema.

Se reacomoda la corbata el joven editor con gesto agrio y se limpia las manos por haberle estrechado la mano al hombre y haberle recibido tamaño mamotreto a ese viejo cegatón que salió de la editorial cabizbajo.

Juro que la rechazarían.

 

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