Piénsalo tres veces

El autoengaño: la habilidad más desarrollada en las organizaciones

Francisco Javier Rauda Larios


Rara vez una organización dice la verdad completa sobre sí misma.

No porque mienta deliberadamente, sino porque ha aprendido a decirse versiones cómodas de la realidad.

“No estamos tan mal.”

“Esto siempre ha sido así.”

“El problema es el contexto.”

“La gente no se compromete.”

Frases que se repiten en juntas, reportes y pasillos, hasta volverse verdades aceptadas. Lo inquietante es que muchas decisiones no se toman desde lo que realmente ocurre, sino desde lo que resulta más fácil creer.

El autoengaño no nace de la mala fe, sino del miedo.

Miedo a reconocer errores, a perder prestigio, a asumir responsabilidades o a aceptar que algo que funcionó ya no funciona.

En las organizaciones —y en la vida— el autoengaño cumple una función: Proteger la identidad.

Nos permite seguir viéndonos como competentes, eficientes y bien intencionados, incluso cuando los resultados, el clima o las personas cuentan otra historia.

Por eso es tan peligroso.

No se percibe como un problema, sino como una narrativa razonable.

Algunas señales claras de que el autoengaño se ha instalado son:

  • Problemas que se repiten con distintos nombres.
  • Decisiones “urgentes” que nunca resuelven lo de fondo.
  • Reuniones donde se habla mucho y se dice poco.
  • Responsabilidades siempre difusas.
  • Éxitos exagerados y fracasos externalizados.

En estos contextos, la gente suele saber lo que pasa, pero aprende rápidamente que no se dice. Se desarrolla una especie de inteligencia organizacional invertida: todos leen la realidad, pero nadie la nombra.

Y cuando la realidad no se nombra, no se gestiona. Solo se padece.

Recapitulando sobre mis últimas publicaciones puedo argumentar que mientras la prisa nos impide pensar y la experiencia nos hace creer que ya entendimos, el autoengaño nos tranquiliza para no cuestionar.

Juntos forman un círculo perfecto:

  • Decidimos rápido.
  • Justificamos con experiencia.
  • Nos contamos una historia que nos deje tranquilos.

El problema no es solo que las decisiones se vuelvan intrascendentes, sino que dejamos de aprender de ellas. Todo parece estar bajo control, hasta que ya no lo está.

El costo más alto del autoengaño no es estratégico, es humano:

Personas que se sienten no escuchadas.

Equipos que pierden sentido.

Talento que se va sin hacer ruido.

Líderes que se endurecen para no sentir.

Cuando una organización se engaña a sí misma, suele pedirle a su gente que haga lo mismo: que se adapte, que aguante, que normalice lo que desgasta. Y eso, tarde o temprano, pasa factura.

Romper el autoengaño no es un ejercicio intelectual, es un acto de valentía.

Implica detenerse y cuestionar la experiencia para mirar de frente lo que está ocurriendo.

Las organizaciones más sanas no son las que no se equivocan, sino las que pueden decir la verdad sin castigarse por ello. Donde la realidad se convierte en aliada y no en amenaza.

La honestidad organizacional no empieza con grandes discursos, sino con pequeñas preguntas incómodas que alguien se atreve a poner sobre la mesa.

El autoengaño es cómodo, pero caro.

Nos ahorra incomodidad hoy, a cambio de problemas mayores mañana.

Tal vez el verdadero liderazgo no consista en tener todas las respuestas, sino en atreverse a ver lo que hemos estado evitando. Porque solo lo que se reconoce puede transformarse.

La pregunta en cuestión es:

¿Qué realidad estoy evitando nombrar y qué me está costando no hacerlo?

 

 

_________

Paco Rauda

Diseñador del futuro

Acompaño a personas, líderes y organizaciones en su proceso de desarrollo, hacia un futuro deseado. Ayudándoles a pensar con mayor claridad, decidir con conciencia y actuar con sentido humano en entornos complejos. Creo que el verdadero desarrollo comienza cuando dejamos de reaccionar y empezamos a elegir, conscientemente, ese futuro deseado y a actuar en consecuencia.

Contacto: paco.rauda@gmail.com         [52] 443 626 64 16

Deja un comentario