Dr. Alejandro Guzmán Mora
Bajo el hierro romano del siglo III, cuando el emperador temía el fuego del vínculo y lo declaró delito, un sacerdote llamado Valentín se alzó como antorcha prohibida. Casaba en sombras a los amantes (aquel que ama), unía almas contra el edicto de la soledad guerrera.
Lo capturaron, lo azotaron, lo decapitaron el 14 de febrero del 269 o 270. Antes de morir, escribió una carta a la hija del carcelero que había sanado: firmando con su sangre: “de tu Valentín”. Sangre que se volvió tinta, martirio que germinó en leyenda.
Siglos más tarde, el poeta Chaucer lo elevó al cielo de los pájaros que eligen pareja en la aurora primaveral. El mundo lo tomó, lo vistió de rosas efímeras y oro efímero, pero la esencia permanece: amar fue, es y sigue siendo, acto de rebelión contra el olvido.
El amor, los actos de amar, no un día marcado por el calendario, sino un instante eterno donde se pronuncia “te amo” como quien abre la tierra para que entre luz.
Donde el ser amado, el amante, el amigo se revela como el verdadero sostén: cual raíces que se entrelazan en lo oscuro, ciegas al sol, pero
inseparables, nutriendo el tronco común, rozando ramas en el viento, dejando que la flor tiemble y el fruto caiga maduro en manos compartidas.
Porque el amor no pide permiso ni fecha; es la savia que sube contra la gravedad, el susurro subterráneo que sostiene el bosque entero.
Es resistencia hecha ternura, martirio hecho caricia, silencio hecho “te quiero” que resuena hasta el fin de los tiempos.
Qué en este mes de febrero, ese amor tuyo (raíz y rama, flor y fruto) se expanda sin medida.
