Entre libros, folletos e impresos

José Rubén Romero, picardía, dichos y erotismo: Desbandada, 1934.

Juan García Chávez

 

Releo la obra de José Rubén Romero, el primero de mis tres autores favoritos —Saramago y Vargas Llosa los otros—. En 1934 se publicó Desbandada, ambientado en Tacámbaro, en donde Romero vivió. En su obra literaria abundan los lugares michoacanos, la picardía, la gastronomía, los dichos y las escenas eróticas. Don José fue un buen degustador culinario, recuerdo la anécdota que me contó don Salvador Reyes Hurtado, de cuando Romero fue Rector de la Universidad Michoacana y había conflicto, citaba a los estudiantes en su casa y les ofrecía corundas, uchepos, queso Cotija, atole, aporreadillo y varias viandas, luego de la comilona se resolvía el problema.

Desbandada nos relata la estancia del autor en Tacámbaro, cuando fue propietario de la tienda La Fama, y se dio cuenta que: “El mostrador de una tienda es el rompeolas adonde van a morir todos los chismes de un pueblo. Se despedazan honras, se censura al Gobierno y se cuentan esas mil y una naderías que sirven de entretenimiento social, cuando se reúnen más de cuatro personas.” Cuando él se enfrascaba en la lectura y la plática su papá le decía: “El que tiene tienda que la atienda, y si no, que la venda.”

Eróticamente describe rasgos geográficos de Tacámbaro: “el Cerro Partido muestra sus dos flancos impúdicos, opulentos y fuertes como las posaderas de una mujer.” Y al referirse a la criada de don Conrado: “–Fea y todo, pero con un trompiate en la cabeza bien que le sirve. Dicen que por las mañanas entra al cuarto de su amo y le pregunta muy mimosa: Señor, qué traigo, ¿el trompiate, o el chocolate…?” Trompiate hace referencia al tascal, éste a su vez al trasero, seguro el patrón pedía primero trompiate y luego chocolate.

Y decía doña Ramona, al asedio de los chavistas: “–¡Cállese, Libradita, por San Antonio, que sólo de oírla me entra calentura!

–Y ¿es de la buena, o de la mala? Porque arregulo que usté es como la beata de Cruz de Caminos, que después que la jinetaron más de quince chavistas, gritaba, llena de resignación: –Castígame más, Cristo de Carácuaro!…”

Sobre los apodos escribió: “y a un muchacho que tiene nube en un ojo y que camina con la cabeza en alto, escrutando incesantemente el firmamento, le llaman El Astrónomo.” Además: “A una mujer del barrio de El Marinero la llaman Marsella por ser puerto de gran calado y de activísimo comercio.”

Y aquellos dichos: “no hay gentes más caritativas que el ladrón y la prostituta, quizá para contrarrestar su propio pecado.” Y esas personas que conocemos y son: “como la paloma de tía Casilda que, cuando se murió, puras uñas de gavilán le encontraron en el buche.”

José Rubén Romero

José Rubén Romero

José Rubén Romero

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