José Juan Marín

 

Mirando hoy en el mundo la facilidad con que hoy cambian de piel, de ideología, de tantos políticos, comento un libro que leí hace años tratando de entender la raíz psicológica de dichas mudanzas.

 

El libro es la biografía que escribiera Stefan Zweig (Stéfan Tssváik) acerca de Joseph Fouché, el genio tenebroso, el rey de las mutaciones políticas. Bien lo dice el autor, Fouché fue un genio que no tuvo inconveniente para cambiar de opinión y defender causas opuestas y contradictorias, un experto de los malabarismos políticos apoyado en su conocimiento de la complicada conducta humana y en una extensa red de informantes y espías que fue construyendo con paciencia.

 

Zweig (Tssváik) escoge a Fouché como prototipo de las personas que influyen muchísimo más de lo que muestran las apariencias en el curso de los acontecimientos de una época, ejemplos elocuentes de la maldad, ingratitud y mezquindad que a veces caracterizan a los seres humanos.

 

Napoleón escribiría lo siguiente:

 

“Fouché era sin comparación, más cruel que Robespierre. Traicionó y sacrificó sin remordimientos a todos sus antiguos camaradas o a sus cómplices. La intriga le era tan necesaria como el alimento, intrigaba en todo tiempo, en todas partes, en todo momento y con todo tipo de personas «.

 

Era, en síntesis, audaz, frío, ambicioso e impenetrable, caracterizado por una habilidad para asegurar su supervivencia y mantenerse en el poder a toda costa.

 

Zweig ( Tssváik ) explica el por qué eligió escribir sobre él, y nos dice que no lo hace por pensar que se trata de alguien admirable, sino más bien porque le parece el ejemplar perfecto para describir al político inmoral.  Terrible retrato. Terribles mudanzas.

 

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