Me fui al auto y entendí por donde saldría. En una de las calles traseras del bar me estacioné y quedé en un claro cerca de la primera esquina. Pasaron veinte minutos. Salió. En ese momento creí que alguien más la esperaría, pero no. Caminó sola en dirección al rumbo donde yo estaba. Vigilé por el retrovisor. Caminaba segura y pronto pasó junto al auto. Yo abrí la portezuela y caminé tras ella. Al sentir que la perseguía, se volvió con una navaja abierta en la mano izquierda y con firmeza en su postura me dijo:

–¿Qué quieres cabrón?

–Solo quiero hablar contigo…

–No te acerques –blandió la navaja.

Estaba frente a ella y tuve miedo. No dudaría en matarme. Avanzó hacia mí y quizás la única manera para detenerla fue diciéndole su nombre.

–Sé quien eres, Paura.

Se detuvo.

–¿Cómo sabes mi nombre?

Me miró con una evidente intriga, pero sin bajar la guardia.

–Sé de donde bajaste al mundo. Y tú, Paura, sabes bien quien soy.

Como si se hubiera quedado sin fuerzas, dejó caer el arma al suelo y me miró atónita. Parecía que iba a decir algo, pero no dijo nada. Me miraba con fijeza y lentamente fue acercándose a mí. Lágrimas en sus ojos. De cerca la vi tan hermosa como era, como la construyó mi imaginación. Me estremeció.

–¿Por qué tardaste tanto…? ¿Por qué hasta ahora, cuando ya no espero nada? ¿A qué vienes? ¿Qué quieres…?

Retrocedió un poco. No supe qué decir. Las palabras no vinieron, porque de verdad no sabía qué decir. Lloraba suavecito sin dejar de mirarme.

–Yo nunca hubiera querido salir de tu historia, pero de pronto se nublaba el día… y nadie pasaba por ahí, el bar estaba abandonado y había un pájaro negro que picoteaba la ventana del cuarto donde yo dormía. Un día desperté y hacía mucho viento… el polvo por todos lados, me lloraban los ojos, me ardían… la calle desapareció… el bar se desvanecía, el cuarto se estrechaba, la cama se hacía chiquita… –calla– …escuchaba el ruido de tu pluma escribiendo encima de aquella oscuridad en la que se había convertido todo Y después no escuché tu escritura. Y salté… diez años busqué a los demás, diez años… busqué… te busqué… dos veces te vi, pero nunca estuve en presencia ante ti… como sucede con los que son como yo, y nunca me viste…

Recogió la navaja del suelo, la cerró y la guardó en su bolso. Por fin se acercó. La tomé de las manos. Nos miramos. Me abrazó, su cuerpo suave pegado a mí, su aliento, la humedad en mi cuello. Su cuerpo lloraba. Nos quedamos en el silencio de aquel profundo abrazo.

Como si ambos supiéramos lo que había que hacer, subimos al auto.

–Demos un paseo –me dijo.

–¿Tienes hambre?

–No, pero si tú tienes, sé un lugar en el centro…

–Vamos…

Avanzamos hacia el libramiento. Me habló de su sueño con viajar a Italia, y cuando tuvo la oportunidad, perdió el viaje.

–No sé por qué pienso en Italia –me dijo–, en Florencia, que es la ciudad que sueño. Y no se, de verdad no sé por qué.

Recordé que era idea mía, que soñara con Florencia, como Emma Bovary, soñaba con París. En ese momento supe que la memoria me estaba devolviendo a Paura y aquella embriaguez equilibrada, bastaba para que el corazón se acercara a una mujer hermosa, sola, ensangrentada por el abandono y sus esperanzas pequeñas.

Habló mucho, compramos algo de comer y decidimos ir a su departamento y comer allá. El trato tenía una familiaridad casi filial; confiaba en mí, se alegraba de escuchar la música que sonaba en el coche. Tarareaba las canciones que no había escuchado, pero las sabía porque yo las conocía ¿Se entiende? Claro, los lazos entre escritor y personaje en esas circunstancias, es decir, cuando deciden estar presentes el uno para el otro y viceversa, los lazos que se tienden, son lazos comunicantes de una manera misteriosa.

Cuando llegamos a su departamentito, del refrigerador sacó dos cervezas, puso música y comimos.

Nos sentamos en el silloncito rojo, como cuando se llega al final del viaje. Me miró fijamente y de nuevo soltó el llanto, un llanto inexplicable. La abracé y se apretó a mi cuerpo.

–Ámame –dijo susurrando.

Me quedé pasmado y en ese instante no supe qué hacer. No sabía si aquello era posible. Me repitió la palabra con más intensidad y me acariciaba la espalda. Luego me desabrochó la camisa. Quedamos de pie y se fue quitando cada prenda. Fuimos a la cama y como una diosa abrió su cuerpo para que yo entrara completo y así lo hice.

La madrugada estaba húmeda y no tardó en caer la lluvia suave. Los ruidos de afuera recorrieron nuestro pequeño mundo y las sábanas primigenias. Su cuerpo era tan suave como la seda, sus labios peces libres recorriendo el mar en que habían convertido mi cuerpo. Los diez dedos contra mi espalda, se apretaban a mí como para destruirme, como para acabar con el momento y saltar encima de las nuevas aguas desconocidas. Música delicada eran sus gemidos y el dolorcillo que se goza como el agua en el vientre. Largo fue el encuentro, tanto que parecía no tener fin, pero llegó con tal sutileza que la luz del alba la vio dormir.

Me quedé despierto y pensaba qué haría cuando llegara la luz de la mañana, la luz de la realidad y qué sería del futuro inmediato. ¿Por qué rumbo de una aventura debía seguir aquello entre Paura y yo? Me desconcertaba ¿Por qué estaba ahí maravillado con aquella mujer que no había duda de su origen ficticio?

Era una de ellos y estaba a mi lado como cualquiera de mis amantes reales y aquello parecía el inicio de un romance real. El cuerpo estaba, era, existía. Ella estaba presente. El mesero sabía de ella, la llamó Lolita y sabía que vivía cerca del bar y era obvio que conocía mucho más de su existencia. Paura tenía vida en este lado de la vida nuestra.

Me preguntaba si una Ficticia amaba igual que una mujer real.

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