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Los Ficticios (12)

Se abrieron las puertas del cuaderno

Por: Neftalí Coria

 

Mientras Paura recogía la mesa después del desayuno, yo planeaba el comienzo de su novela, porque sabemos que el principio de una novela, es muy importante, y hasta se ha llegado a creer que de las primeras palabras depende que se lea o no, aunque tampoco puede ser una regla.

El amor estaba ejerciendo sus peores efectos. Las ideas flaquean hasta lo absurdo cuando se está enamorado, pero también, la pasión logra en la escritura momentos maravillosos y de un altísimo contenido poético.

¿Paura sería la protagonista y yo trabajaría en la novela como un Ficticio más? ¿Sería un narrador-personaje en primera persona, con mi nombre y mis sentimientos reales? ¿Me jugaría la vida si me atrevía a subir con ella a las palabras de una historia nueva, hija de la invención y con el riesgo que se perdiera el amor que en la realidad por ella sentía? Por amor se da todo, es cierto, pero no sabía las consecuencias de entregarme por entero a la ficción y lo pensé; me aliviaba saber que durante la escritura, se decide quiénes son los personajes y había que esperar el momento de iniciar la aventura, que en este caso era de vida o muerte.

Mientras Paura lavaba los trastes del desayuno, me habló de su ligera amistad con Anilú y fue momento para confesarle que Anilú fue quien la suplantó en la novela terminada, pero de inmediato tuve que hablarle del desdichado final de la historia en la que Anilú desenlaza su vida.

–Yo no quiero quedar inválida, prefiero morir –dijo sosegada–, yo quiero ser feliz.

Paura era vanidosa. Y en casa le veía fresca y sosegada. Se miraba mucho en el espejo, porque desde que estaba conmigo, me dijo que la claridad de la imagen que ve en el espejo de sí misma, ahora si era clara.

–Es el amor –le dije.

Estábamos juntos y a ninguno de los dos nos importaba, quiénes somos, ni de qué mundo somos originarios. Aquella misma mañana, comencé la novela de Paura. Nada me importaba, mientras la ciudad se ahogaba en lluvia y los perros ladraban sin parar en las cercanías; afuera la ciudad sobrevivía con sus ladrones, con sus asesinos urbanos, con sus políticos oscuros, con los pájaros temblando y escondiéndose en los árboles. Nada me importó y mientras la miraba regar las plantas, abrí las puertas del cuaderno Claire Fontaine nuevo y desenvainé a Lobita azul de punto fino que estaba rebosante de tinta.

Decidí escribir. Y mientras escribiera, Paura sentiría un hormigueo hermoso en el bajo vientre como el primer aviso. La escritura de la novela comenzó así:

 

“Todo comienza imaginando una vez más, a la mujer que se mira al espejo y su rostro hermoso lo repite el azogue con una claridad inusitada. Se contempla. Sus ojos ceñidos por las ojeras del desvelo y por la humedad de lágrimas recientes, le hacen verse triste y su lamento es profundo. La veo insistentemente cuando cierro los ojos.

Aquella mañana fui a una colonia residencial, aunque sombría. Caminaba buscando una casa que había visto en los anuncios para renta en el diario. Caminé por aquellas calles solitarias y cuando estuve frente a la casa, la observé por fuera; buena cochera, muros fuertes, ventanas amplias. Me acerqué a una de las ventanas con la cortina abierta. Sin esperanza de que hubiera alguien. Fui a la puerta y toqué. Nada. Después de un silencio, escuché ruido. Por la ventana desde adentro, con los nudillos, alguien tocó en el cristal y fui. Era una mujer que coincidía con la que poco antes, había imaginado frente al espejo.

–No hay nadie que abra –me dijo con cierto nerviosismo.

–Quiero informes de la casa.

–¡Váyase! La casa no se renta –me dijo con voz como tratando de no ser oída por alguien más dentro de la casa.

–Voy a llamar por teléfono.

–Váyase y no llame. Aléjese de aquí porque no tardan en llegar hombres armados.

Me alejé desconcertado, pero vi en sus ojos, algo más que la mirada hermosa y cautiva que me estremeció.

Apenas estuve en la esquina y apareció una camioneta verde oscuro que se estacionó frente a la casa. Bajaron tres hombres; dos de ellos llevaban víveres al parecer.

Decidí alejarme. Llevaba grabado los hermosos ojos de aquella mujer de la ventana y la de la imaginación ¿Era la misma? Le di vuelta al misterio de la coincidencia. Aquellos ojos me harían regresar, de eso tuve seguridad. Había crecido de manera instantánea un fuego por verla otra vez y comprobar su imagen con la de los ojos de lo que antes imaginé, y como sabemos, cuando se levanta un muro de riesgo, peligro y miedo, mayor es el fuego del deseo por estar  cerca de la muerte.

Volvería. La mirada era la más hermosa que vieron mis ojos. Y bastó un instante para que sucediera esa especie de hechizo en el que estaba inmerso mientras caminaba tratando de esperar, pero sobre todo, no quería que me vieran aquellos hombres de los que su perfil me había quedado claro. No sé cuántas calles caminé, ni supe cuánto tiempo pasó. Volví cuando la camioneta se había marchado, aunque me quedaba la duda si alguno de los hombres permanecía en la casa. Me quedaba claro que aquello era algo turbio y era poco el misterio que envolvía lo que estaba percibiendo; era claro de lo que se trataba. Desde la acera de enfrente miré la casa. Era el umbrío lo que también habitaba aquella casa blanca. Tenía esa apariencia donde dentro de la casa hay una atmósfera lúgubre, pero no por apariencias mortuorias, sino porque la casa no es de nadie y algo negro vive entre las personas que la habitan. No tardó más de tres minutos que apareciera en la ventana ella, la que después cobraría el nombre de Paura. Me llamó. Fui de inmediato. Lloraba y no podía hablar. Su rostro era hermoso… como el de la mujer frente al espejo que imaginaba desde hacía varios días.”

 

Dejé de escribir.

En mi casa, en calma, Paura estaba acostada en la cama bocarriba, tocándose el vientre y con los ojos cerrados como si fuera placentero. Gemía.

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