Por: Neftalí Coria


Los veo, los encuentro por todos lados y con frecuencia. A veces me guiñan un ojo, me sonríen, me dicen algo en una señal. Muchos de ellos llevan una luz en alguna parte del cuerpo, como el que entró a mi casa a mirar los libros y cuando lo descubrí, pude ver como salió por la puerta trasera y dejó un aroma tan fuerte que me hizo toser. Llevaba una luz en la mano izquierda como un rayo que nacía del dedo pulgar. La noche lo escondió en su huida. No ha vuelto, pero sé que volverá porque tiene la creencia que puede abrir la puerta de uno de los libros y entrar al volumen y con toda facilidad, trabajar en la historia. ¡Qué iluso!

Es claro que nadie imaginaría que los personajes literarios, puedan vivir en la realidad nuestra, si todos saben que son seres que viven en el lenguaje escrito de una novela. Nadie perdería el tiempo en imaginar siquiera que un personaje de Shakespeare pudiera estar oficiando en alguno de nuestros gobiernos, con una corona en la cabeza y dictando lo que los altos mandos deben hacer.

Los he visto en todas partes y desde hace mucho. A veces están en sitios inesperados y por algún rasgo los reconozco y muchas veces prefiero evitarlos.

Pueden haber llegado de la destrucción de una novela que nunca llegó a buen término, pero también está de por medio la ética del escritor, que en su parecer, debe ser honrado con la historia que fallidamente escribió y mucho más honesto con los personajes incipientes que no llegaron a satisfacerlo, porque ningún novelista es totalmente responsable de sus personajes cuando no le convencen, cualquiera que sea su rango en la historia y si la novela –desde su óptica– no funciona, no le satisface, el escritor es libre de llevarla al cajón y dejarla varada ahí, para que se enlame, o destruirla (léase romperla), o desentenderse de aquella vida que en la historia no pudo vivir como él quería que viviese. Y tiene derecho a lo que yo llamo Ley de la destrucción. Lo que para los Ficticios significa una catástrofe.

Habrá los personajes que ante dicha ley –por sus mismas condiciones– perezcan en el fuego o en la trizadura del papel, o en los derrames de la tinta en el agua, o mueran en la insolación del inclemente sol de los basureros. Y por supuesto, habrá sobrevivientes. Y en tales casos, el novelista no ve a sus personajes y muy rara vez los ocupa en un a próxima historia que escriba y es lógico porque como todos, el escritor busca lo nuevo, lo inédito. Y en esa ingenuidad que padecen los Ficticios inacabados, llegan a creer que están presentes ante el autor, aunque este ya no los recuerde.

En ese abandono, no les queda otra, más que errar por un mundo que no los reconoce, ni los necesita y mucho menos, los dejará integrarse a la maquinaria cotidiana de la realidad que no puede ser suya nunca; ellos están hechos para la vida en las palabras bien dichas y bien narradas. Para el escritor, es indispensable, que, bajo su pulso, ocurra la implosión de la escritura y debe haber un buen ritmo, la condición semántica precisa, la sintaxis ligera, la trama bien templada, los personajes nítidos, tan claros, que, gracias a esa claridad de su acción, su movilidad y su lenguaje en la historia, puedan ser tan humanos que ningún lector dude que está frente a un ser humano, capaz de ejercer la maldad, la bondad, el amor, y todos los sentimientos que sean necesarios.

Los veo con frecuencia, pero a nadie se lo digo, o si acaso estoy con personas y aparece un Ficticio que quiera hablarme, disimulo no verlo, o le hago una señal que me espere y enseguida lo atiendo. Hace poco en un centro comercial, encontré a un ex-alumno y mientras conversaba con él, vi que se acercaba una Ficticia. Alcancé a hacerle una señal de “espérame” con la mano. Se sentó frente a la tienda de los helados y compró uno. Mientras conversaba con mi ex-alumno, vi como se apagaron las dos orejas de aquella mujer de pelo corto y poco a poco quedaron como brasas; una luz roja de cada lado de la cabeza y me dijo adiós. Cuando me despedí de aquel joven, corrí por donde se había marchado. Salí del centro comercial y la vi cruzar la avenida Camelinas por el puente y todavía parpadeaban aquellas luces en su cabeza. Al bajar el puente, desapareció y perdí esperanzas de encontrarla. Caminé por la acera que da al Boulevard para ir a beber una cerveza y cuando llegué al primer bar, ahí estaba recargada en la puerta.

–Hola –le saludé– ¿Por qué no me esperaste?

–Preferí esperarlo aquí.

–Bebamos una cerveza.

Pasamos al bar. Había música mala y de alto volumen, como en muchos de por ahí, pero ya estábamos en la barra. Dos cervezas. Las estrechamos antes del primer trago. Se llamaba Anabel y me buscaba desde hacía algunos días, según me dijo. Tenía una sonrisa de niña y la gracia que de inmediato resaltaba al mirarla. Era una mujer joven que llevaba en su juventud una luminosidad más allá de su belleza.

–Solo quiero decirle que busco una historia de amor y estoy dispuesta a morir en ella –me dijo sin dejar de mirarme–. Quiero que usted la escriba.

Nos quedamos en silencio durante un momento. Ella tamborileaba con los dedos sobre la mesa sin perderme de vista. Sin decir nada, salimos a fumar a la banqueta. Cuando le encendí el cigarro vi su rostro hermoso con la luz del encendedor.

–¿Dispuesta a morir? –le dije– ¿Quién está dispuesto a morir por amor en este tiempo?

–Yo

–Eso es lo que crees.

–Dispuesta totalmente… a morir de amor o a matar por amor.

En aquel silencio y en su mirada, había una fuerza verdadera; era su convencimiento.

Bebió de un trago el resto de la cerveza. Se levantó de la silla

–Te busco en siete días –me dijo y se marchó.

En la puerta del bar se volvió hacia mí y me mandó un beso. Se encendió la luz blanca en sus orejas y se perdió por los amplios jardines del Boulevard.

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