Nuestros pasos son herencia
Neftalí Coria
Por donde se camina, quedan huellas y las huellas también son obras y pueden ser imborrables y de grandes valores para las generaciones que las van heredando. Es natural en los hechos que la vida ofrece para llevar a cabo la construcción de una obra. Por eso, por donde pasamos se han de quedar los fantasmas de aquellas obras que construimos o destruimos de manera visible, tangible o intangible. Y en ellas se queda nuestro nombre con sus latidos diciendo a gritos, quién fue aquel que dejó la obra de construcción o destrucción que ahí, por donde pasó, se quedó levantada como el monumento en la estela de su vida, del que en la vida hizo o deshizo con el talento, el poder o la maldad con que la hubo perpetrado.
Nuestros pasos se quedan grabados en el camino que elegimos y habrá los que duren más que otros, incluso habrá los que se borren con el aire del tiempo, pero sobre todo, se han de borrar, porque los que vienen detrás los abandonan, los dejan consumirse, los echan abajo, los pisotean o simplemente se olvidan de ellos.
Por el contrario, hay generaciones que guardan las obras, oponiéndose al tiempo y en esas huellas se vuelven a mirar, como se mira de frente un espejo. No las olvidan, las valoran y de ellas aprenden a conservar un patrimonio útil para la comunidad que hace uso de aquel conocimiento heredado. Y a la postre –cuando les toque heredar–, heredarán lo que de aquella herencia recibida, aprendieron. Ahora recuerdo una obra “Heredarás el viento” (Inherit the Wind) de los autores Jerome Lawrence y Robert Edwin Lee, que en este caso trata la tolerancia religiosa y el significado del respeto y aceptación de la existencia “de otras formas de vida, creencias e ideas, o aun la no creencia en ninguna religión”.
Pero volvamos a lo que podemos ver en nuestros espacios que habitamos. Las ciudades y los pueblos –que son los espacios donde sucede la vida–, tienen esa vocación en sus propias leyes patrimoniales, si es que las hay, y así debería ser, aunque suelen ocultar las obras de destrucción y exponer las obras que dejaron “por el bien de la ciudadanía”, aunque hay destrucciones que las perpetraron por el mismo motivo. Las guerras siempre han sido “por el bien” de ambos contrincantes y hemos visto el resultado: Ahora veamos la irracionalidad contra el pueblo palestino. Ahí veremos el nombre de la bestia llamada Benjamin Netanyahu. Y los hemos visto en otras guerras que dejan un legado de destrucción humana irreparable, pero la enseñanza debiera ser aprehendida por las generaciones subsecuentes para no repetir ni la infamia, ni la pulsión destructiva.
Es natural que suceda, cuando aquello que la vida de los hombres, deja como herencia y tiene presencia en la vida de los herederos para perpetrarse en el uso de la obra heredada. Y en este tránsito también –no hay que negarlo–, están los usurpadores que se levantan a traición, el legado que los predecesores dejaron construido o destruido para usarlo a su favor, o para destruirlo como una venganza inconsciente o consciente. Es muy común, también, la ambición siniestra, el robo, la transa, la corrupción, la estafa, como lo hemos visto en las herencias familiares, donde los lobos y chacales, se apropian por encima de la ley civil de la obra que los fundadores de la familia dejaron en pie.
Las obras –y así el tiempo lo ha dicho– navegan, vuelan por los años y siguen dando ejemplo, mostrando la grandeza de un pensamiento o la infamia de otro, para el aprendizaje.
Los legados, sabemos bien, son diversos y siempre, para los que los heredan, es claro que el destino de la obra será incierto. Aunque también hay cofradías multitudinarias en favor de las estupideces de uso de legados que en nombre de la ambición por el dinero y los fines del comercio, se quedan para el museo de la infamia; obras de todo tipo que son para engrandecer la pobreza, la miseria y los efectos inhumanos de una comunidad; eso también es común que inevitablemente suceda.
En las artes, la herencia de obras, ha sido discutida y las injusticias abundan. Herederos de obras de arte, suelen malbaratarlas, dejarlas que se consuman hasta no quedar nada, o abandonarlas en la subvaloración y el olvido. Ahora viene a mi memoria, una pieza de Van Gogh (Retrato del doctor Felix Rey) que estaba casi destruida y servía de puerta a un gallinero, hasta que alguien la descubrió y rescató aquella imagen que tenía un alto valor, como el resto de las obras del pintor holandés.
Y así podríamos hacer un recuento de la falta de valoración de múltiples legados que los devoran, desde la ignorancia, hasta la maldad de las generaciones que heredan patrimonios que se convierten en nada hasta su desaparición del mundo y en ello, se pierde de un legado patrimonial que al menos tenía un valor estético que sin duda enseña e instruye con su historia.
En nuestro paso por el mundo –no hay que olvidarlo–, se deja algo de lo que fuimos y mucho de lo que hacemos. Se deja rastro, huellas que serán una estela de recuerdos que enseñan, instruyen, propagan la reflexión, las ideas y muchas veces, el crecimiento de quienes comprenden, y de quien mira el mundo como una oportunidad de aprender y descubre que la vida es para saber y para recibir el conocimiento que el mundo nos da a cada una de las vueltas de sus esquinas.
