Dr. Alejandro Guzmán Mora

 

En este camino invisible: Hay mañanas en que el sol sale como si nada, pero la noche no trajo paz. Despiertas con el mismo peso en el pecho, el mismo eco: “Hoy será diferente… ¿o no?”. Tu padre, tu pareja, tu hermano, tu amigo, tu hijo, salen a enfrentar otra vez esos demonios internos, y tú quedas encadenado a la espera, sintiendo cómo algo vital en ti se desgarra de nuevo.

 

Piensen en Prometeo, no el titán que robó el fuego (la parte luminosa que todos recuerdan), sino el de después: encadenado a una roca fría, inmóvil bajo un cielo implacable. Cada día llega el águila y le arranca el hígado a picotazos. El hígado, sede antigua de las emociones profundas, del amor ardiente, de la vida misma. Lo devora lento y cruel hasta que no queda nada. Prometeo grita, sufre, se agota… pero es inmortal. En la oscuridad de la noche, el hígado se regenera: crece de nuevo, tierno, vulnerable. Y al amanecer, el águila vuelve. El ciclo se repite. Día tras día. Sin fin aparente.

 

¿No es esto lo que vivimos? Ves cómo tu ser querido se “regenera”: un día sobrio, una promesa sincera, una mirada que recupera luz, un abrazo que casi convence. El alma, el amor, la esperanza vuelven a crecer en la noche. Respiras, sueñas con un mañana sin cadenas. Pero al día siguiente regresa el águila: la recaída, el silencio, la mentira, el vacío en los ojos. Te arranca de nuevo esa parte viva. Duele más porque ya lo conoces. Porque sabes el picotazo exacto donde más duele. El cansancio se acumula, pero el sufrimiento se renueva fresco cada amanecer. Es un castigo que no termina con la muerte; es eterno mientras siga el ciclo.

 

Sin embargo… Prometeo no se rindió del todo. Su rebelión fue por amor a los mortales. Su sufrimiento tenía un sentido: el fuego que dio cambió el mundo. Y al final, tras tanto dolor, Heracles lo liberó. No porque el águila se cansara, sino porque alguien más fuerte rompió las cadenas.

 

Ustedes también roban fuego en la oscuridad. Cada límite puesto sin odio, cada reunión en Al-Anon o Nar-Anon*, cada terapia para uno mismo, cada “te amo, pero no puedo seguir así”… son chispas de dignidad y esperanza para el alma propia. Resistir para que algún día llegue quien rompa el ciclo: un profesional, una comunidad, un momento de claridad en tu ser querido, o incluso tú mismo.

 

No se pide fuerza todo el tiempo. Permítanse llorar. Permítanse descansar cuando el águila ya se fue por hoy. Pero recuerden: este dolor no es en vano. Es el precio de un amor inmenso, el mismo que Prometeo pagó por la humanidad. Aunque el hígado se regenere solo para ser herido de nuevo, cada regeneración es una oportunidad. Cada noche oscura, un espacio para que crezca algo nuevo: fuerza, límites, compasión hacia uno mismo.

 

A ti, que te sientes encadenado a esta roca: te vemos. Te abrazamos en silencio. No estás solo. Hay miles caminando este sendero de dolor renovado. Y hay fuego el que robamos juntos que aún puede calentar, iluminar, transformar. Sigan resistiendo. No por obligación, sino porque merecen una vida donde el amor no devore vivo cada día.

 

 

 

 

*Recuerden los grupos de Al-Anon o Nar-Anon, están para apoyar, les comparto sus direcciones web: https://alanon.mx ; https://www.nar-anon.org/

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