Fin de la novela por entregas

 

Por: Neftalí Coria

Para Oscar Millán

Llegó al final mi novela de la que entregué sus capítulos a lo largo de 48 semanas en entregas en este mismo espacio de Figuraciones mías y vuelvo a la otra escritura fuera de la ficción, aunque a veces la realidad lo pareciera. Entre las preguntas que abundaron al respecto, de lectores y no lectores, fue ¿Por qué publicar una novela por entregas en un diario, hoy que la inmediatez galopa y el pasado se disuelve de manera monumental? Buena la pregunta. Y ahora, después del último capítulo, trataré de responder:

En principio, la publiqué porque es un reto a mi disciplina de escritor y a la concentración que una historia requiere al ser escrita para publicar cada semana, sin romper los hilos de la trama, ni perder la complexión de los personajes. Así se pone a prueba el rigor verdadero de escribir la historia sin divagaciones, ni errores en los fines que dicta el argumento. Ejercicio duro y de alto rigor. Por otra parte, la literatura europea del siglo XIX, siempre me ha interesado, porque en ese tiempo ocurrieron los más reveladores hallazgos de las estructuras narrativas, los nuevos argumentos, las más aventuradas discusiones sobre la vida, las creencias, el destino del hombre y los descubrimientos de las nuevas maneras de narrar historias, lo que nos dio la novela moderna.

He publicado mi novela por entregas, por el apego que tengo a esa época y quiero imitar la forma en que se conocían las novelas en ese entonces. Flaubert publicó Madame Bovary por entregas, Collodi publicó Pinocho, Charles Dickens, también dio sus textos a la luz del mismo modo, y esa costumbre simplemente me gusta, porque se lee bajo las reglas de la revelación semanal del misterio.

Además, me cautiva la manera en que los Hakavatis árabes que contaban historias orales en las tabernas del siglo XVIII. Narraban la historia ante los parroquianos, y en el pasaje más emocionante, se detenían y dejaban a los oyentes con la emoción de esperar el día siguiente la continuación de la historia (Incluso se sabe de los sobornos de los oyentes que pagaban porque la historia se desviara a favor de sus intereses).

Por otro lado, mientras escribía la novela fue tomando caminos inesperados y en la concentración de la escritura, me fue arrastrando a los misterios de los que se nutre la novela con las armas del azar y la apuesta por explorar el mundo de la ficción y la realidad, que son los alimentos del novelista. Y porque –en la novela se dice– me ha inquietado la vida de los personajes que no tuvieron lugar en una novela y siempre me he preguntado ¿Qué sucede con los personajes que escaparon o fueron borrados de una historia, sea por capricho o necesidad del novelista? ¿A dónde van? ¿En qué rescoldos de la imaginación siguen viviendo o de qué manera son víctimas del olvido? En mi novela, esos desahuciados son los protagonistas y se mezclan con los personajes que viven en eso que sabemos es la realidad y lo viven como si fuera un solo mundo en el que todos habitan. Y en la novela, yo Neftalí, soy el narrador, porque a fin de cuentas, fue a mí a quien la escritura de la historia me fue sucediendo y desde un principio, la escritura quise narrarla en esta columna y para ella fue escrita. Y porque creo que el territorio de la novela tiene aristas inusitadas donde la imaginación es la madre, y es ella, como autoridad la que deja con sus malabares, el testimonio de aquello que en sus entrañas germina y el novelista, obediente, le cumple su mandato. Y yo siempre he creído y confiado en lo que imagino como si fuera la única verdad que tengo a mano para mi oficio, como el carpintero tiene en la mano el martillo en vuelo.

Y ahora que leí la novela como una sola pieza, me alegra saber que ante la imaginación, sigo quitándome el sombrero y me sorprendo de lo escrito y pienso en lo que dijo Ernesto Sábato sobre la labor del novelista cuando afirma que el novelista puede entrar con facilidad a la locura y salir –lo digo yo– como por el patio de su casa. Y es que un amigo me dijo: “Estás enloqueciendo”. Y después de la lectura de la novela, entendí aquella afirmación de mi amigo. “Sí, pero nos vemos pronto”, le respondí entre risas. Y ahora quiero buscar a mi amigo para invitarle un café y decirle: “Ya estoy aquí, sigamos hablando en esta triste realidad en la que los imbéciles no se han ido.”

Y coinciden los días con el inicio de mi lectura anual de El Quijote, esa novela que me devuelva a la locura, en la que entro de nuevo por la otra puerta, para escapar de este mundo convulso y absurdo donde cada vez los personajes de la realidad, creen que la vida es blanco o negro y dejan la escala de grises en el olvido. Y de lo que estoy seguro, es que no escapo por miedo al mundo, por el contrario, sino por el amor a la verdad, que en aquel país de la ficción o la locura, la he visto de cerca. ¿O quién puede decir que “el caballero de la triste figura” no sabe la verdad? ¿O quién puede negar que la belleza más alta no vive en el oratorio de Bach “La pasión según San Mateo”? Obra que escucho por estas fechas con la misma devoción que leo a Cervantes. Para quienes preguntaron, espero que la respuesta, sea suficiente.

Ahora volveré a la discusión de la realidad en mi columna que ya cuenta muchos años y en donde las artes, la literatura y la vida, han tenido un lugar esencial.

Por lo pronto mi nuevo libro El alma de una campana, pronto verá la luz; un amplio ensayo sobre la campanilla de mano de Don Vasco de Quiroga. Y preparo un recital con mi poesía y la música de Juan Carlos Cortés, con un equipo en el que nos acompañan Andrea Martorell, Yolanda Ruíz Peña y Gerardo León Soto. Y seguiré en la escritura con lo que la imaginación me depare y me vaya entregando, hasta que los cuadernos me permitan la entrada a sus páginas.

Gracias a mis lectores y gracias a mi amigo y editor Abelardo Lozano. Gracias.

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