Por: Neftalí Coria
Me gustan esos artistas que en su trabajo puede verse, que ese fue su verdadero destino y con la fuerza que les asiste, se entregan y lo toman por completo. Con esa entrega –en correspondencia–, he navegado y habitado la obra de esa especie de artistas. Muchos ejemplos podría mencionar y explorar sus creaciones que a la postre, me han guiado con su ejemplo, en lo que ha sucedido para la creación de la mía, y algunos de ellos, han sido centrales.
Y todo esto, viene porque he escuchado con cuidado a Saho de Sagazan, la cantante y performancera francesa que me cautivó desde la primera pieza que escuché (La symphonie des éclaires) en su voz limpia, de dicción perfecta, grave, solida, potente y bajo la luz de sus composiciones musicales que la colocan en es otra especie de creadores que además –por ser histriones–, poseen la gracia, con la que Borges calificaba la iluminación de Stevenson (que fue de esos de entrega completa).
Saho de Sagazan, en sus conciertos, no solo lleva su canto y lo acompaña con una extraordinaria idea musical, sino ella se convierte en un espectáculo en el que se ve claramente su entrega histriónica a lo que por letras canta. Su nombre: Zaho Mélusine Le Moniès de Sagazan (nacida el 28 de diciembre de 1999), conocida como Zaho de Sagazan, quizás sea de esa especie de mujeres que cantan como lo ha sido Björk, o la fallecida Sinéad O´Connor. De esas en las que la voz guía el corazón por los más espinosos caminos del aire donde su voz vuela, herida, desenfrenada y sangrante, llega a quienes la escuchamos como punzantes y significativas balas sonoras que estremecen, que hace temblar y provocan la ensoñación como piedras lajas. Esa primera pieza que escuché, me asombró desde el título: “La sinfonía de los relámpagos”.
Lo he dicho muchas veces y mucho lo he repetido: me gustan los artistas que se han entregado por completo a su creación, pero hablo de una entrega entera y por encima de todo. Y decir de todo, quiere decir, contra esta sociedad que los rechaza y pese a todo, siguen por encima de un mundo en el que muchos, por esas mismas razones, balancean su trabajo en el arte, combinándolo con las labores de oficinistas, comerciantes, vendedores de llantas, profesores de cualquier cosa y hasta maestros de su arte “en una academia de cantos de cisne”, como las llamó Sabina.
A esos entregados a la solitaria labor de la creación, los han malvisto, los han tachado de holgazanes, como dijo irónicamente de los poetas Gabriel Zaid, en algunas de sus libros. Y por supuesto, es de todos conocido que en este país y en muchos otros, es cada vez más difícil recibir pagos de sueldo por ser artista y trabajar hasta llegar a tener derechos de remuneraciones por jubilación, por ejemplo, entre otros beneficios que sí tienen los trabajadores de todas las áreas, hasta los de esas áreas de la burocracia en la que nadie los mueve y poco trabajan por el servicio al pueblo, que les ha sido encomendado. Y es común que alguien que se quiere dedicar al arte, le digan en su casa, como me lo dijeron a mí: “Te vas a morir de hambre”. Ese latigazo que a los pocos años, podría hacer pedazos el interés de elegir el arte como oficio único.
Zaho de Sagazan, hija del pintor, escultor e instalacionista y performacero Oliver de Sagazan, tuvo una infancia cercana al arte y desde siempre, el arte fue su formación en la danza y por lo que se ve en su trabajo escénico, quizás el teatro, porque en escena –en sus conciertos– es un animal escénico que domina el espacio con su cuerpo y su canto, como pocos he visto. Y además vale decir que cada canción que canta, la vive con el cuerpo, la voz y el corazón entero. ¿Y qué decir de sus letras? Se escucha en su canción que le da título a su primer álbum, “La symphonie des éclaires”: “Siempre hay un buen clima sobre las nubes, pero si yo fuera un pájaro bajo la tormenta, cruzaría las nubes como lo hace la luz”. Solo el título es un gran hallazgo: “La sinfonía de los relámpagos”, que así me parece su voz en esos momentos en los que pareciera que su voz va a reventar los muros que la escuchan.
Desde 2021, su carrera la llevó a muchos festivales como Pinttemps de Bougers, Les Francofolies de La Rochelle, Rock en Siene y en ese mismo año actuó nada menos que en el Olympia de París y pudimos verla en la clausura de los juegos olímpicos de París, cantando “Sous le ciel de Paris”.
Pese a sus ya importantes participaciones en festivales y demás, fue hasta 2023, que lanzó su primer Álbum (“La symphonie des éclaires”) que de inmediato, fue atendido y comprado, lo que la llevaría a la fama y a los candeleros europeos con total merecimiento. Su segundo álbum, llegaría a vender en un año cien mil copias.
Le apasiona la música electrónica de los ochentas con exponentes del género como Krautrok y Synthwave, y especialmente ha confesado que una de sus mayores influencias han sido Jacques Brell y Tom Odell. En sus presentaciones la acompañan el multinstrumentista Tom Geffray, además de los músicos del grupo “Inuit” (Alexis Delong y Pierre Cheguillaume).
Una artista completa y asombrosa. Hay poesía en su música como la que sostienen las obras musicales grandes.
