José Juan Marín

José de Sousa Saramago Premio Nobel de Literatura, tuvo una extraña existencia llena de contrariedades, con padres analfabetos y un reconocimiento que no le llegó hasta pasados los 50 años. Después, todo vino rodando, con obras maestras que perduran en el tiempo y en el imaginario colectivo.

Recordando a Saramago que en pasados días hubiese cumplido 100 años, sabemos que fue de esos escritores que hacen contener la respiración a quien le lee, que se expresa con una prosa fluida que no pierde nunca actualidad, que desarrolla reflexiones cargadas de sabiduría y que muestra auténticas lecciones de vida.

Es un dramaturgo que juega con las parábolas de la vida como si fuesen verdades absolutas, es un poeta que extrae pensamientos metafísicos y un narrador que muestra una aguda ironía al servicio de la conciencia social.

Este ávido portugués que falleció hace ya 12 años es, sin duda, un maestro de la palabra, por eso y por mucho más la Academia Sueca le reconoció en 1998 con el Premio Nobel de Literatura y destacó de él su «capacidad para volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía», explicó el jurado.

No en vano, sus libros no dejan indiferente a nadie, el autor luso tiene esa capacidad de crear un hondo pesar en aquel que se acerca a su literatura.

Saramago sabe influir en el lector como nadie y eso solo lo consigue gracias a su gran bagaje narrativo.

Su historia es la de un relato sorprendente en el mundo de las letras. De padres y abuelos analfabetos, José nació en el seno de una familia de labradores y artesanos, se crio en un barrio popular de Lisboa y no conoció la lectura hasta casi la adolescencia.

Eso no fue impedimento para que aquella pequeña semilla de interés por la lectura que había sido plantada en su juventud creciese hasta convertirse casi medio siglo después en el gran Saramago.

Solía rememorar en vida que en aquellos años leía todo lo que caía en sus manos. Leía en las bibliotecas públicas, lo que le prestaban y lo poco que podía comprar. Toda su formación procede, precisamente, de esas lecturas precipitadas y ansiosas de su época de juventud. Como decía, «un escritor se acaba armando con las lecturas que asume».

Incluso añoraba, cuando ya superaba los 80, aquellos años de adolescencia cuando solo poseía un pequeño libro. Estaba convencido que el autor lo había escrito para él y que sus palabras, frases y páginas eran suyas y solo suyas.

Una de sus piezas más polémicas fue El Evangelio según Jesucristo, una obra recibida con indignación por ciertos sectores, que no aceptaron la visión alternativa que plasmó.

Después de la controversia vino la calma con Ensayo sobre la ceguera, una obra en la que aborda la paradoja de tener ojos cuando otros los han perdido.

La inquietante El hombre duplicado o Ensayo sobre la lucidez, sobre sus reflexiones sobre la democracia, abren una nueva etapa del autor luso que se adentra en el mundo mágico con Las intermitencias de la muerte, El viaje del elefante y su última novela, Caín, en donde recorre varios pasajes del Antiguo Testamento.

Si algo era José Saramago era una persona comprometida con su tiempo y con la sociedad. Hasta tal punto que fue activista político, militó en el Partido Comunista de Portugal y participó en la revolución de los Claveles, que devolvió la democracia al país luso en 1974 sin derramar una gota de sangre.

También apoyó incondicionalmente causas relacionadas con la defensa de los Derechos Humanos y el medio ambiente, así como las luchas de los pueblos indígenas.

Saramago era un portugués que, aunque habitaba físicamente un espacio, sentimentalmente habitaba una memoria, Saramago era un hombre arriesgado.

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