Tranquilino González Gómez
La vida es una gota de sudor
que germina en el cuerpo de la tierra.
Es como aprender a respirar
los susurros del viento, cuando se llora al nacer.
En las horas del sin tiempo,
el agua como Venus nació de un océano místico.
Como si la sangre corriera por las montañas
ávida de recorrer la tierra, para aprisionarla entre su piel.
Los ríos sufren al amor en el flujo de sus labios,
porque los caminos quieren iluminarse como Buddha.
Quizás Sidharta presintió de esa manera su reencuentro
con Vasúbeda, en ese barco que le mostró que todo vuelve.
Como una brisa se mueven las olas en la fuente de este café,
que apacigua sus demonios heridos por soledades grises.
Cada gota es como el latido de un corazón que vibra, y tiembla
en lejanos días con olas que lastimaron el tsunami de su pecho.
Las luces se quedan adormecidas en la superficie del agua,
donde reposan los sueños con la gratitud de que florezcan.
Las aguas de este océano profundo, tiene el mar en tus ojos
que vibran en cada ola, sacudiendo al barco viajero de los días.
El agua es una gota de vida que esconde a la eternidad,
cae como esa flor que se hace belleza en tu cuerpo de mujer.
El agua sutil se desliza en el rio que se aferra a la vegetación
líquida, como el aroma de este poema que se queda en tu piel.

