HISTORIAS DE  ANDARIEGOS Y CAMINOS

Lidia Negrete Esqueda. León Gto.

 

Caminar por las calles del  Barrio Arriba de León, Gto., es un viaje inolvidable, toda una experiencia  por el cúmulo de aromas que se perciben en el ambiente: el inconfundible olor a cueros recién traídos para curtir que bajo el efecto de químicos cambian  su aroma a piel recién curtida, lista para convertirse en calzado y artículos de piel. Olores que hablan de la historia y tradición de este barrio y se mezclan  por las tardes con el olor a pan recién horneado, con el aroma de la birria y las guacamayas platillos típicos de León. Les contaré una de las historias con las que mi mamá nos entretenía por las tardes.

Por las estrechas callecitas de este barrio, arrullado por las campanas del Templo del Señor de la Salud, se aglomeraban las casas, unas bien pintadas de puertas abiertas y patios con macetas florecidas, otras con paredes desteñidas por la huella del tiempo. De ellas destacaba una  casita pintada de azul, con ventanas  de madera resguardadas por bella herrería negra  muy antigua; un anuncio sobresalía  hacia la calle donde se leía: “HOSPITAL DE CALZADO” era la casa de Don Tomás, anciano zapatero, oficio heredado de su padre y abuelo. La casa  era pequeña  pero acogedora, en ella se respiraba un aire de calidez, la gente acudía por varias razones: que se le cayó un tacón al zapato, que si ya se asomaban los dedos entre las costuras o si se mojaban los calcetines  por un agujero en la suela, entonces había que acudir a  casa de Don Tomás. Le gustaba contar leyendas, cuentos y adivinanzas a niños y adultos del vecindario que disfrutaban verlo trabajar y escucharlo. Sabía  historias de la ciudad y de lugares  muy lejanos, sin importar el olor que desprendían los zapatos, siempre tenía un público dispuesto a escucharlo.

Don Tomás  vivía solo, era viudo hacia años y a pesar de ello su rostro era afable, de pelo cano, sus cejas pobladas enmarcaban una mirada bondadosa; siempre bien peinado y limpio, un mandil de cuero le protegía para no ensuciar su ropa, sus manos eran grandes pero de movimientos suaves como si acariciara el calzado al repararlo, tenía fama de siempre ayudar a quien lo necesitara.  A su alrededor se apilaban en estantes zapatos de distintos colores, tamaños y modelos; de hombre, mujer y de niños, también botas y alguno que otro huarache. Cerca de él una mesita  con sus enseres de trabajo: martillos, frascos con clavillos y tacones de todos tipos, tinturas, cepillos y algunas hormas. Por las noches después de trabajar y contar historias  acostumbraba leer.

Había el rumor que entrada la noche,  aquel pequeño taller ya cerrado al público, parecía transformarse en un lugar mágico en el que se escuchaban voces extrañas, sin haber ningún cliente dentro, ¿Acaso sería que  los zapatos  cobraran vida y conversaran con alguien?  Esto lo contaba  el vagabundo del barrio quien en sus caminatas nocturnas, de regreso a su refugio espiaba por una rendija de la ventana de madera del taller que daba a la calle y  escuchaba  esas voces; había muy poca luz y por más que intentaba solo distinguía la  silueta  de Don Tomás sentado en su silla que tenía en sus manos y contemplaba un par de zapatos que parecían despedir una luz tenue.

͟  ¿Don Tomás cómo es que usted sabe tantas historias? ͟   Alguien  le preguntó un día.

͟ Recuerdo las que me contaron mis padres, también me gustan los libros; leer le da alas a tu imaginación y te lleva a lugares inimaginables, cada persona y objeto   tiene una historia que contar lo importante es saber descubrirla, ͟ contestó Don Tomás.

Era tanta la curiosidad del vagabundo que  pasaba  siempre a la misma hora; un día aguzó más el oído y luego intentó ver  por la pequeña rendija,  no alcanzaba ver mucho, pero pudo escuchar la conversación.

͟  ¡Buena noche mis queridos amigos!, se escuchó una voz que parecía la de Don Tomás. ¿Qué me cuentan?

͟   Estamos aquí para cambio de suelas (la voz  parecía salir de un par de zapatos negros de medio uso y un poco raspados), nuestro dueño es  repartidor de mercancía, camina mucho y cuando está triste o preocupado arrastra los pies, eso nos desgasta más por la forma de caminar conocemos su estado de ánimo ¡lo sentimos!.

͟   ¿Y ustedes pequeños? Preguntó  la voz a un par de zapatos de niño que con voz aguda contestaron: estamos descosidos de la punta y ya se asoman los dedos de los pies de Carlitos nuestro dueño; imagínense sueña con ser futbolista, ¡Además es zurdo!,  patea todo lo que se encuentra a su paso  hasta las piedras por eso estamos aquí.

¡Qué barbaridad pobres de ustedes! ͟ No se preocupen aquí saldrán recuperados ͟   agregó la voz de Don Tomás.

En un rincón de un estante un par de zapatos de mujer, negros de tacón bajo, permanecían escuchando, hasta que la voz  preguntó: ¿Ustedes qué  pueden decir, por dónde han andado?

­            ͟   Somos de doña Lupita, la que vende gelatinas en el barrio. Siente que le lastimamos y  nos trajo a moldear. La llevamos en su diario ir y venir, trabaja demasiado es viuda y sus hijos no la ayudan; siempre ha  vendido  ricas gelatinas  que gustan a todos, especialmente a los niños. Lástima que cada vez su caminar es más lento y difícil. Esperamos al salir de aquí su trabajo se haga menos pesado y aliviemos su  cansancio, que creemos es más del alma que del cuerpo.

_Sin duda que así será. Bueno a descansar… después, todo fue silencio y oscuridad.

Cada noche después de merendar, Don Tomás  abría  con  cuidado un estuche misterioso  sacaba los zapatos, con cuidado se los ponía y se dedicaba  a leer  hasta quedarse dormido. Un día por accidente, olvidó guardarlos y los dejó sobre la mesa de trabajo; lucían de una piel  muy suave y delicada, cuando alguien le preguntó de qué estaban hechos, Don Tomás dijo que eran de piel de gacela, un recuerdo de familia,  herencia de sus antepasados  zapateros. Un joven caminante extranjero los obsequió en premio a su bondad a su abuelo, que lo salvó de morir de hambre y frío.

Esto llegó a oídos del vagabundo que lo espiaba quien se dijo: ͟  ¡Ahora entiendo! La única razón de guardarlos tanto tiempo y en un lugar tan especial es porque esos zapatos tienen poderes, al ponérselos para  leer lo llevan al lugar mismo de lo que lee y por eso puede contar la  historia como si la hubiera vivido;  también puede conversar y escuchar las historias de los zapatos que llevan a arreglar. Eso explica por qué conoce tantas historias. Al vagabundo nadie le creyó nunca lo que decía del anciano zapatero y de  que escuchó las  voces,  lo tildaban de loco.

Don Tomás vivió muchos años, cada día contaba una nueva historia,  hasta que un día ya no abrió más el taller, nadie supo nunca a dónde se fue, el estuche de los zapatos mágicos estaba vacío; no había zapatos pendientes por arreglar, solo encontraron sobre la mesa un libro, abierto en una página donde se veía un  hermoso firmamento estrellado; cuentan que  una noche vieron un par de luces  elevarse desde su casa rompiendo la oscuridad ͟   Tal vez vino un ángel y se lo llevó con  todo y zapatos, se rumoraba.

Decía mi mamá, cuando distingan un par de estrellas en dirección a la casa de Don Tomás pueden  ser sus ojos bondadosos que nos están mirando desde el cielo o la luz de  sus zapatos mágicos. Recuerden que los libros son alas de papel maravillosas con las que pueden viajar a infinidad de lugares y muy lejos hasta donde su imaginación los lleve.

FÍN

 

Deja un comentario