Autor: Dr. Alejandro Guzmán Mora.

 

Lo que hace algunos años parecía una conjetura arriesgada hoy se percibe, para muchos analistas, como una certeza contrastable: en la gestión pública mexicana se ha consolidado un paradigma que condiciona buena parte de la acción gubernamental y del debate político. Diversos observadores lo han descrito como “ignorancia ilustrada”, un fenómeno que no se limita a un solo partido, pero que en el presente sexenio se asocia con frecuencia a prácticas visibles dentro del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) y su coalición de gobierno.

La ignorancia ilustrada consiste en cultivar, con recursos y símbolos de modernidad, una suerte de orgullo por el desconocimiento crítico, acompañado de la habilidad para disimularlo. Se proyecta hacia la ciudadanía una imagen de dominio técnico y sensibilidad social, mientras se eluden diagnósticos basados en evidencia y se descalifica, a menudo de manera frontal, el saber especializado.

 

En México esta dinámica se manifiesta cuando la política científica, tecnológica o educativa se subordina a intereses ideológicos o a cálculos de rentabilidad electoral. Investigadores de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti) y académicos de universidades públicas han documentado recortes presupuestales, centralización de decisiones y cambios en los fondos de apoyo a la investigación que, según organismos como la ANUIES (2024), dificultan la

 

planeación de largo plazo. Si bien el discurso oficial reivindica la “soberanía científica”, persiste la percepción de que se demerita el trabajo de la comunidad académica cuando sus hallazgos cuestionan políticas gubernamentales.

 

La llamada “ignorancia ilustrada” también se observa en el trato ambivalente hacia la educación superior autónoma. Aun cuando las universidades públicas —UNAM, UAM, UMSNH y otras— siguen recibiendo presupuesto federal, han debido enfrentar en años recientes restricciones financieras, presiones administrativas y un clima retórico que acusa a ciertos sectores de “neoliberales” o “conservadores” cada vez que formulan críticas técnicas a megaproyectos o a la estrategia de seguridad.

 

En el plano económico, la narrativa de autosuficiencia energética y rescate de empresas estatales ha coincidido con intervenciones fuertes del Estado en sectores estratégicos. Algunos analistas (Centro de Investigación Económica y Presupuestaria, 2023) advierten que decisiones como el gasto creciente en Pemex o en proyectos emblemáticos: Tren Maya, Refinería Dos Bocas, se han privilegiado sobre inversiones en salud, educación y ciencia, sin presentar evaluaciones de costo-beneficio de acceso público.

 

En materia de libertades, aunque México mantiene un régimen formalmente democrático y plural, periodistas, organizaciones civiles y defensores de derechos humanos denuncian un clima de descalificación sistemática desde las tribunas oficiales. Reporteros Sin Fronteras (2025) ha registrado que México sigue siendo uno de los países más peligrosos para el ejercicio del periodismo, y las conferencias matutinas se han convertido en un espacio donde se exhibe a críticos con datos personales o se minimizan sus reportes.

 

La “ignorancia ilustrada” descrita aquí no es un patrimonio exclusivo de MORENA ni de la actual administración federal: tiene antecedentes en gobiernos de distintos signos ideológicos. Sin embargo, la concentración de poder obtenida por el partido oficial en el Congreso y en varios gobiernos estatales ha intensificado la tentación de reducir el

 

debate público a una adhesión casi religiosa a la figura presidencial o a la narrativa de la Cuarta Transformación, relegando la autocrítica y la deliberación informada.

 

Ser un “ignorante ilustrado” en este contexto como advierten sociólogos y politólogos mexicanos implica renunciar a la autocrítica, favorecer el clientelismo, promover nombramientos por lealtad política antes que por méritos, y construir una imagen de infalibilidad que neutralice la diversidad de ideas.

 

Frente a ello, la defensa de la autonomía universitaria, la transparencia en el uso de recursos, el fortalecimiento de los contrapesos institucionales y la promoción de una ciudadanía crítica constituyen antídotos indispensables. Solo así México podrá evitar que la retórica de transformación derive en la perpetuación de la ignorancia ilustrada, cualquiera que sea el partido en el poder.

 

En última instancia, ser un “ignorante ilustrado” en el México de hoy no exige un manual complejo. Basta con renunciar al sentido crítico y autocrítico, adherirse sin reservas a un grupo político sea de izquierda, derecha o centro en el que la deliberación se sustituya por la adoración casi religiosa de un liderazgo personalista, y donde la lealtad pese más que las credenciales académicas o profesionales. La historia reciente muestra que esta actitud no es patrimonio exclusivo de MORENA ni de la llamada Cuarta Transformación: ha aparecido en distintos gobiernos y partidos, siempre que se privilegia el clientelismo, el acceso a cargos por “palanca” y la simulación de saber frente al verdadero mérito. El verdadero riesgo para la democracia mexicana no radica en un solo color partidista, sino en la normalización de la complacencia y el desprecio a quien piensa distinto, condiciones que, si no se confrontan con educación crítica y ciudadanía activa, perpetúan el ciclo de la ignorancia ilustrada más allá de cualquier sexenio.

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