Los Ficticios (6)
Donde los pájaros vuelan lento
Por. Neftalí Coria
¿Qué debía hacer ante una propuesta tan atractiva y retadora como la de Anabel? Nadie podrá decir entre los escritores, que no es atractivo escribir una novela de amor hasta la muerte, una novela donde el amor y la muerte sean una sola cosa, o donde el amor luche contra la muerte y pierda. Y si a eso le sumamos que el personaje se presenta ante sus ojos, dispuesto a vivir una aventura novelística como Kamicase.
Me quedé pensando en los siete días que Anabel me dio como plazo para responder a su propuesta. Tuve la sensación de sentirme comprometido, pero ¿De dónde había llegado Anabel? ¿De qué novela incompleta o fallida había descendido? Yo tenía que saberlo, porque de ahí dependía su trabajo en una nueva historia. Y es de saberse que un personaje mal trazado, con algunas incongruencias psicológicas, o con ciertas contradicciones de cualquier tipo, salvo que así sea su perfil, no funcionará igual a los que nacieron originalmente en la historia.
Los personajes deben tener armonía con su espacio, su tiempo y la relación con el resto de enseres que la historia contenga. Y para incluirlos –como en reciclaje–, se deben tener certezas que su presencia en el espacio, el tiempo y los sucesos a los que deben ser incrustados, convengan a las partes que irán surgiendo en la escritura de una novela nueva. Imagino que sucede como en un transplante. El órgano debe ser compatible con el resto de la estructura orgánica del cuerpo que es la unidad humana. Y el órgano ajeno, debe integrarse a la armonía que ha de fluir en el cuerpo, de modo que la vida siga como si nada extraño hubiera sucedido. Así sucede en la novela, cuando se trasplanta un personaje que no nació en la cuna de su historia.
Muchos de los Ficticios, por lo regular son seres defectuosos, inacabados, seres a los que les estuvo negado el desarrollo humano en una realidad representada, en la que no podrán crecer ni ser parte inherente de la historia en la que con propia personalidad, estarán negados a vivir en una novela, aunque el escritor –con una gran carencia de suspicacia, les haya permitido permanecer en la novela terminada y hasta publicada. Hay también aquellos Ficticios que son seres perfectos que no soportaron la historia en la que iban a vivir y decidieron escapar y eso puede leerse como si la historia les hubiera quedado chica, como Harold Bloom ha dicho refiriéndose al Ficticio Hamlet que no huyó de su tragedia, ni Shakespeare se dio cuenta del tamaño del príncipe de Dinamarca.
Anabel parecía vivaz, entera en su mentalidad, porque también hay que decir que muchas veces, las facultades mentales suelen no desarrollarse- completas y si es así, resulta mucho más compleja su integración a una historia nueva.
Son muchos los Ficticios que viven en la ciudad, tantos que podrían vivir en una sola colonia de las más grandes y sobrepoblarla. Se reconocen entre sí, se reúnen con poca frecuencia y tienen sus asambleas, pero no hay ningún líder, ni predomina organigrama alguno. Nadie está por encima de nadie, aunque la naturaleza de algunos es la de traicionar, mentir, destruir a los otros, etc.
Las historias en las que nacieron, pudieron ser buenas, pero aún así saltaron de ellas porque buscan otra vida, otra historia. Los motivos por los que viven de este lado, son tantos como Ficticios hay. Aunque abundan los que escapan de la muerte, de la desdicha, de la soledad, de la inminente catástrofe del alma; huyen del desasosiego, de la neurosis de los autores, de sus caprichos, de su prepotencia y de sus lances innovadores a los que no llegan por más que imiten a los vanguardistas de otras épocas.
También es importante pensar en la vida de los Ficticios que son personajes en las historias logradas publicadas y leídas. Ahí los personajes existen y viven para siempre, o al menos hasta que no haya una sola mirada que reviva la historia; habrá los que nadie los vuelva a mirar, y también desearían escapar de la historia aplastada en papel tras papel, atrapada en la inmovilidad de un librero. Y nunca se sabe si llegará un lector que les devuelva la vida, y como una puesta en escena, los personajes, deben repetir la historia, la aventura viva de ser personajes completos, humanos, existiendo en un espacio que les es suyo y estar a expensas de que lector tras lector los ponga a vivir las veces que sean leídos.
Habían pasado poco más de dos semanas, cuando una mañana me desperté temprano, y conmigo despertó la convicción de ir a buscar al Ficticio de la rata en el bolsillo del saco. Había trazado un plan que incluía el día entero hasta la noche. Iría a la casa abandonada que ya sabía donde estaba exactamente y si no lo encontraba, lo buscaría en donde señalaba como su dormitorio tres días a la semana. Me di a la tarea después de las diez de la mañana que acaba el café con mis amigos y me fui hacia el oriente. Enfilé hacia las afueras de la ciudad y llegué pronto; tenía ansiedad por dar con aquel hombre. Me preguntarán cómo supe dónde era aquella casa. Muy sencillo: durante un sueño pude encontrarla, porque he de precisar que los Ficticios pueden entrar en el sueño de los escritores como vecinos por su casa, y la noche previa, lo soñé y le pregunté. Me contestó con un acertijo, que en el mismo sueño pude descifrar.
-Es por el rumbo donde nace la luz del mundo hermano –me dijo–, siete mil pasos más allá de donde mora tu buen amigo que también escribe historias y poemas breves. Es una casa, como un triángulo donde anidan los búhos y cerca de la montaña donde los pájaros vuelan lento.

