El perro y el cometa

Fernanado Perales

 

Bajo un farol temblando en la neblina,

con costras en el lomo y la mirada

gastada de lamer la misma esquina,

un perro callejero, sin morada,

soñaba con la luna y su rutina.

 

Dormía entre cartones y lamentos,

los niños lo espantaban con pedradas,

y el mundo le negaba los alientos

como si sus heridas ya selladas

no fueran mapas vivos de tormentos.

 

Una noche —tan fría como cruel—,

entre las dos torres de una iglesia

vio cruzar un cometa: un pincel

de fuego y luz que atravesó la estrecha

ranura del dolor hacia el papel

del cielo que escribía su silueta.

 

Y el perro, en su silencio, se elevó.

No su cuerpo, que estaba ya cansado,

sino el alma que en cuatro patas vio

una ruta a un lugar jamás hallado:

un reino sin dolor, sin el “no”.

 

Se dijo: “Si persigo ese fulgor,

quizás me espera Dios, quizás me tiende

la mano que jamás me dio el amor

de aquellos que me huyen, o me ofenden.

Tal vez por fin termine mi terror.”

 

Soñó que con las alas del deseo

subía como el rayo entre campanas,

y entre ladridos suaves al trapeo

de estrellas que dormían ya lejanas,

rozaba con el hocico el mismo cielo.

 

Y allá, donde el ladrido no se ahoga,

ni hay cadena, ni piedra, ni patada,

creyó oír una voz, sutil y boga:

“Ningún dolor en ti fue en vano, nada

de tu sufrir será flor que no brota.”

 

El cometa se fue. Y él, con los ojos

llenos de luz y barro, se acostó.

Aún bajo el puente, entre fríos despojos,

por vez primera en paz se recostó,

soñando que era libre… en sus despojos.

 

Y aunque no lo miramos, ni lo amamos,

el cielo lo recuerda cada día:

ese perro que huyó de sus quebrantos

por la grieta de luz que lo envolvía…

y encontró su lugar entre los astros.

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