Fotografía de Felipe OrtegaFotografía de Felipe Ortega

Por: Neftalí Coria


He visto Javiera en el acuario de los peces rotos, a cuarenta años de haberla escrito. Aunque debo decir que el nombre de Javiera, cuando se escribió, era Xaviera, con “X” y ahora, por segunda vez, Carmen Calderón, de nuevo la ha puesto en escena, esta vez dirigida por ella misma. ¿Quién es Carmen Calderón? Desde que la conocí en la ciudad de León, poco después que estrenara mi obra, supe que era una actriz que le apasionaba serlo. Había trabajado en una obra de Víctor Hugo Rascón Banda (Armas Blancas) dirigida por Julio Castillo, el director más talentoso que ha visto este país. La puesta de Castillo la vi, pero cuando estuve en León con Carmen, no la pude reconocer, buena señal, me dije, no haberla reconocido cuando interpretaba mi personaje en donde siempre vi cómo se desgarraba en ese laberinto que es la interpretación verdadera de un personaje complejo.

Nunca he olvidado la función en el Festival Cervantino de 1987, en el Teatro Principal que me estremeció hasta las lágrimas. Nunca se borra de mi memoria aquel Cervantino donde fui invitado especial y en ese rango, me tocaría sentarme junto a Narciso Yepes y hablar con él de teatro, de su visita a México, de García Lorca, del concierto que acababa de dar en el Teatro Juárez.

Me gustan los artistas que se entregan de verdad, los que no son remedos y los que buscan es la famita y el dinerito, es decir, los que poseen la usura del arte y la vanidad. Carmen es una actriz firme, que dejó la ciudad de México y se instaló en León, pero nunca dejó de hacer teatro, ni disminuyó su talento, como he oído muchas veces que los capitalinos dicen: “Tiene talento, pero vive en provincia”, como si el centralismo también les diera abundancia en el talento. Aunque en el paso del tiempo perdí contacto con ella, por información remota, supe que hizo una compañía a la que nombró “Julio Castillo”, en honor de su amado maestro.

Y pasaron los años y ahora que la madurez nos alcanzó, Carmen vuelve a montar Xaviera o Javiera como nos dé la gana, con una entrega mayor a la de los ochenta y ahora en el XXXVII Encuentro Nacional de amantes del teatro, en el Teatro “Luisa Josefina Hernández”, que paradójicamente, lo que con ella aprendí, me ayudó a escribir Javiera y ahora se presenta en el teatro que lleva su nombre.

Dije que me gustan los entregados que hacen arte, los que se lanzan al abismo del desprecio de los demás, de la incomprensión y la negación de lo que hacer arte vale, y lo ven como si el arte fuera un juego idiota que cualquiera puede hacerlo, porque sí, todo mundo dice que lee, que en sus mocedades escribieron versos y en esa visión está su desprecio. No, el arte es un oficio cabrón como tantas profesiones y oficios que no están desprestigiados. Es un trabajo duro, como el del cirujano al que se le muere un ser humano en la plancha, o al ingeniero al que se le cae un puente, o como el dramaturgo que miente en sus personajes y se ven los pobres remiendos con los que fueron hechos de costura fácil. Hacer teatro, escribir poesía, pintar, componer música, o bailar, cualquiera lo puede hacer, pero ahora que hablo de Carmen y de nuestra amistad, hablo de un oficio que en la distancia hemos labrado sin parar y sin importar quién nos vea, quién nos lea o nos elogie. Y otra cosa que nos semeja, es nunca abandonamos lo que aprendimos a hacer en la vida: arte. Y vaya que he visto muchos que “sentaron cabeza”, se portaron decentes y se alejaron del arte, porque eso es diversión, juego, pasatiempo, bohemia y otras bagatelas. Y es natural, que se fueran a sus verdaderas vocaciones y dejaran el arte en paz, como una nostalgia remota.

Después de tantos años, nos encontramos con Carmen a las afueras del teatro poco antes de la función y sin decirlo, supimos que estábamos condenados al arte y mucho había que platicar del paréntesis de más de treinta años en que nos dejamos de ver. Ahí estaba, con su equipo de trabajo, incluyendo dos nietos. Hablamos de nuestros años en la Universidad, de Julio Castillo, de Arsenio López, de amigos de ese entonces y esa alegría mutua de encontrarnos, poco después nos la llevamos, yo a mi butaca, y ella a las tablas para entrar en la piel de Xaviera. Y el silencio en el teatro, como el silencio antes del crimen. Ruido de agua, luz ascendente y suave. Xaviera en la mesa, borracha, el cadáver de José Luis, su infame marido. Y a mi lado, Claudia Marcucetti Pascoli, Gerardo, Andrea y Yolanda, mirando de una sola pieza a Xaviera, con la voz de Carmen, hermosa, compacta, de la mejor emisión y melodía. El dolor y el desequilibrio de una mujer que se libera del mundo que le ha sido impuesto y expone en palabra y acción su íntimo sufrimiento, deshaciéndose de su marido y huyendo rumbo al abismo de la embriaguez baudeleriana; Ya llegó tu barco José Luis, yo me iré al mar… (parafraseo), los peces, míralos…

La representación en manos de Carmen Calderón de Xaviera o Javiera, me da por preguntarme quién es una y otra en escena, porque poco queda de Carmen y nace alta la personaje hermosa en su melancólica locura de la libertad, equivocada tal vez, pero liberada al fin. Y ahora que escribo estas líneas en un cafecito de la Ciudad de México, donde vi un público profundamente cautivado por el trabajo teatral de Carmen Calderón, estoy alegre de haber recuperado a las dos mujeres que son una en escena o no pude saber cuál era cuál. Y esta alegría no tiene precio.

 

 

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