Por: Neftalí Coria

Aquel tono de Anabel en el teléfono, era sutilmente amenazante y no entendí por qué aquella Ficticia debía amenazarme y quién le daba tal autoridad. ¿Un personaje intimidando a un escritor? ¿Cuándo se ha visto que un personaje quiera imponerse sobre la voluntad de un escritor? O quizás sucede, no lo sé, tal vez.

A lo mejor debía interrumpir la novela de Paura y enfrentar lo que Anabel tuviera qué decirme y abrir cuaderno nuevo para ella, lo que daría oportunidad de comprender las diferencias entre las dos Pauras que estaban frente a mi destino de novelista y hombre que dudaba.

Vino el mal humor porque me sentía utilizado y siempre me ha contrariado cuando alguien me quiere utilizar y mucho más cuando me han usado en nombre del amor.

Aquellos primeros visos de mentira que vi de Paura en la novela ¿surgirían acá? No podía equivocarme. Un personaje debe ser el mismo y era probable que no tardara en surgir el momento en el que evidenciara su verdadera personalidad. Había razones para que su interés por mí, brotara en alguna conversación, en algún gesto y todo se viniera abajo. Y ante eso pudiera saber –y fingir ignorarlo– que Paura la de mi casa, era igual a la de la novela.

Después del desayuno, quise seguir la escritura, porque renació la idea, que la escritura ha sido el único camino para saber la verdad y descubrir los misterios más agudos que viven en los seres humanos. Recordé el pasado en el que descubrí las traiciones de las que fui presa, los engaños y la crueldad con la que por los pasillos de mi vida crucé y la escritura de novelas, me dieron respuestas conmovedoras. Me levanté de la mesa y fui al cuaderno. Abrí una sola puerta y me quedé pensando. Miraba las últimas líneas. Lobita estaba en el jardín de su casa y la levanté. Decididos, abrimos la segunda puerta del cuaderno. Escribí:

 

No puedo seguir en esta historia. ¿A donde voy sino a una catástrofe de las ilusiones que siempre me han dado destinos fallidos? No estoy dispuesto a enfrentar los amores que rompen el corazón y no estoy dispuesto a seguir. Llegaba la noche y encerrado entre mis libros, estaba en la encrucijada de ir al bar o decididamente abandonarme al silencio y quedarme ahí hasta lograr el olvido y salir huyendo del sueño por aquella mujer, que de seguir adelante, me llevará a un desfiladero. No quiero sufrir, ni para tener que abandonarme a la necesidad de buscarla para encontrar donde dejar la soledad. No quiero ser el siervo de un error más, como el que causó la más profunda soledad de la que ahora necesito salir.

Me detuve.

¿A qué aventura real y novelística me estaba enfrentando a un tiempo? Aquello me había colocado frente a mi fe en la novela y la vida. Me estaba enfrentando a dos espejos en los que el reflejo mío, venía con una torcedura que no alcanzaba a descifrar. Y con ese rasguño de la decepción, navegaba entre el extenso pastizal de las dudas. Mis horas estaban sembradas en la incertidumbre.

Comenzaba a dejar de creer en la escritura de la novela, igual que ya descreía de los sucesos de la realidad, pero no podía retroceder, porque ni la novela ni la vida pueden detenerse, ni quedarse en el abismo donde se corre el riesgo de morir, tanto en la ficción como en la realidad. Estaba en el filo de acabar con una y otra vida, tanto la mía como la de Paura.

Miraba a Paura en la novela: una puta como todas. Y miraba a Paura en mi casa: una mujer hermosa que irradiaba buena voluntad y podía sentir su amor puro. Había motivos para que las dudas comenzaran a darme los primeros arañazos en una y otra región de mis dos mundos.

Era una encrucijada telenovelesca en la que no podía decidir caminos. No sabía si alguno de los dos estaba llano y bueno para mí. En la novela yo mismo podría escapar, pero no en el de la vida real; allí otros son los trámites, otras son las condiciones y debía ser valiente para seguir ambos rumbos, aunque en los dos, me desbarrancara irremediablemente. Era el juego de la vida y era la apuesta por la ficción. Sabía que al terminar la novela, perdería a Paura, pero también podía negarme a escribirla y la conservaría en mi casa con la mitad de su vida, pero también tenía la responsabilidad de hacerle una casa donde su vida estuviera completa.

Durante el fin de semana salimos con Paura a comer al campo y por la noche el mismo sábado fuimos a un sitio para cenar y escuchar música en vivo. Nunca me abandonó aquello que había visto de ella en lo que de escritura se había revelado. No quise visitar lo escrito ni escribir más, miedo. Acá, en el mundo, estaba a la expectativa de sus gestos, de sus acciones, de sus palabras y en ningún momento dio muestra que mentía, pero tampoco mencionaba la novela, su novela.

Su amor parecía ser una verdad. El domingo quiso ir a misa muy temprano a la Catedral y fuimos. Luego desayunamos en los portales y volvimos a la casa, cerca de la hora de comer y después de caminar por el centro. Bebimos cerveza, comimos, hicimos el amor y escuchamos música, lo que nos llevó a servir un güisqui y conversar. La tarde fría trajo a la noche silenciosa y sobre ese claroscuro, resaltaba la música de Sbnjörn Svensson; un piano poderoso que inundaba la llegada de la noche y parecía acariciar la desnudez de Paura recostada sobre el sillón rojo. Por un momento guardó silencio y miró el piso, como si se quisiera marchar de ahí. Su rostro tuvo un gesto de nostalgia. La miré con cuidado y parecía haberse sumergido en un recuerdo; su cara seria, nostálgica y evocadora, me dio desconfianza; imaginé que estaba recorriendo con la memoria algún pasaje de su vida que permanecía en la oscuridad. ¿Quién era aquella mujer que hasta entonces no podía dudar que había nacido de mi imaginación? Era un privilegio humano estar amando a una mujer que había nacido del molde de mi inventiva. Y con mayor agudeza la observé. Volteó hacia a mí con una sonrisa de haber sido descubierta. No dije nada.

–Pensaba en lo feliz que soy –justificó.

No dije más y propuse irnos a ver televisión y dormir. Aceptó. La abracé y no tardamos en quedar dormidos.

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