Tranquilino González Gómez
Quien hizo de un beso tu amor eterno,
de la ternura una prisión y poemas con la secreta
pasión del misterio de tu vida, soy yo: tu amante.
El aroma que tenían las flores
que te obsequié, absorbieron gotas de mi esencia
junto al perfume que robé de tu cuerpo.
Construí nuestra libertad con los ríos de segundos
que se deslizaban por tus manos tibias,
con el corazón encendido con que pinté tus ojos.
Sueñas con un amor perfecto, un diamante fino
que tenga la firmeza que le exiges a la seguridad del destino
y la delicadeza del corazón terrestre que adivinas.
Los gemidos se desgarraron con la intimidad
que presentías la muerte, vives del instante que fluye
en mis manos por tu cuerpo que se angustia de placeres.
Soy uno en ti, cuando el corazón vibra con las canciones
que sacuden recuerdos profundos, sonidos agitados por palabras poéticas brutales como almas gemelas que olvidaron sus destinos.
Tocar esos labios bermejos con la pasión impía
de la pertenencia asesinada por el orgullo de controlarme
con tus miedos, bajo la ternura de mis sábanas limpias de necesidades.
El lecho cálido, en la recamara donde la desnudez
se quedó cansada de gemir bajo el peso de los cuerpos,
son los orgasmos que dejaste con cada beso que me diste con tu sexo.
Amarte así, ha sido el mayor misterio que guarda
el secreto de los cuerpos que se vuelven sufrimiento.
Encontrarte para perderte es el fin de los ciclos del olvido.
